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A B C. SÁBADO 21 D E J U N I O D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 6 sajero curioso, los capítulos prehistórico, romano, visigodo, la edad que tiñe la púrpura di; a sabiduría isidoriana, el ciclo árabe, eiw sblecido por la cimera bien madura ce UKS típica rama mudejar; los años colmado- 4 e la Reconquista, con el filos y el logos de Alfonso el Sabio; la sombra de D Pedro cargada de romances; la geografía política de los Reyes Católicos y el fervor del Renacimiento, en cuyos tallos repujados abre la flor de la ciudadanía, bajo la sombra de las pirámides alzadas en c i prés. Y la segunda R o m a del poeta M i guel de Cervantes. L a réplica de ios elementos decorativos que ilustran las salas capitulares del A y u n tamiento se ha hecho en un celoso traslado de tonos y ambiente. Telas de trascendencia y severidad casi litúrgica, mazas, retratos de ilustres regidores y destacadas figuras de la mejor Sevilla; el conde de B a r a jas, Diego de Merlo, Martínez Montañés, Ortiz de Zúñiga, Velázquez, Murillo, H e rrera, Juan de la Cueva. Las vitrinas están conmovidas y animadas en su vigilante pesadez por gloriosas caligrafías. Evocan la campaña de Granada, las guerras con Francia, la sucesión a Portugal, bajo el cetro de Felipe I I le reclusión de. ese taciturno personaje que corre por la historia de aquel tiempo, su nebulosa atractiva: el príncipe D. Carlos. Puede leerse la concesión del título de M u y Noble y M u y L e a l a nuestra ciudad, la cédula de Carlos V sobre la construcción en la Catedral de una capilla, panteón de San Fernando. E n la vitrina de honor y lugar presidencial, dos tomos del Tumbo de los Reyes Católicos- -nombre con que se conoce la serie de seis libros que copiaron todos los despachos y provisiones reales- -están abiertos muy acertadamente, presentando traslados de documentos referidos a Colón. U n o de 1489, para que den posada a Colomo, que va a la corte en servicio del Rey y el otro C a r t a de poder al almirante D Cristóbal Colón y a D Juan de Fonseca para el A r m a d a de las Indias (1) A los tonos calientes del damasco, a la severidad del pergamino, a la cifra de los escritos y a las cartografías, que siempre son una invitación al cotejo, donde toda comparación es amorosa, sucede una luz de ventana, cartel que anuncia l a gran fiesta de la realidad. A su enlace nos lleva un arco: hemos salido a l a calle, a una imagen de calle. Se alcanza el record imbatido de la mentira sevillana, pues se ha realizado un sueño o se ha ensoñado una fantasía. L a calle de irás y no volverás, la calle sin entrada y con tránsito, en esta ciudad de calles sin salida. P o r eso el que aquí llega se ríe como un niño ante el ilusionista, se ríe a l entrar, con aquel desconcierto que produce la barreduela encontrada en un recodo de Santa Cruz, a cuyo doblez atribuímos una prolongación, una profundidad de jardines de Murillo. í; caracterizadas, puédese pulsar el latido íntimo de nuestra vida de interior. N o queda reducido el interés de esta mansión a la enseñanza del decoro y cómodo reparto de los muebles y enseres domésticos. A cada paso una escogida colección de estampas antiguas nos asoma a los rincones de la ciudad, hoy inexistentes. Dos habitaciones son el Museo de la T a u romaquia, con una antología de los puros caracteres de la fiesta y su inserción en las costumbres y en el arte. Desde la colección de libros alusivos, bibliografía estética, técnica e histórica, hasta la dedicación de objetos usuales, por aficionados entrañables, que desarrollan una predilección taor este matador famoso, o simplemente glosan los aspectos plásticos de la lidia. L a galería de diestros es principalmente recomendable por sus cuadros de la mejor escuela del x i x con un ineludible Coya a la cabeza. Otros lienzos reportan escenas de campo o faenas y suertes de la plaza, complementando tan documentada exhibición un surtido vestuario, por cuyas prendas puédense recorrer los capítulos de la historia del toreo, y un guadarnés, que para el aficionado de ahora y para el simple amante. del arte es una revelación del pasado caballeresco de la fiesta. Ignoramos qué suerte corresponderá a este compendio de Sevilla. Mas, recordando el éxito de visitas que ha tenido, muy merecidamente, de desear es que sea la última instalación desmontada al clausurarse la E x posición. ALEJANDRO C O L E A N T E S DE TERAN cano. De tribu en tribu anduvo centenares de leguas buscando el ambiente de salvajis mo necesario para que el sentimiento cristiano pareciese un delito de los que se castigan con la pena de muerte. Pero cometió un error: el de internarse por tierras en las que el hambre era desconocida- porque l a caza y la pesca surtían de todo a aquellas gentes. L o s salvajes lo miraban con curiosidad y sonreían, sin hacerle el menor, daño. Puesto al habla con ellos por medio de un intérprete, consiguió saber que no conocían de la civilización más que la pólvora la escopeta y la quinina descubierta en sus bosques. EÍ alcohol no había penetrado todavía en aquellas tribus, lo que explica su mansedumbre. A l fin, después de un arduo peregrinar, llegó a una región inexplorada, en la cual las sequías pertinaces del clima hacían la vida difícil. Abrió su tienda y acampó donde pudo. Acudieron dos salvajes, y él los bendijo, para iniciar con aquel gesto sagrado la cristiana