Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A E C. DOMINGO 22 DE JUNIO DE 1030. E D I C I Ó N DE ANDALUCÍA. P A G 43. EL CAUTIVERIO DE UNOS AVIADORES E N TRE LAS TRIBUS D E L DESIERTO C a r t a d e l comandante B u r g u e t e P o r persona de la intimidad del laureado comandante de Aviación D Ricardo B u r guete, que, con el capitán Núñez y el sargento F e r r e r estuvo recientemente en poder de los moros del desierto de Sahara, nos enteramos de las vicisitudes sufridas por los dos brillantes pilotos de nuestra Aviación militar y el mecánico que les acompañaba. E l comandante Burguete ha escrito a uno de sus amigos la siguiente interesante carta, cuyo carácter privado sacrificamos en aras del interés periodístico, confiados en la indulgencia de su autor. D e ella sólo hemos suprimido frases de índole particular, que no tienen relación con el accidentado relato, y hemos intercalado por nuestra cuenta algunas titulares para la debida claridad de la información. Dice así: -V 1 A v e r í a e n l a b o m b a d e l aceite. r a t o entre las dunas U n apa- t EXTRAORDINARIO! -i Q U E PARECIDOS- -i COMO SON ESTOS CHICOS! Q U E ESTA NACIÓ E N PARÍS Y ESTE EN CALATAYUD. Salimos de Río de Oro para Cabo Juby a: esperar al general Balmes. E i viaje lo hacíamos, en pareja, dos aparatos; en uno iba Núñez con el sargento Ferrer, y en el otro yo con Talebuya, moro de prestigio religioso. A la altura de M o r r o Garnet, a 200 kilómetros de Río de Oro, advertí que subía a cien grados l a temperatura del r a diador, el cual empezó a escupir agua. Corté el motor y conseguí que bajase la temperatura, suponiendo que lo ocurrido se debía al excesivo calor. Continué con temperatura alta y marcha de motor muy reducida, cien kilómetros más, hasta llegar cerca de Cabo Bojador, s i tio denominado L o s Corrales, donde empezó de nuevo a calentarse el motor, que tiraba agua hirviendo por l a nodriza. Corté gases como antes, sin conseguir nada, e hice varias pruebas; pero siempre que metía motor l a temperatura pasaba de los cien grados. E n esta forma me encontré a ras del suelo y obligado a tomar tierra en muy mal terreno. M i compañero de pareja me seguía siempre, observando lo que yo hacía. Pregunté al moro que me acompañaba si había gente en aquellos lugares. M e dijo que no y me decidí, a tomar tierra. E n p o d e r de l o s antropófagos del R e g u i b a t L a l u c h a p o r el botín QUE SON GEMELOS! AHORA podido, hacer tres personas contra tañía gente y a una distancia de 300 kilómetros de nuestra base. E n menos de media hora se reunieron más de cien hombres con fusiles, gumías y hoces, y se entabló una l u cha por nosotros, pues eran moros de tres fracciones distintas: Reguibat, L a Rosillin. y Ait- el- Hesen, que, al ver lo que ocurría, tomaron parte también en el asunto, así como la cabila de Ulatritarin, que, -unida a hombres y mujeres de las tres anteriores, h i cieron desaparecer los aparatos en menos de cinco minutos, arrancando los tornillos hasta con los dientes. E l r e p a r t o de los p r i s i o n e r o s pues mi preocupación eran Ferrer y Núñez. Últimamente nos separaron a los dos en direcciones contrarias, impresionándome mucho la despedida del sargento Ferrer. U n a vez en marcha, la cara del jefe varió. M e pareció buena persona, pues como ya no daba gritos había cambiado completamente de expresión. Anduvimos durante dos horas, llegando, finalmente, a los raimes, donde mandó matar una cabra y preparar té. 1 C a r n e d e c a b r a y l e c c i o n e s d e historia hispanoárabe. U n a carta a C a b o J u b y í Aterricé bien, parando el motor para reparar l a avería de agua, producida por l a bomba, que no funcionaba. H i c e señas a Núñez para que esperase en el aire, pero no las vio y tomó tierra, con propósito de socorrerme. También hizo una buena maniobra, pero como el aparato tiene eje en el tren de aterrizaje, quedó frenado por d i cho sitio en una duna de arena. Enseguida comprendimos nuestra difícil situación, pues ninguno