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A B C. J U E V E S 19 D E J U N I O D E 1930. E D I C I Ó N D E ANDALUCÍA. PAG. 6 o t a w. durante el soleado día, pregonando la alegría y el alborozo de los corazones por la fiesta sagrada del V i n o y del P a n También es resplandeciente, y bulliciosa, y musical, la noche por las calles que habrá de seguir en l a nueva mañana la procesión. B r i l l a n las luminarias en los balcones, haciendo resplandecer el raso y la seda de las colgaduras, y constituyen como una visión de ensueño en el altar de plata que preside las galas de la plaza de San Francisco y en toda la profusa iluminación de. su maravillosa compostura. E s en este primoroso l u gar donde se hace más ostentación de riqueza y de arte. Completan su exorno damascos, y terciopelos, y tapices; un jardín florido, Je todos los aromas y de todos los colores, y ensartas de guirnaldas, tesoros de frescura y lozanía. Y las músicas les prestan l a gracia de sus iotas, llenando los ánimos de un juvenil y testero regocijo. L a bella plaza del Salvador es como otro esoro de belleza en el itinerario. Sobre los rojos terciopelos se destaca el hermoso paso le Nuestra Señora de las Aguas, un trasunto Je l a excelsa Madre de los Reyes. Y en l a vieja y remozada calle de Francos relucen aún más las luminarias y las colgaduras singulares. E l gentío llena las calles, sumida l a atención en exaltadas admiraciones. A la mañana siguiente se celebra l a procesión, derroche de arte, de lujo y de grandeza. U n fuerte olor a tomillo y a romero se esparce por doquier, y a los resplandores del sol todo brilla y refulge. F i g u r a n en i a fiesta los sencillos y alegres pasos de San Rafael y de l a Pastora, con su humilde acompañamiento de asilados y de frailes capuchinos; los sevillanísimos de los Patronos de la ciudad, Santas justa y Rufina y San Fernando; aquéllas, sostenien- do a la Giralda, cuyas minúsculas campanitas repican con sones de risas, y el santo conquistador llevando airosamente su gran manto de púrpura y de armiño. E n otros pasos son conducidas las ricas imágenes d e l a Inmaculada, de Martínez Montañés; las de plata de San Isidoro y San Leandro, la del encantador Niño P e r dido y otras igualmente valiosas y artísticas, amén. de l a reliquia de la Sagrada Espina, en un ostensorio de plata de una belleza peregrina. Y al cabo, y como término, es llevada l a magnífica y sorprendente Custodia de plata de A r f e sobre lujosas andas, entre olorosas magnolias y afiligranados candileros. Envuelve a la Custodia como un halo de resplandores celestiales, entre nubes de i n cienso y entre llamaradas de sol. A su paso se humillan las armas, se doblan las rodillas y se abaten los espíritus; las músicas ejecutan la M a r c h a Real y todo se llena de grandeza v de gloria. Mas, luego de pasada l a procesión, aún, se percibe su recuerdo con l a estela de perfumes y de sonidos con que nos embriaga e ilusiona. Así que concluye, el desfile de las tropas pone en la fiesta una nueva nota de marcialidad, de juventud y de gallardía, que entusiasma a las gentes. Y tras el desfile, después, a l a tarde, l a corrida de toros y l a tradicional visita a los jardines del Alcázar, que son otro tesoro de perfumes y de colores. L a ciudad, emocionada, es en este solemne día como un gran corazón ardiendo en llamas vivas de entusiasmo y de fe. J. MUÑOZ S A N ROMÁN FENÓMENOS NUESTRA DE ESPAÑA Interpretaciones H a v un orgullo español fundado en l a creencia de que lo que ocurre en España no sucede en ninguna otra parte del mundo. Orgullo, o más bien vanidad, que con frecuencia toma aspectos de un cómico candor. U n a muestra de esta pueril, presunción la dan, por ejemplo, los madrileños al adjudicarse el clima más extraño y más pésimo de Europa, convencidos de que las desconcertantes alteraciones meteorológicas que afligen por momentos a M a d r i d nacen deliberada y exclusivamente en las alturas del Guadarrama, cuando lo cierto es que las tempestades de cierzo y nieve guadarrameñas han cubierto antes la mitad de Europa. De modo que hasta los temporales, y no sólo las modas de los sombreros y de la literatura, llegan a España desde fuera y con retraso. E l regionalismo, en su exageración de fondo nacionalista, es una idea que en las. otras partes, de Europa ha podido liquidarse, lo que supone haber liquidado uno de los principales rezagos de la Edad Media. E n F r a n cia, desde la caída de la realeza y bajo el designio inexorable de la Revolución, las regiones han desistido de toda tentativa á apartamiento legal; en Alemania, de igual manera, puede observarse que con l a i m plantación de la República van perdiendo vigor los antiguos reinos y principados, y todas las comarcas confluyen con más insistencia que nunca en un tono de vida común que abs. orbe y preside Berlín, y en Italia bien estamos contemplando cómo las viejas e ilustres diferenciaciones comarcales se sacrifican en aras de la unidad nacional, y cómo allí tiende, todo hacia él supremo anhelo de formar una Patria cada vez más unida, más poderosa y más admirable. Como les pasa a los