misión. Y se dispuso a morir. E r a imposible que aquellos seres de aspecto tan feroz no fuesen fanáticos y crueles. Fueron aquéllos los días más dramáticos de su juventud. ¿Pasaré de hoy? ¿V i viré mañana? se preguntaba, con el pensamiento puesto en la D i v i n a Misericordia. t L A CIVILIZACIÓN Y E L MARTIRIO E s más fácil querer a l a H u m a n i d a d que e s t i m a r l a La Rochefoucauld. E l piso exacto de piedrecillas, las aceras de lesas grises, las paredes, cuya color no delata la frágil invención de estas fachadas de escenografía... Únicamente el cielo, siendo cielo y azul, no es el que todos vemos. Asoma el hilo de la trampa con la estridencia de una greguería que hubiese tomado pie, para burlársele, de los dos versos tópicos. Entramos por esta calle a una casa romántica. E n el patio luminoso, en las galerías bien aireadas, bajo el escudo de la velaque inmuniza los estivos dardos de un supuesto sol, en las estancias cuidadosamente (1) D e b o a l a a m i s t a d d e l poeta F e r n a n d o G i m é n e z P l a c e r afecto a l a C a s a ele S e v i l l a l a e x a c t i t u d de los datos que c i t o c o m o r e s u m e n de l a p a r t e d o c u m e n t a l en ella expuesta. U n o de los inconvenientes más grandes del progreso es que nos evita las ocasiones de ser mártires de alguna- causa. Privada de sus beneficios la antigüedad, que desconocía muchas cosas que nos son ahora familiares, pues forman parte integrante de nuestro bienestar, tenía de los dioses una compensación que la ennoblecía: la posibilidad de sacrificarse por un ideal. Ahora, eso se va haciendo más difícil; primero, porque el hombre moderno ha conseguido poner de acuerdo sus convicciones con sus egoísmos, lo cual quiere decir que se h a humanizado, y después porque el que se siente con vocación de mártir no encuentra manera de realizarla. N i siquiera los religiosos, inflamados por el amor a lo sobrenatural, encuentran las mismas facilidades que en otras épocas para ofrecer su sangre a Dios. E l mes pasado murió en opinión de mártir en China un misionero protestante. Los periódicos publicaron la noticia, y la Cancillería británica, que no se resigna fácilmente a perder un subdito, formuló una protesta ante los. dos generales que se disputan mami militan aquel territorio. Hechas las averiguaciones precisas, se puso en claro que el misionero no había sido martirizado por su entusiasmo evangélico, sino que, sorprendido en negociaciones políticas de, índole parcial, el bando contrario a su interés lo mandó fusilar. Cuando yo polleaba tuve la fortuna de conocer en un pueblecito de los alrededores de M a d r i d un sacerdote humilde y piadoso, que me hizo, andando el tiempo, el honor de sus confidencias. De joven habia sentido, como tantos otros de su ardiente idealismo, la orgullosa pretensión de alistarse en la legión de los mártires, y, creyendo que eso no le sería posible en España, emigró a lo más recóndito del Continente a f r i- A l fin, una tarde se presentaron los notables de la tribu en su tienda, y el virtuoso sacerdote los recibió con el crucifijo en las manos. Gritaban en torno suyo y le hacían mil pintorescas zalemas. ¿Q u é dicen? ¿Qiié quieren? ¿H a n resuelto ya mi muerte -preguntó al intérprete. -D i c e n que les eres simpático y que te veneran porque te consideran un dios. Pero te suplican que les mandes la lluvia, porque la cosecha de maíz está a punto de perderse. Si no llueve de aquí a ocho días, harán contigo lo que han hecho por la misma causa con sus dioses: pedazos... E l santo sacerdote entró en la más angustiosa perplejidad. Aquello no era el martirio por Ja Cruz, sino un conflicto de carácter meteorológico que él no podía resolver. ¿Debo yo sacrificar la- vida a los caprichos de las nubes? Dios, que es el único teólogo infalible, le sacó de aquellas dudas. ¿Y qué hizo usted, padre cura? -le pregunté. -Pues mire usted... Convencido de que el cielo no me reserva la suerte de los mártires, me hice esta reflexión: voy a buscar un pueblo dentro de mi Patria en el cual haya la barbarie suficiente para darme algunos quebraderos de cabeza. Y el señor obispo tuvo la extrema bondad de nombrarme cura de un burgo en el cual los niños apedrean a los árboles y a los pájaros, y los mayores se matan por las mujeres y por las opiniones políticas. Claro está que hay. días ert que echo de menos a las tribus, porque, siendo salvajes, tenían el encanto de l a inocencia... Del martirio político no hablemos, pues ha caído en tal desuso, que para encontrar, algún caso interesante hay que retroceder a la época de la Revolución francesa. Aristogitori, el griego, y Traseas, el r o mano, perderían actualmente el tiempo en la Europa occidental acechando ocasiones de dar la vida por las convicciones. Todavía hace algunos años era posible ser deportado a tierras insalubres y sin comodidades. E l tirano de un país era el amo de nuestro destino. Pero ahora el que se expatría voluntariamente o es desterrado por escandaloso o peligroso, toma el sudexprés o el rápido de la Costa A z u l y a su llegada se encuentra todo dispuesto para que la ausencia de la Patria se le haga muy llevadera. L o primero que suele hacer el mártir de una causa política al partir es dejarse! a familia atrás, lo cual le procura, a poco de hallarse a solas, una euforia deliciosa. L o s médicos, cuando quieren curarnos ciertos des-
 // Cambio Nodo4-Sevilla