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Las famosas y tradicionales fiestas del Corpus en Granada. primores de artística ornamentación el excelente platero Diego de V a l l a d o l i d en 1535, su discípulo Diego Téllez en 1565 y J u a n Serrano Salvaje a fines, del siglo X V I T y que aparece envuelta en ráfagas de fuego y pasa entre l a lluvia de chispas de luz qué arranca el sol a sus aristas y labores de oro. L a Puerta Real parece inmenso h o r m i guero, donde se apiñan millares de criaturas, en las que se retrata el regocijo; es u n mar humano que se agita con el ruido de l a fiesta, cuyas notas más salientes son el volteo de las campanas de la Catedral, los acordes de las bandas militares, el galopar de los caballos y el rodar de l a Artillería, que saca a relucir sus cañones de acero para dar guardia de honor al Santísimo. A l acercarse la Custodia, las filas de l a multitud se aprietan con terrible esfuerzo; los hombres se descubren y las mujeres a l zan en alto sus hijos para que contemplen la Sagrada Forma, que llega con tintineos de cadenillas de plata, ondular de cintas y flecos de oro, estremecimientos que sacuden la luz y el constante y vigoroso cabrilleo de los rayos de sol. E l palio desplega sus bordados pabellones de tisú pendientes de varales clorados y cobija el majestuoso conjunto de capas pluviales en que las sedas de vivos colores forman espléndidos dibujos que suspenden el ánimo y los ojos. Durante los últimos años del siglo x v y primeros del xvx, mientras la Catedral estuvo en la Mezquita de los E m i r e s y en. edificio moruno que luego fué convento de San Francisco, i a procesión del Corpus verificábase en la Álhambra, alrededor del templo y de los Palacios Reales, por el Secano y la plaza de los Aljibes, y se dio el caso curioso y emocionante de que la Zambra, compuesta de cantores y bailarines moriscos ataviados a lo musulmán, concurriese a la procesión ensalzando, con sus h i m nos en lengua arábiga, las glorias del Sacramento, A esta costumbre se refiere, en a n gustioso y humilde, memorial que hubo de d i r i g i r al Emperador Carlos V pidiéndole benevolencia para su raza y respeto a las Capitulaciones, el morisco Núñez M u l e y cuando dice, como prueba de la humildad y mansedumbre de los suyos, que cada maestro vá con su bandera, y por este motivo G R A N A D A L A PROCESIÓN D E L CORPUS D E L A N T E D E LA CATEDRAL Granada en los días claros y primaverales de junio, cuando los niveos reflectores de l a sierra recogen la luz del sol, blanqueándola y abrillantándola con destellos diamantinos y proyectándola sobre los viejos torreones de ¡a Álhambra, ios verdes trigales de la vega y los cármenes floridos del Albaicín, es un goce intenso, inefable y puro que deleita el espíritu y lo rejuvenece con las esencias de la vida. Pero esta plácida sensación del v i v i r dulce y tranquilo contemplando bellos paisajes y respirando un ambiente salutífero y l u minoso, se torna en febril alegría, vibrante de placer, emociones y entusiasmos nunca sentidos si hacemos la visita cuando G r a nada celebra sus famosas fiestas del C o r pus, las más atractivas, espléndidas y o r i ginales de cuantas tienen lugar en nuestro país. L a costumbre tradicional, implantada por los Monarcas conquistadores, cuyo deseo fué que los granadinos se divirtieran como locos en la conmemoración por ellos instituida, y para la cual asignaron rentas especiales, persiste en el corazón del pueblo, que se entrega locamente estos días a toda clase de lícitas diversiones. S i n revestir los caracteres de escandalosa auimación que nos cansa y aturde en otras poblaciones, tienen los festejos del Corpus granadino la poesía que brota de la hermosura de sus campos, la majestad de sus montañas, el perfume de sus jardines, lo pintoresco de sus panoramas bañados por un profundo y melancólico hechizo, emanación espiritual de la Naturaleza que nos envuelve y de los gloriosos recuerdos que surgen por doquier al contemplar sus i n comparables monumentos y las ruinas de sus viejos muros, que se van desmoronando al peso de los siglos y de las generaciones ya hundidas en. el polvo de la eternidad. Celébranse las fiestas de Granada en pleno reinado de las flores, cuando el sol deslumhra sin que todavía quemen sus. rayos. L a s rosas, los claveles, las madreselvas y los jazmines morunos festonean, con g u i r naldas multicolores y perfumadas, las tapias de los huertos; las campanillas azules comienzan a tender sus redes de frescor en los patios moriscos, y miles de millones de hojas tejieron ya, en los bosques de la Á l ISITAR r V hambra, mágica techumbre, de la que han colgado sus nidos los ruiseñores que adormecen con amoroso canto a las ninfas de que tíos hablan las leyendas orientales. E l día del Corpus es en Granada un derroche de luz, pues, compitiendo con el sol, brillan a millares los hermosísimos luceros que llevan por ojos en sus caras de g l o r i a mujeres cuya gentileza cantaron a porfía los romances cristianos y moriscos, y que llevan sobre sus hombros la clásica mantilla de encaje, y se adornan la cabeza, de finísimo perfil, y el busto escultural, con aromáticos prendidos de flores. E l toldo marca el camino de la procesión y olorosa juncia extiende blando tapiz sobre el pavimento. L a gente se empuja por no perder detalle, desde los alguaciles que abren paso a la Tarasca hasta la- Custodia, joya de orfebrería que la Reina Isabel donó a su Catedral, enriquecieron con nuevos GRANADA. GRUPO D E JINETES E N L A F E R I A R E A L D E GANADOS
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