de los dos podíamos despegar. I n mediatamente infinidad de salvajes vinieron hacia, nosotros corriendo, procedentes de todas direcciones. L o s primeros en llegar fueron moros de Ait- el- Hasen, quienes saludaron al santón y nada nos dijeron. E m pezamos a apartar la arena de la duna, haciendo verdaderos esfuerzos para mover el aparato, y cuando teníamos ya casi conseguido nuestro propósito, llegaron moros de Reguibat, verdaderas fieras, que hasta, hace poco han sido antropófagos, habiéndose dado casos este año de tales banquetes. Esta gente no tiene jefe n i obedece a nadie, por f ue no hicieron caso al santón y nos capteríiron. Nosotros no teníamos armas, pero esto fué preferible, pues nada habríamos Mientras tanto, nosotros, enmedio de esta gente que tiraba de nuestros miembros en tres direcciones distintas, agrediéndose al mismo tiempo unos a otros con fusiles, hoces y gumías, esperamos durante tres horas, al cabo de las cuales los de L a R o s i llin consiguieron llevarse a Núñez. Quedamos el sargento Ferrer y yo hasta que los moros se enteraron de m i categoría militar y empezó l a lucha por mí, dejando al sargento aparte, sentado en el suelo. Hubo momentos en los que creí que iban a ahogarme o que me arrancaban un brazo. M u chas, veces fué disuelto el grupo por jefes montados en caballos y camellos, que amenazaban aplastarnos. Se puso el sol y la lucha seguía lo mismo. Calculo que. llevaríamos así siete horas. A l fin llegó un moro alto montado en un camello y armado con un fusil, que se impuso a los demás, haciéndoles reunirse en Junta para acordar el reparto. Ferrer y yo nos sentamos juntos, custodiados por dos moros, a los cuales tuvo el mecánico l a ocurrencia de enseñar a jugar al tres y r a y a pero nos encontramos con que se nos había olvidado el juego a los dos. D e pronto se disolvió la Junta, agarrándonos los moros de nuevo y repitiéndose los tirones, escenas en las que frecuentemente se encontraba muchas veces uno con una hoz o una gumía al cuello. L a gente de Ait- el- Hasen parecía la más valiente. E n una de las Juntas acordaron un sorteo, correspondiéndole yo al jefe de A i t- e l Hasen, el Cheg el Abe, y el sargento a los de Reguibat. Creí haber tenido la peor suerte, debido al carácter violento del Abe, pero me alegré en el fondo. Y o sin hablar una palabra, sólo pensaba en Ferrer, en Núñez y en m i hermano L u i s único piloto que quedaba en V i l l a Cisneros con el Breguet 40, ya dado de baja por peligroso, y temía que si salía con él era muy fácil se le partiese en el aire. Comí un trozo de cabra asado en las ascuas y casi crudo, que me pareció bueno, pues, llevaba todo el día sin comer. i E l jefe me dijo que a la mañana siguiente saldría con sus hijos para Río de Oro o Cabo Juby, facilitándome un camello y un fusil. L e di las gi acias, pero le expliqué que no podía aceptar mientras no viniesen Nú- ñez y Ferrer en m i compañía, teniendo que explicarle que estaba muy feo hiciese yo lo que me proponía. P o r último prometió traerlos al día siguiente, pues los rescataría dando varios camellos y fusiles por ellos. E n vista de esto cambié de actitud y empecé a hablar con el jefe de las cosas de España, de la guerra de la Reconquista y de otros muchos temas. E l caso es que a las tres de la mañana se arrodillaron todos delante del santón y le besaron las manos, haciéndome escribir a nií una carta al teniente coronel, que envió el jefe con un hijo suyo, al cuai ordenó corriese hasta reventar los camello pues urgía la respuesta antes que llegasen más gentes de Reguilat. E l Chag me dijo palabras muy agradables y afirmó que aquel raime era mío lo mismo que sus hijos. 1 5 t 1 L u i s B u r g u e t e y el B r e g u e t 40 Dormimos poco todos, y apenas amaneció fué con uno de sus hijos a preparar una hoguera que sirviese de señal por si pasaba algún avión. Poco después de amanecer sentí, el ruido de u n motor. E l aparato debía volar muy bajo, pero yo no lo veía por encontrarme en una pequeña hondonada. P o r