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A B C. J U E V E S 19 D E J U N I O D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 10 MALAS COSTUMBRES DEL TEATRO La claque De la particular satisfacción de asistir al ieatro gratuitamente nació la claque; ficción de escenario afuera que fabrica éxitos momentáneos, acuciada por el espíritu comercial del empresario, que, a las veces, que, como buen mercader, quiere hacer pasar por bueno el género averiado; la vanidad de algunos actores, que se buscan el aplauso donde el públipo verdadero no se le concede y ellos quisieran tenerle, y de la egolatría de los autores, que, a sabiendas de que aquellas muestras de aprobación son de oficio por decirlo así, se hinchan y esponjan como pavos. Los orígenes de la claque en nuestro teatro están en los mosqueteros gente levantisca y mal avenida, que subía hasta el quinto cielo las comedias de Lope de Vega, fuesen malas o buenas, y silbaba sistemáticamente a Ruiz de Alarcón, el infeliz corcovado de Méjico, sin pararse a mirar que la obra escarnecida injustamente fuese Las paredes oyen o La verdad sospechosa. L a mosquetería estaba reclutada entre la gente ternejal, bravoneles, jiferos, gallofos y demás hidalgüelos del hampa, amigos de bulla y de- bureo; aficionados del buen palmito de las comediantas, a las que antes que como tales admiraban como hembras, y así las demostraciones admirativas de tales artidarios no pecaban de comedidas ni de onestas; componíanselas, para entrar de balde en los corrales unos por amistad con el alguacil encargado de cobrar las entradas, otros por bravuconería y, los menos, por poco dinero. Ocupaban en el desmantelado coliseo la parte que llamaban degolladero que venía a ser la localidad que ahora en el circo es entrada de paseo. Llamábase degolladero porque una cuerda tendida entre las columnas, a la altura del cuello, separaba este departamento de las lunetas y los bancos que ocupaban el centro del patio. N o eran pocas las veces que, no al final de la comedia, sino en el transcurso de ella, el sainete de palos y cuchilladas le representaban estos individuos entre sí con gran regocijo del público. Se entusiasmaban con las larguísimas relaciones a que tan aficionados eran los dramaturgos de entonces, y medían el mérito del actor por el aliento que tuviera para decir más versos de una sentada, sin hacer alto más que para respirar. Pasaje de estos hay en el teatro antiguo que pasa de cuatrocientos versos. Todos, desde Lope hasta él último poetilla de tres al cuarto, incurrieron en este defecto. E n el siglo X V T I I poco antes de la aparición de las actrices más famosas de entonces, María Ladvenant, María H i d a l g o y la Caramba, hicieron su aparición los chorizos y los polacos, que ejercían su despótica intromisión en los dos coliseos del Príncipe y la Cruz. H a r t o conocido es el origen de entrambos partidos; el primero venía de los admiradores de un actor llamado Francho, que, teniendo que comerse unos chorizos en un sainete, y habiéndosele olvidado ponerles a guardarropa, hizo el cómico tales extremos y visajes al hallarse sin ellos, que promovió la más descompuesta hilaridad entre cus partidarios. E l segundo grupo tomó el nombre con que era conocido de cierto fraile trinitario, llamado el padre Polaco, que gustaba más de pasar el tiempo entre trapos y telones que en la celda y en el coro de su convento; era el encauzador de la opinión pública durante la representación, y cuando en alguno de los mencionados coliseos había obra nueva pasábanse los partidarios del otro a levantar gresca para 1 que la comedia pereciese en un alborotado mar de protestas y silbidos. Entrambas fuerzas beligerantes llevaban sendos distintivos en los sombreros; el de los chorizos consistía en un galón dorado, y el de los polacos en una cinta azul celeste. Las impertinencias de estas cuadrillas i n comodaban al público de buena fe, que las más veces se dejaba arrastrar por la opinión plebeya, dando al traste, si no con buenas comedias, porque en todo el siglo de Carlos I I I no puede decirse qué hubo ninguna, aunque se escribieron muchas, y subiendo en cambio a las cumbres de la. fama verdaderos esperpentos, como Pedro Vayalarde y Marta, la Romorantina. Anduvo el tiempo, apareció en el teatro la musa de Moratín, que, aunque fría y polemista, fué lo único digno de tomarse en consideración desde que Calderón estrenara su última comedia buena, y como no halagó el mal gusto del público con batallas a la romana o a la federica, sino que pretendió llevar a la escena las costumbres de su tiempo, chorizos y polacos arremetieron furiosamente en 1806 con su preciosa comedís El sí de las niñas. Tales instituciones son, en verdad, las abuelas de esa claque, inoportuna las más de las veces, y que hay quien considera necesaria para arrancar el aplauso del público, porque dicen que de por si solo no tiene iniciativa para exteriorizar sus entusiasmos. ¡Cuántas veces las intemperancias de la claque han tenido la culpa del fracaso rotundo de una obra, que, sin el apoyo insistente de los alabarderos, hubiera llegado- -como dicen en el costumbrismo teatral- a pegarse en los carteles L a claque no ha hecho nunca ningún éxito verdadero, porque el público consciente, cuando ha comprendido que quieren meterle una comedia de