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A B C. J U E V E S 19 D E J U N I O D E 1930, EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 11 tillosos, deben sentir y afrontar su respon- tos vestidos que registró Burkhardt en el de sabilidad. Lucrecia Borgia. E n sus deslumbrantes joE l Irania sería de este modo muy distinyeros hay tantas perlas como en las dieciséis arquetas de Catalina Cornaro. Y el númeto, más completo y humano. Pirandello opta por suprimir el instinto y la. piedad, sacri- ¡ro de sus espejos excede a los sesenta que anotara el cardenal Richelieu en el tocador ficándolos a la especulación fría y a la lóde Niñón de Léñelos. gica imaginativa. I La L a viva simpatía con que Nueva Y o r k acoge en sus calles el paso ríe Betty Blythe, Una; revista literaria francesa publica un conmovedor artículo de su corresponsal en la suntuosa, es un signo en pro de la nueva escuela. Betty, a pie, con toilettes riquísi Viena, que habla de la miseria en que v i mas, se detiene en los escaparates, penetra ven desde hace varios meses los descendienen cualquier salón- bar, aviva el paso ante tes del heredero único de Beethoven. Como los guardias de la porra, interroga a un es muy sabido, el gran compositor dejó, al morir, todos sus bienes a un sobrino, a chico. Y todo ello con verdadero espíritu yanqui, esto es, sin dejar de mascar la goma quien amaba particularmente y por el que de mascar. sentía el afecto de un padre Éste sobrino, Carlos de Beethoven, tuvo cinco hijas, U n diligente noticiero narra en The Sun una de ellas Carolina. U n hijo de Carolina su entrevista con la famosa actriz. E s cumurió el i. de enero último, a la edad de riosa, entretenida y ejemplar la entrevista. cuarenta y tres años, dejando una viuda Revela un ingenio femenino atento a las- -s u segunda esposa, Josefa, -y dos hijas, evoluciones contemporáneas; es decir, una F i n i y Poldi, de diecisiete y cuatro años, mujer nueva. Plantea al mismo tiempo un respectivamente. Hasta el día de su muerte problema social de gran importancia: lo la familia vivía con relativo desahogo. Carmoral (no la moral, sino lo moral) del lujo. ios tenia un alto empleo en la Compañía feY lo resuelve con audacia originalísima. deral de los ferrocarriles austríacos, con el P a r a Betty, la vida es lo fastuoso. N o le que, además de las perentorias necesidaimporta ni la salud, con tal de habitar un des cotidianas, iba pagando una importanpalacio, tener piedras preciosas y vivir este deuda contraída durante la enfermedad pléndidamente. Prefiere estar enferma en un de su primera esposa, deuda que no ha quelecho de marfil y oro, como el de Cleopatra dado totalmente saldada. Su segunda muo el de la Dubarry, a estar sana y tranquijer, treinta y cuatro años más joven que la en un camastro, como el de Blanca N i e él, no. puede percibir la pensión corresponve o el de Gretel. diente al empleo, y se halla también enferma e imposibilitada. ¿Y Ja moral? -le ha dicho el informador- ¿N o le importa a usted la moral? Gracias a la intervención de una perso- ¿L a moral? Claro que me importa. na influyente, la descendiente de Beethoven Como que yo soy, ante todo, una moralista. ha sido empleada en el teatro nacional de N o sonría usted. Soy una moralista, por lo la Opera, como suplente eventual de una mismo que soy una suntuaria. Rechazo esa modestísima mujer. E l l o le da ocasión de recampaña que pretende arrebatar a la mujer cibir todos los meses una suma total de su arma natural y moral: el lujo. E l lujo 24 liras. es una escuela de placer, poderío y piedad. L a miseria es el germen del dolor, del rencor, del corazón duro. ¿Conoce usted el l i MUJERES EXTRAORbro de Proudhon Filosofía de la miseria? -S í señorita. Y usted conoce la resDINARIAS puesta de Carlos M a x Miseria de la FiloBetty Blythe, o la moral del lujo sofía? V a y a si la conozco! Pero el caso es Del nuevo libro de Cristóbal de Castro, que el mundo ha evolucionado enormemente, Mujeres extraordinarias, reproducimos la y ya hasta las mujeres vulgares desdeñan lo semblanza de Betty Blythe, famosa actriz yanqui, cuyas teorías sobre la moral del- lujo de la inmoralidad del lujo. L o de que el lujo son realmente extraordinarias, como verá el lector. angustiosa situación de los descendientes de B e e t h o v e n E l callejeo y la interviú sea inmoral, créame, ha pasado a la Historia. V e a usted cómo visten las mecanógrafas, las camareras, las simples criadas. P