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Especialidad P A E A CUTIS GRASIENTO es POFINM E que hace desaparecer i, cierra los poros abierto 1 las espinillas, dejando un cun- ecioso. Es una maravilla de i ia. De venta en CASA PELK. Margall, 9, y en todas las per 1 3 02 O feJO L Ü Z tí U a Banco de España Habiéndose extraviado el resguardo de depósito necesario numero 175, de pesetas nominales 1.500, en tres títulos serie A de Deuda amortizable al 5 por 100, emisión 1917, expedido por esta Sucursal el 17 de junio de 1924, a favor de D. José Blanch Massía, para responder de su gestión como agente comisionista de Aduana, y a disposición del señor interventor del Registro del Puerto Franco de Melilla, se anuncia al público, para que el que se crea con derecho a reclamar lo verifique dentro del plazo de quince días, a contar desde la fecha de inserción de este anuncio, según determinan los artículos 4. y 41 del vigente Reglamento del Banco, advirtiendo que, transcurrido dicho plazo sin reclamación de tercero, esta Sucursal expedirá el correspondiente duplicado, considerando anulado el anterior y quedando el Banco exento de toda responsabilidad. Melilla, 21 de junio de 1930. -E. 1 secretario, Fernando Arriaga. o O 50 a 0 I O T 3 O -M J s 0 0 3 xti 178 E. RODRIGUEZ- SOLIS LOS G U E R R I L L E R O S D E 1808 179 y poner la mejilla derecha si en l a izquierda se lia recibido una bofetada... Sí, pero cuando la ofensa vaya dirigida a l hombre, no al D i o s a l hermane, no al P a d r e E n tal caso sólo E l sólo Dios, como principio y fin de todas las cosas, sólo E l que es uno y trino, y en quien se reúnen por misterioso y divino concierto el Dios de las Misericordias y el D i o s dé las Justicias, sólo El- -repetía con tenaz empeño- -podría perdonar tamaña injuria. L a r g o tiempo combatió Merino la idea de la venganza... pero el recuerdo de l a ofensa hecha a i a santa religión del Crucificado en su persona, y las iniquidades que diariamente cometían los franceses, agitaban su corazón, y n i podía comer, ni dormir, n i rezar s i n que una voz secreta, una voz que en vano quería ahogar en su pecho, le gritase: j Ven ganza! -N o es posible- -se dijo un día- -que Dios quiera dejar impunes tan infames hazañas... L a boadad celeste tiene sus límites... ¿N o destruyó el cielo por sus crímenes al pueblo judío, elegido por Dios para recibir y conservar las verdades religiosas... ¿Qué hacer, Jerónimo, qué hacer? E n t a l situación, llegó un día en que Merino, no pudiendo soportar aquella existencia de vacilaciones, de inquietudes y de dudas, resolvió desagraviar a i D i o s que representaba, al hombre de quien era imagen, a l a Patria en que había nacido; y decidido a llegar hasta el martirio, si era necesario, se propuso luchar hasta morir, y armado de una escopeta en el mesón de Quintanilla, fué a ocultarse en un bosque inmediato, y uno de los correos franceses enviados de una división a otra, fué muerto por su certero tiro. Roto el dique que separaba al humilde cura de aldea del terrible guerrillero, sólo pensó y a en continuar su venganza. Tornó a l pueblo, y seguido de su criado, guarecido por las malezas y oculto por los matorrales, prosiguió su obra, diciéndole cuando se acercaba un destacamento francés: -A p u n t a siempre a los que veas más majos, que yo haré lo mism- í Cada tiro de Merino, el csizador infatigable ae Jiebres y. perdices, tan abundantes en los montes llamados del Risco, era una víctima. A poco se- le unió un sobrino suyo, y luego varios paisanos, a los que Merino había comunicado su odio a los franceses, y desde los montes poblados de robles y encinas, desde ¡as canteras de piedra blanca y caliza, desde los caminos locales, tras de los árboles, los tiros de aquellos, hombres diezmaban a los franceses, que huían despavoridos al solo nombre de Merino. P o r esta época contaba don Jerónimo, vulgarmente llamado el Gura Merino, unos treinta y nueve años. Según sus mejores biógrafos, era dé estatura regular; más bien delgado que grueso; de- complexión nerviosa, muy velludo, y de mirada viva y ardiente, que denunciaba, más que al modesto sacerdote, a l hombre de fuertes pasiones. Mostrábase poco jactancioso y menos hablador; comía poco; no bebía vino, ni licores; no fumaba, y sólo dormía tres horas. Su traje consistía en un calzón de ante, polaina antigua, levitón raído y un sombrero de copa muy deteriorado. De este conjunto heterogéneo, de esta mezcla extraña, resultaba necesariamente un tipo por demás original, en que se mezclaban lo profano y lo religioso, el pastor y el guerrero, el clérigo de p r i n cipios rígidos y austeros, el soldado de opiniones absolutas y el hombre de principios liberales. P o r extraño que parezca, no decimos más que la verdad. E l cura Merino reunía en su persona las más opuestas ideas. E r a grande y pequeño, alto y bajo, noble y plebeyo. Enemigo de los poderosos, y siempre reñido con la etiqueta, decía públicamente que Dios había criado al hombre derecho, y que el hombre era el que se empeñaba en torcerse y en encorvarse; que para saludar a una persona bastaba con una inclinación de cabeza, en señal de respeto y deferencia, y que el hacer gestos y contorsiones y arrastrarse ante los poderosos era indigno de i a alta misión que Dios había dado al hombre en el mundo... Merino comenzó por vestir a sus guerrilleros con los despojos de los enemigos; sólo de. este modo se explica que cada individuo de su partida llevase un traje distinto, y que ia mayoría se engalanase con Jos uniformes y capotes cogidos a los flanee-
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