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Muertos ilustres contemporáneos. Letamendi, el gran aristócrata espiritual, ejemplo UIEN se acuerda a estas fechas del doctor Letamendi? M u e r t o al borde de este siglo, apenas si le evocan personalmente unos centenares de españoles; viva, frondosa 5 empapada en savia rica la parte de su obra que pudo recopilar la devoción filial, la desconocen casi absolutamente las generaciones nuevas. N i siciuiera en todas las B i bliotecas oficiales hallaréis los volúmenes de l a colección. Y si descontamos la cita ascensionál, de pura cronología casi siempre, en algunas aulas médicas o en algunas jornadas clínicas, y el índice del minúsculo grupo de eruditos, el nombre de Letamendi parecí sonar. a cosa olvidada. Pues, pese al olvido, ese nombre fulguró con luz propia, cómo un astro, durante cuarenta años, en la España culta, y alcanzó con su r e s p l a n d o r a Círculos y Corporaciones sabias extranjeras de toda Europa y del Nuevo M u n d o y casi siempre desde el rincón oculto donde el padecimiento de una dolencia implacable le substraía al contacto material con la sociedad. Los jirones de nuestras memorias infantiles reproducen a don José Letamendi, ya en la senectud, corpulento y erguido, con el atuendo i m pecable de su levita y su chistera de a m plias alas, bajo las cuales brillaba una m i rada que no acertaríamos a definir en una sola expresión calificativa, porque era a la vez blanda y severa, aguda y suave, fija y taladrante sin dureza, altiva y dulcemente afectuosa. S i el alma, asoma a los ojos, Letamendi se definía en las pupilas, y u n mediano observador hubiese adivinado siempre el despejo y altura de su entendimiento, la recta magnitud de su voluntad y ese quid divino del espíritu selecto cine en instintiva repugnancia esquiva siempre el roce con io grosero y con lo vacuo. A la sazón orlaban la faz luminosa y grave de Letamendi unas barbas plateadas, luengas y copiosas, que habían sucedido a la perilla (la perilla de los años románticos de 1840 al o) compañera de la melena espesa y ondulada que conservó hasta la edad madura. Q de sabiduría, de voluntad y de rectitud. ción- -una honda, amorosa y porfiada a t e n c i ó n- -y en el ordenamiento preparatorio. S i n el resorte de la voluntad y sin el orden progresivo no creía en el pleno rendimiento mental. Y ese orden había de tener imprescindiblemente el ci miento sólido. N o podía creer en los saltos. E n cambio, sobre el fundamento de la preparación preconizaba m u c h a s v e c e s el triunfo presto, r á p i d o casi instantáneo. A s í cuando la fiesta de un centenario de Felipe II- -figura histórica que él enaltecía- se propuso dar para la función religiosa en E l Escorial una Misa de Réquiem, y la compuso y la dio. Tenía entre üos cernidos de su juventud el conocimiento de la melodía y de l a armonía. S o b r e e s a base estudió durante unos meses composición; estudió, claro es, con el tributo completo, titánico, de su voluntad, abstrayéndose del mundo exterior, entregando l a plenitud de sus potencias. Y compuso la Misa, que se cantó. Y otras partituras y composiciones más tarde como placenteros desahogos de su voluptuosidad de artista, de sus caprichos de espíritu escogido y aristocrático: Fué, pues, músico. Cual había sido y fué pintor, matemático, físico, médico, escritor, filósofo, humanista, helenista. Como helenista no han podido hombrearse con él más de media docena de profesores en una centuria. Su categoría estaba catalogada entre la primera línea de todo el mundo. E l latín y el griego habían constituido desde la adolescencia la fibra más firme y tensa de su estructura, de su auto- formación. H e aquí el concepto básico que el dominio de ambas lenguas significaba en su ideología: -P a r a comenzar a ser persona, para que se. vayan acortando las orejas es preciso dominar el latín y el griego. Diez años de latín; veinte, veinticinco de griego... Cómo sonarán estas palabras a muchos pedagogos de hoy y a muchos educadores, directores, caudillos sotacaiidillos- de las juventudes académicas... N o aspiramos a componer la semblanza cié Letamendi, n i a dar completo su perfil. Cada una de sus facetas necesita un estudio p r o l i j o una monografía crítica dilatada cada una de las partes de sü obra. H a blamos de su o b r a no sólo de la escrita; porque comparativamente con lo que produjo en la realidad, con la huella de su profesorado y con la abundancia de las simientes que fueron esparciendo su acción y su iniciativa, su ejemplo y su pensamiento en actividad directriz, lo que dejó escrito es un grano de trigo no más. Y lo impreso llena varios gruesos volúmenes, seis o siete, con índices tan variados, tan heterogéneos, tan profundos, que tocan a los más distantes y apartados, ejercicios del pensamiento en términos admirables y asombrosos. Pero aunque tuviéramos, elementos, espacio y competencia para dar impresión y síntesis de esa parte ele su labor, y noticia suficiente de la. que. no ha tenido testimonió escrito, quedaría por hacer la parte más curiosa e interesante de la figura: el tesoro íntimo, el caudal del espíritu, lo inmarcesible de su o b r a el perfume generoso, puro y alentador de toda su existencia. L a consagración total de su vida á una conducta indeclinable y rectilínea para el SETRATO A L OLEO l OU D. MAXIMINO PEÑA de lo que se cree. ¡Y hay por ahí cada pol í g r a f o Pero la envidia sorda y el rencor de los impotentes y ruines ya saben lo que se hacen. Todavía ladran los últimos detractores de Menéndez Pelayo, que antes Para la fama vulgar, Letamendi era siempre el doctor Letamendi, de la constelación c e eminentes- -en el profesorado d e M e d i c i n a un as, diríamos ahora, en el claustro de San Carlos. Y con ser mucho, ya no era nada más. L a masa estudiantil participaba en la creencia de esa calidad única, aunque excepcional; a lo sumo, se mencionaban i m precisamente, casi de oídas, otros méritos y frutos de su talento, y cual un eco no menos vago de referencias académicas se le otorgaba en las tertulias escolares. como un diploma, el titulo dé polígrafo E l hecho de escribir sobre muchas materias o acerca de varias y muy distintas materias se reconocía estrictamente con ese apelativo que la inconsciencia, la ignorancia y la comodidad de las gentes superficiales o malignas sue? e repetir mecánicamente para darse el gusto de no proclamar sabios a los sabios; porque el polígrafo puede ser, y suele ser, más cuantitativo que cualitativo, puede ser también mediano y hasta malo. E s c r i b i r mucho y escribir de todo lo h u mano y lo celestial es caso más frecuente R E T R A T O A L O L E O P O R D. R A M Ó N P A B L O CUANDO T E N I A L E T A M E N D I UNOS TREINTA AÑOS se han de morir que le llamen sabio. (E l polígrafo de Santander el g r a n estudiante etc. Y los sabios, ellos. Letamendi fué un auténtico ejemplar de sabiduría, con el alcance de una profusión asombrosa. P a r a é! todo el saber era un mismo tronco, y un hecho natural y obligado el llegarse a todas las ramas y codiciar todas las llores. P a r a él todo el procedimiento estaba en la intensidad de la aten-
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