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mi compañero, que se había quedado detrás, y no observé en él el menor gesto de extrañeza. Limitóse a preguntar: ¿Qué? ¿N o nos vamos? -Sí, sí; desde luego. Pero... Intenté exponerte lo que me sucediera, mas él ordenó, sin querer oírme: ¡Sígame! Le vi dar un salto prodigioso y caer de pie sobre la arena; maquinalmente, le seguí. Pero entonces, en una milésima de segundo me di cuenta de la alucinante elasticidad de aquellos diez metros. Súbitamente se alargaron ante mí como la tórrida lejanía del desierto. Me zumbaban los oídos, y sólo percibía, sorda y opaca, la voz de mi camarada, Rentándome: ¡Animo! ¡U n esfuerzo m á s! ¡No desmaye! Su figura estaba envuelta en rojas llamaradas, y cuando se inclinó hacia mí para echarme sobre sus hombros, rae pareció que era el propio Pedro Botero, conduciéndome a sus famosas calderas. H E AQUÍ L A B A R R A Y E N E L L A (x) E L FAMOSO HOSTAL D E CATALINA -Aquí nadie come carne. N o se conoce. Mas, arrepentido, sin duda, de un juicio tan rotundo, aclaró confidencialmente: -De vez en cuando se tuerce el cuello a un pollo, a una gallina... ¡Pero nada m á s! Sobre la playa, por la parte de la barra hallábanse congregados los habitantes del pueblo. Aguardaban con impaciencia la liejada de los pescadores. Por fin, cuando una vela triangular se divisó en el horizonte, hubo un largo rumor indefinible. E n casi todos los ojos chispeaba una Ha mi ta de esperanza. Sin poder contenerse, cada cual exponía su parecer: -Creo que viene cargado... -No se ven brillar los peces... -Quizá no han cogido nada... Pero el barco atracó, dulcemente, en medio de un silencio impresionante. Los rudos rasgos de los pescadores aparecían endurecidos por una larga cólera. Alguien aventuró: ¡Q u é! ¿Nada... Y por toda respuesta, el pequeño grumete del barco saltó a tierra con un minúsculo salmonete, que depositó en la mesa donde se celebraba la subasta. Inmediatamente forinóse un círculo alrededor del pescado. Cuando el subastador hizo la proposición de ritual, nadie se atrevió a recogerla: el que más y el que menos sabía que la lucha por la posesión del menguado pez. habría de entablarse, en definitiva, entre mi amigo y don Jorge, el inglés Y así sucedió, Céspedes lanzó sencillamente, en tono natural, una oferta notoriamente elevada: ¡Diez pesetas! Entonces vióse surgir, de entre la muchedumbre, una cabeza congestionada- -la de don Jorge- que pronunció esta palabra rotunda ¡Veinte! M i compañero, en lugar de empequeñecerse, aumentó a su vez: ¡Ciento! Y a partir de aquel instante, el terrible duelo adquirió proporciones verdaderamente gigantescas. Llegaron a cruzarse miles de pesetas, de duros... Hasta que Céspedes, vencido, cedió. E l subastador dirigióse a don Jorge: ¡A la una! ¡A las dos! ¡A las tres... ¡Suyo es! Todas las miradas concentráronse en el inglés Miradas tan llenas de envidia por el fastuoso manjar que iba a llevarse como de curiosidad por saber de qué modo satisfaría aquella fantástica cifra. Pero don Jorge, serio, grave, digno, extrajo una llave del bolsillo y señaló hacia A l recobrar el sentido, mi primer recuerdo se concretó en el objeto de nuestra v i su espléndida morada, allí próxima. Su voz sita: no tuvo el más ligero temblor al decir: ¿Y las calas -interrogué ansiosa- -No puedo pagar de otra manera... mente. ¡Quédese con la casa! -Y a estamos en ellas- -contestó Céspedes, Y ante el estupor de la muchedumbre, disponiéndose a descender por la roca cogió solemnemente el salmonete y entró abrupta. en el hostal de Catalina, en el centro de la Abajo hervía la blanca espuma del mar. barra para que se lo asara. Poco a poco, sorteando el abismo que se- -S i le parece a usted- -propuso Céspe- abría ante nosotros, logramos alcanzar la des, después de apurar eá último grano de entrada de la gruta. Pero mi compañero se volvió hacia mí con un gesto de desaliento. arroz del magnífico caldero que Catalina nos hiciera- -podemos ir a ver las calas ¿Qué sucede? -inquirí. Es quizá lo más pintoresco de Cabo de Pa- Que hemos llegado tarde! -exclamó, los, y... con acento de infinita tristeza. Calló, no sé si porque la pesada digestión- ¿Pues... no le dejara seguir, o por, no atenuar el Extendió una mano y señaló la entrada de efecto que la visita a las calas habría de la cala producirme. -Vea usted esta puerta- -observó, mienEra un soberbio día de diciembre. Había- tras golpeaba inútilmente una pesada mole mos tomado el café a la sombra de un co- de madera, cerrada con un descomunal canbertizo, en la orilla misma del mar. Nos des- dado- si por casualidad está abierta, puepojamos de los abrigos y sentimos un bien- de entrarse en la cala Si no está abierta... estar dulce. Hacia las cuatro de 3 a tarde, Después de una ligera pausa, aclaró: muy lentamente, apoyándonos uno en el otro, -Cabría abrirla violentamente. No hay logramos ponernos de pie. L a áspera costa, nada que lo impida. Pero se vería mal. Baserizada de rocas y horadada de grutas, ofre- ta que vaya uno tres veces seguidas a una cíase allí, a diez metros de distancia. Pero cala para que se le considere dueño. ¡Hay para llegar a ella era preciso atravesar una tantas! Si usted quiere, podemos ahora misestrecha faja arenosa. mo darle su nombre a una de ellas. Confiado en la tibieza del sol invernal avancé un pie, y tuve que reintegrarlo inPEWRO GARCÍA V A L D E S mediatamente al cobertizo, pues me pareció sentir como un lancetazo de fuego. Miré a (Fotos Aviles. UNA D E LAS C A L A S MAS PINTORESCAS E INACCESIBLES A L A CURIOSIDAD FORASTERA
 // Cambio Nodo4-Sevilla