madrileños con su clima, les ocurre en general a los españoles con el regionalismo. Se, ha convertido en un tópico, que nadie osa ya discutir esa excepcional esa irreparable y nunca vista diferenciación de las regiones, que hace de E s paña, dicen, un país único en Europa. Así es como han tomado aquí aliento ciertas expansiones enfermizas que en ninguna otra parte se hubieran consentido. A s í presenciamos el desarrollo de esa idea de la personalidad nacida de la presunción de. que, en efecto, un fenómeno corno el de Cataluña es la cosa más rara y original del mundo, sin pararnos a considerar que existen fenómenos mucho más considerables, más insignes inclusive, como el de la Provenza, como el de Venecia, y que han sido sin embargo, resueltos dentro del, espacio de la cordura. ticas diferenciaciones. E n Italia todavía destacan más violentamente las diferencias regionales en raza, clima, lenguaje, historia, costumbres; un ciudadano de Milán se siente mucho más distinto de un hombre de Calabria o de Sicilia que un catalán de un extremeño. L a cultura, la necesidad, el sentido elevado de la política y de la historia han conseguido, sin embargo, una obra de unificación que aquí en España, a estas a l turas del tiempo, todavía parece a algunos insuperable. E n todas partes existe el fenómeno de l a diferenciación, que es lo mismo que decir l a personalidad. Los provenzales y los florentinos saben que son diferentes y que poseen una personalidad dentro de la gran naciónj pero no se les ocurre pasmarse del hechí) n i tomar la dramática, la patética actitud con que ciertos catalanes se vuelven a decirnos: H e aquí un hecho real; yo poseo una personalidad; estoy formado de tal modo, que poseo una personalidad, y no quieren tomar- me en serio... E s exacto; el catalán tiene moa personalidad. ¿Pero no la tienen otros países en Europa, sin que se vean obligados a emplear tanto dramatismo? E n cuanto al hecho real no se comprende que semejante argumento sea usado por personas que generalmente son religiosas y pertenecen a la clase burguesa. S i lá sociedad tuviese que ceder ante el supremo argumento del hecho real, y si todos los. hechos reales que surgen en la vida social tuesen cumplidos, estaríamos aviados. Los hechos reales se aceptan cuando son útiles y se combaten cuando son desatinados o inconvenientes. U n hecho real es el escepticismo religioso que invade a la mayor parte del pueblo de B a r celona; ¿abandonan por eso las iglesias los encargados del mantenimiento de la religión? También es un hecho real la protesta socialista y sindicalista de los obreros de Barcelona, que componen el mayor número de la población; pero a ningún burgués o aspirante a burgués se le ocurre entregar el dominio y la dirección de la sociedad a los obreros organizados. E l socialismo en C a taluña es un hecho tan real 3 tan fatal como el regionalismo extremado. N o obstante, los catalanistas burgueses luchan contra los obreros y les arrojan, cuando las cosas vienen mal dadas, la Guardia civil de a caballo. Con esto de l a diferenciación y la personalidad catalanas están ocurriendo cosas que invitan a la estupefacción. N o es lo menos sorprendente esa especie de frivolidad con que muchos intelectuales españoles participan gustosos en la operación de desintegración nacional que está operándose de una manera tan estúpida, precisamente en una época de España que parecía tan normalizada y sólida. Asombra, por otra parte, el tono de impertinencia con que los catalanistas nos acusan de no comprender! el problema. Y el caso es que ellos lo comprenden menos que Ese es un tópico que por pereza mental ha cristalizado en la conciencia- de las gen- nadie. Porque al hablarme a mí de que C a tes, y todos los días sale alguien cpn pro- taluña necesita reivindicar en absoluto su posiciones de este estilo: ¿Qué tienen de carácter diferencial y su plena personalidad, común un vascongado y un andaluz, un as- el catalanista que me increpa debería primeturiano y un manchego? Pero que se nos ramente explicarme en qué grado, después diga al mismo tiempo en qué se parecen un de conseguir todo lo que exige, es español bretón y un languedociano, un piamontés y como yo. Qué es, en siima, lo que ha queun napolitano. Semejantes preguntas no ha- dado en éí de e s p a ñ o l Y por qué motivo cen más que delatar en quienes las propo- puedo yo seguir llamándole compatriota nen una ignorancia de lo que son y la ma- Pues si ese catalán emplea exclusivamente su nera de formarse las grandes nacionalida- idioma propio, su bandera, sus himnos, sus des. Esos mismos fenómenos diferenciales glorias históricas, su arte, sus modos, sus existen en otras naciones en el mismo grado por lo menos que en España. L a capa costumbres completamente suyas, ¿en qué de civilización propiamente. nacional que cu- punto de la vida política, espiritual y cordi? bre a toda Francia y que nosotros observa- podremos encontrarnos? ¿Únicamente en el mos en nuestra visión superficial de pasaje- Arancel aduanero? ros, no impide el que la vida comarcal francesa mantenga sus profundas y caracterísJOSÉ M S A L A V E R R I Á a