contrabando, se revuelve airado, protestando, más que de la obra sometida a su criterio, de que alguien quiera darle la opinión hecha. Claro es que con el público mediocre, la claque suele cumplir muy bien el fin para que fué creada, arrastrándole en su entusiasmo mercenario y dando por bueno lo que nunca debió saltar a las tablas de la escena. DIEGO S A N JOSÉ N O T A S E INFORMAC I O N E S EXTRAN 1 ERAS O di u n o o di n e s s u n o tres actos de L u i s P i t a n d e l l o Carlino Sanni y Tito. Morena son dos burócratas, paisanos y amigos dé la infancia, cuya intimidad les lleva a compartir alegremente el amor de una misma mujer, la dulce M e l i n a E s un amor, sin quebraderos de cabeza, sin sentimentalismo, de pura administración. Más claro: ia cosa implica un ahorro para los dos oficinistas. Conocieron a la chica siendo estudiantes; la pusieron piso, por economía, y acordaron un turno. Trabajaban en la misma oficina, comían en el mismo restaurante y en la misma mesa, colocaban flores en el mismo ara de Venus. Y tan contentos y juiciosos. Pero surge una complicación grave. M e lina va a ser madre. ¿De quién la culpa? Tito y Carlino la suplican que dé el nombre del padre. Pero ella no sabe, no tiene ningún indicio que le autorice a dar un nombre. N o hay duda que uno de los dos, Tito o Carlino, es el genitor; pero el misterio no puede resolverse. L a voz de la sangre no habla, y la criatura no puede tener dos padres. ¿Aceptarán un hijo en común, de la misma manera que aceptaron una mujer común? Imposible. P o r vez primera se querellan los amigos, y prevalece finalmente la decisión de llevar al chico a l liospicip. Pero, i y Melina? Melina dice que el hijo es suyo y no consentirá que se lo arrebaten. E l l a no intentará abrumar a ninguno de los dos con la responsabilidad del natalicio, y los dos continuarán visitándola, como hasta ahora. N o- -r e p l i c a n T i t o y C a r l i n o- no, porque sabremos que el pequeño existe, y al saberlo no podremos acallar el desasosiego. Cada cual buscará las señales demostrativas de su paternidad. Se hace, pues, necesario que el intruso se marche. Porque, además... Además empiezan los dos hombres a barruntar algo parecido a los celos... Unos celos sin pasión, de amor propio quisquilloso. Celos de que ella, Melina, haya mostrado, en alguna oportunidad, preferencias... Tito es hombre colérico, y Carlino dulce y cariñoso Melina ha revelado primero su maternidad a Carlino, fiada en su apacible genio, y T i t o sospecha que fué porque Carlino es el padre. A ratos Carlino cree, en efecto, que es así, y llega a creérselo, no por un conmovido deseo de paternidad, sino por vanidad masculina, porque; sabiéndose más débil y menos resuelto que Tito, goza pensando que es en algo superior al amigo. Y por su parte, Tito, consciente dé esa inferioridad, estalla en ira y rompe los acuerdos tomados. Continuará surtiendo a Melina su tributo financiero, pero no v o l verá a acercarse a ella. E l campo está libre para Carlino. Pero Carlino se rebela. N o quiere asumir una paternidad, que le halaga, es cierto, pero acerca de la cual no está muy seguro. E l pacto está hecho: que se vaya l a criatura y que prosiga la vida de los tres como antes. S i T i t o no respeta estos acuerdos, él, Carlino, tampoco. Dará su dinero, claro es, pero no volverá a ver a Melina. Y de este modo abandonan a la pobre mujer los dos furibundos amantes. E l l a se desespera al pensar en la causa de su soledad, y así le llega el hijo que querían arrebatarle. Los padecimientos morales han debilitado tanto a la madre, que está a punto de morir. Llama a T i t o y a Carlino, y moribunda, les ruega que atiendan al niño. Que le atiendan por amor a la pobre, M e lina agonizando. Los amigos se querellan de nuevo. E l hijo no puede ser más que de uno de ellos; y, si no, de ninguno. U n médico amigo les propone la solución de entregarle a una madre que acaba de tener un niño muerto, y, al aceptar ambos este desenlace, se reconcilian y lloran la muerte de la mujer común. T a l es la nueva comedia estrenada recientemente por Pirandello en el Olimpia de M i lán. Está construida sobre una sencilla verdad: un hijo es de uno o de ninguno. Pero el drama aparece hurtado. L a verdad es ésta: un hijo, no sólo debe ser de uno, sino que lo es. L o es de Carlino o de Tito. Y Carlino y T i t o no se preocupan sino de su posición frente a la mujer que han tomado en cooperativa. Y así parece que todo se limita a l a presencia del chico en la casa. S i el niño se queda, el problema es terrible; si se va, todo se resuelve- y continúa como antes. ¿Como antes? N o Cerca o lejos, el niño vive, y lleva la sangre y la carne de uno de los amantes. L a angustia de Tito y de Carlino no puede humanamente convertirse en una sospecha acerca de la paternidad del otro, sino en la duda- -mucho más grave y elevada- -de la paternidad propia. Cada cual debe plantearse así el problema: E s probable que este infeliz me pertenezca y que yo tenga hacia él deberes inalienables. Esta criatura que nace en tales condiciones debe su m i- seria a un repugnante connubio, a un acuerdo que contaminó el amor y lo redujo a una animalidad premeditada, razonada y doméstica L a Naturaleza se ha vengado. L e dos hombres, lejos de u t i r xiv. cZ; celos pva-
 // Cambio Nodo4-Sevilla