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tNaNUAooNEs EL BAILE, ORACIÓN MILENARIA t N o podría definirse al hombre como un animal que baila es decir, que se deja transir y arrebatar por la música y gusta de moverse acompasadamente sin ningún fin utilitario? Se. ha dicho que todas las danzas, si se las considera desde cierto punto de vista, vienen a ser simulacros de guerra o de amor, y que la civilización y la moral no han hecho sino enmascarar la significación original de esas pantomimas. Pero es evidente que en el baile, además, hay una satisfacción de anhelos dinámicos y rítmicos exentos de significa- ción voluntaria y comunes a toda la humana especie. Los exploradores han descubierto en el fondo del África salvaje o en las cercanías de los círculos polares razas que ignoraban una porción de cosas aparentemente universo, rescatándolos de la inercia en que la materia propende a hundirse. Esa interpretación religiosa del baile, que se ha perdido tal vez como doctrina, pero que perdura como instinto, explica, no sólo el entusiasmo con que el hombre sano de todas las latitudes gusta de practicarlo y verlo, sino los sacrificios que las sacerdotisas de ese arte se imponen para servirlo con destreza. Y no hablo ya dé nuestras grandes bailarinas, fieles a una tradición multisecular, pero en quienes, después de todo, la esperanza del éxito individual y las ventajas materiales que reporta podrían explicar todas las privaciones preliminares. Me refiero a las que han de tomar parte en danzas colectivas, en esos conjuntos en que de antemano parece ínfima la proba- bilidad de destacarse aisladamente, de dar una interpretación personal a las emociones difusas que por medio del baile, se expresan. Todo el mundo conoce, por ejemplo, la vida de sacrificio, la vida casi claustral que llevan las prodigiosas bailarinas reales anamitas. Pues esa misma existencia. de privaciones, que en principio parece; obra caprichosa de un déspota asiático, la aceptan, más todavía, la solicitan humildemente centenares de criaturas civilizadas. ¿N o la soportan con alegría las niñas que prepara la Opera de París, a quienes los abonados de apariencia senatorial llaman ratitas í No la llevan las que, en la escuela de danza de la Scala de Milán, aspiran al honor supremo de ser bailarinas diplomadas por esa especie de Universidad coreográfica? No sólo de Italia, sino de Francia, de Alemania, de Dinamarca, de Hungría, hasta de Rusia, acuden allí las que, aun en la infancia, sueñan con la gloria de la Legnani, de la Brianza, de la Baldi, de la Zambelli, que elevaron a la perfección ei arte de substraerse a la ley de la gravedad rítmicamente. L a carrera es larga: ocho años; pero ocho años de ejercicios diarios, de trabajos, de preparación constante e intensa. L a selección es más escrupulosa y difícil ciue para entrar en un seminario religioso. L a s solicitantes deben, en primer término, como es lógico, estar bien constituidas. Y como hay que dar DANZA MARROQUÍ inseparables del concepto de humanidad. Lo que no han hallado en ningún sitio es pueblos que desconocieran el arte de bailar mejor o peor, de agitarse aislada o colectivamente al compás de ciertos sonidos artificiales producidos para ese hn. Como la antropología es una ciencia bastante incompleta, todavía no ha dado una explicación satisfactoria de este fenómeno, por cuya virtud, cuando las razas son más primitivas y se hallan más en contacto con la Naturaleza, con más espontaneidad sienten la comezón de moverse conforme a cierta medida apenas oyen un instrumento adecuado para despertar su dinamismo. En el baile, que ningún pueblo ignora, aunque cada uno lo practique a su modo, ¿no hay un fondo de religiosidad inconsciente, una obscura adhesión individual a la energía cósmica, o sea al principio creador de la vida? Los ritmos sonoros obra, n como un conjuro sobre los hombres primitivos, como si por, ese medio los movilizara mágicamente, para revistarlos, la potencia misteriosa que rige el DANZA GUERRERA D E LOS ZULUS E N E L SUR DE ÁFRICA
 // Cambio Nodo4-Sevilla