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Lugores humildes. J N PU EB LO S IN G U LA R A D A vez que oigo hablar del dulce clima dé N i z a de su luz y de sus flores, de las bellezas de esa Costa A z u l a l a que el tedio de los millor narios ha ido dando, con el tiempo, un dorado prestigio, no puedo evitar que a mis labios asome una sonrisa de lástima. ¿Q u é v a n a encontrar allí, e n efecto, los potentados de la tierra, sino hoteles suntuosos, iguales a los que dejaran en París, en Londres, en N u e v a Y o r k o en Berlín; flores artificiales, obtenidas a fuerza de reacciones químicas; un mar y un cielo de cromo? L a civilización n o h a logrado todavía, a pesar de los éxitos de que se jacta, más que extender a l a mayor parte de los seres h u m a nos los placeres que antes eran privilegio de unos pocos. Y esto, que a primera vista le da su mayor fuerza, constituye, a l a postre, su debilidad. H o y es, n o sólo posible, sino aburridamente fatal, hallar en cualquier r i n cón del globo ese mínimo dé comodidades que el hombre del siglo x x considera i m prescindible: la luz eléctrica, el teléfono, el cuarto de baño, el automóvil... Pero l a verdad es que, en su fuero interno, ese hombre empieza a encontrar monótonas e insufribles algunas de las brillantes c o n quistas de que l a vida moderna tanto se u f a na. S u gigantesca producción e n serie su standardización, le producen el efecto agobiador, deprimente, de u n mecánico nivel. M u y a su pesar, se siente masa y l a a r golla igualitaria v a oprimiendo lentamente su orgullo. A q u e l supercivilizado Jacinto, príncipe de l a G r a n V e n t u r a tal vez n o h u biera podido en esta época recuperar su alegría y su fuerza con el encanto de una N a t u raleza que y a adopta vestidos y gestos urbanos, que está familiarizada c o n l a radio, que usa medias de seda y sube al auto de línea- -c u a n d o no es p r o p i o- -p a r a efectuar en l a ciudad compras elevadas y concertar negocios complicados; sino que hubiera vuelto, espantado, al 202, y allí, hundido en un diván, rodeado de todos los aparatos que l a c i v i l i zación pusiera a su servicio, se habría i n movilizado en aquel ademán h o r r e n d o l a diestra sobre los pómulos hundidos, que era el símbolo perfecto de la máxima renunciación. Y sin embargo... H a y todavía en el m u n d o mejor aún, en DESDE LO ALTO ESPLENDIDO C D E LAS FLORES, GRUTA ESCONDIDA MISTERIOSA España, u n humilde lugar donde es posible conocer costumbres inéditas; u n pueblo que realiza l a diaria proeza de v i v i r como n o v i ven los demás; que carece, al parecer, de todo, y todo lo posee; que ofrece en cada hora, en cada segundo, un paisaje distinto, prodigioso; cuyo clima, en invierno, es tan suave, que... Pues este pueblo pequeñito, metido distraídamente en el mar, ignorado de los m u l t i m i llonarios, es Cabo de Palos. Cuando yo llegué, en diciembre, de m a d r u gada, con el temor de no encontrar a nadie, y a me esperaba la alborozada alegría de mi buen amigo el señor Céspedes. A su abrazo efusivo correspondí con otro, n o menos c o r dial, y, al separarnos, le observé atentamente. N o había en él l a menor huella de insomnio, el más pequeño rastro de la mala noche que habla debido pasar. A l expresarle mi sorpresa, me confesó, sonriendo: -N o se extrañe. Todos los días m e levanto a esta misma hora. ¿A las tres de la mañana? -inquirí, francamente alarmado. -A las tres, y, a veces, antes... -respondió, con u n tono tan natural, que a mí, h o m bre de la corte, me produjo un ligero escalofrío. Después, cogiéndome de u n brazo y guiándome hacia l a playa, donde e l mar aún d o r mía su sueño proiundo, mi huésped p r o n u n ció estas palabras misteriosas: -H a y que acudir a l a subasta. H e tenido siempre como norma de mis act o s- -y de ello no me he arrepentido todavía- -aceptar sin una protesta cuantas sorpresas me deparara el destino; pero declaro que aquella frase cabalística logró desconcertarme. S i n embargo, mientras mis pies se hundían en una arena blanca y reseca, tuve el ánimo suficiente para indagar: ¿Q u é subasta es esa? P e r o el gesto de asombro que sorprendí en m i camarada me reveló l a inanidad de la pregunta. Reaccionó en seguida, no obstante. Y sin darle importancia, como l a cosa más natural del mundo, explicó: -L a subasta del pescado... T o d o s nos a l i mentamos de l a pesca, de huevos y verduras. -P e r o ¿la carne? Afirmó, con una expresión de repugnancia: D E L FARO SE D I V I S A US H O R I Z O N T E MARINO E L CAÑÓN O P U E S T O D E L C U R A D O N D E E L M A R F O R M A U N H O N P O R E M A N S O
 // Cambio Nodo4-Sevilla