o r lo menos en Estados Unidos ha desaparecido la pobreza en el indumento femenil. Y esto, se lo aseguro, es el mayor signo de cultura. ¿M á s que el arte, la ciencia y la literatura? -Muchísimo más. Y practico y predico el lujo, no según el imbécil tópico de escuela de ocio y ejemplo de frivolidad, sino según la nueva doctrina de escuela de trabajo, inventiva y delicadeza. Ningún objeto de lujo se fabrica sin emoción. L a copa de Bohemia, la riviére de brillantes, los encajes de Malinas, reclaman obreros selectísimos, verdaderos artífices. Las túnicas que visto en La Reina de Saba necesitaron, por ejemplo, un ejército de creadores- -dibujantes, tejedores, químicos, estampadores, etcétera- M i diadema de Belkis, trabajada con pedrería y esmaltes, copia una joya que Benvenuto regalara a Francisco I para la favorita madame d Etampes. ¿Imagina usted cuánto tiempo, cuánto talento, cuánto d i nero se invirtió en reproducir la diadema? ¿Tanto tiempo, talento v dinero como para construir un puente? -T a n t o no. Pero, ¿es que va usted a comparar un puente con una joya así? ¿Produce un puente la emoción estética que una joya? E l lago es siempre más poético que el mar. L a calidad, superior a la cantidad. Vea usted, si no. ¿Cuántos puentes hay en Nueva Y o r k? Muchísimos. Sin embargo, ninguno de ellos atrae al público como la diadema de Belkis. ¿C o m o la diadema o como Belkis? -C o m o la diadema. Como la diadema. Belkis, sin diadema, sin brazaletes, sin ajorcas, paseó años y años por Nueva Y o r k sin llamar la atención de nadie. ¡L o sabré y o! Si ahora el. Manhattan se llena a diario, es por Belkis, créalo usted, sino por su diadema, por su túnica, por sus collares. L a belleza de una mujer es semejante a un campo inculto. Su cultivo es el lujo, la fastuosidad. U n a mujer desnuda y sin joyas es menos estética que una mujer medio desnuda y con ellas. Él público acude a los teatros, a los cines, a los grandes restaurantes de comidas- bailes, gastando. un sentido, para contemplar, encantado, a esas estrellas que, medio vestidas, medio enjoyadas, encarnan la mujer suntuosa, tipo refinado y magnífico de toda, civilización superior. E l lujo es l o mas moral N a d a tan moral como el lujo. Nada tan inmoral como la miseria. H e aquí las desconcertantes revelaciones de Betty Blythe, la estupenda y magnífica fundadora de una nueva moral, que trae alborotados a los yanquis. Por lo pronto, esta Betty Blythe barre esa cuarta y media de tópicos amontonados en la alfombra norteamericana por Greta Garbo, Bebe Daniels, Dolores del Río y demás estrellas del cine, Betty Blythe no es estrella del cine, sino del teatro. Y no de un teatro cualquiera, sino del Manhattan, donde, ha representado, no una obra más o menos fastuosa, sino e l espectáculo más lujoso del mundo La Reina de Saba. E l aparato de esta obra, donde luce la Corte de Salomón, con sus trescientas concubinas, sus palacios, sus templos, sus ejércitos, ha costado más que la película más costosa. Betty, que hace de Reina Belkis, ciñe una túnica de ¡cuarenta m i l dólares! (recuérdese que el dólar sube a cerca de ocho pesetas) Y está así de Reina de Saba, para comérsela, y aun para bebérsela. Es una morc- na fina, esbelta, elástica, fe. Üina, como una circasiana o una egipcia. ¡Perfecto ejemplar de fastuosa, su guardarropa puede competir con el de los qmnien- M o r a l belleza y riqueza Esta defensa, ardiente y rara, incorpora ai la bibliografía del lujo un capítulo encanta- dor. E s decir, que la estética del ayuno, de la penitencia, de la Tebaida, se abate ante el huracán dorado Y Betty Blythe, la Belkis yanqui, lanza un nuevo estupendo evangelio: la moral del lujo. L a fastuosa comedianta opone a la avaricia de Harpagón el sentido cristiano y l i beral del hijo pródigo. Riqueza escondida es como agua estancada; lime, cieno. Riqueza prodigada es agua viva, corriente, generosa, fecunda. Esta aguda interpretación de la riqueza, digna de Adán Smith en la dinámica económica, es, en su fase estética, hija del Renacimiento; y en su fase filosófica, compañera de Mefistófeles, el de las joyas a Margarita. Las modistillas, mecanógrafas y camareras de Nueva Y o r k han encontrado su P a pisa. Nada tan inmoral como la miseria. Nada tan moral como el lujo. Se dirá que son máximas propias de la Quinta- Avenida. Pero, ¿no es la Quinta Avenida, más que el Pactólo, de áureas arenas, el sagrado Jordíjj purificado! CRISTÓBAL D E CASTRO