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A B C. J U E V E S 26 D E J U N I O D E 1930. E D I C I Ó N D E ANDALUCÍA. PAG. 6 castizamente barroco, que es nuestra aportación más personal al universo de las bellas artes, saliese M a r t i n Noel de él sin echar un- v- ¿tazo a lo que lucimos en América. E l insigne arquitecto 110 ha incurrido en esa omisión. E l examen que hace de la riqueza artística que- dejamos en el Perú, fuertemente amalgamada con el oro de procedencia i n dígena, es una maravilla de sagacidad. M a r tín Noel cree, cómo nosotros, que entre las causas de nuestra supervivencia en aquel continente figura la espontaneidad con que, no satisfechos con entroncar amorosamente 011 la raza conquistada, nos prestamos a su influencia estética. L a conjunción de nuestro barroquismo con el ingenuo orientalismo de aquellas razas no hace sino continuar la obra ie amor que había arroiado al español en los brazos de la india. Ese sentimiento de igualdad es anterior i la Revolución francesa y a Juan Jac obo Rousseau. MAXUEL B U E N O AL PLEGARSE BANDERAS LAS Sevi la y la post- Exposición H e aquí a la. alegre ciudad del Sur entristecida por esa icongoj a ineludible que sobreviene cada vez que se logra l a realización de un deseo, ilusionado. L a Exposición, el anhelo sevillano de. muchos años de cálido esfuerzo ferviente se ha cumplido al desvanecerse en el misterio de la última noche el vigor espiritual que. sostuvo la maravilla lograda y al transformaren recuerdo las banderas, con sus postreros latidos en el viento, lo que hasta el mismo momento de la clausura fué realidad viva. Mientras se preparó y desarrolló el Certamen, no tuvimos los sevillanos, ni podíamos tener, otra misión, que la de rodear de cuidados el propósito, para que no se malograse, y la norma de los que entre nosotros tenían clara idea d. e, su, deber consciente fué regida por un optimismo exuberante, que no decayó n i por j a lentitud del desenvolvimiento ni ante el temor de que las alteraciones accidéntales desvirtuasen la primera idea. E s muy posible que ese optimismo haya sido excesivo; -que hayamos logrado con el exceso un continente superior, a las posibilidades de contenido, y que, como consecuencia obligada de todo esto, sea imprescindib e realizar o comenzar a realizar ahora, en plena convalecencia de esfuerzos, una labor tan penosa y difícil, que el éxito sólo podría ser garantizado si. la vitalidad y el ánimo ciudadanos estuviesen en plenitud. Mucho tememos que en ese sentimiento de angustia por el deseo logrado a que aludimos haya también un presentimiento de incapacidad para la reacción, por desorientación y por c a rcr? t p, que impida a Sevilla elegir su camino, v seguirlo luego con ansias fecundas. Tememos esto, pero de ninguna manera debemos confirmar la suposición reconociendo su evidencia real v menos todavía obstinarnos en cambiar, de la noche a la mañana, el optimismo exaltado por un desaforado oesimismo, mucho más pernicioso, de todos modos, nue el optimismo con que hemos sostenido, año tras año, la ilusión y la realidad de nuestra obra. Porque, en fin. de cuentas, el que hayamos lleea -o al final sin saber en concreto aué posib Hades futuras quedan para Sevilla como derivación práctica del Certamen. 110 incumbe a la responsabilidad sevillana. Aquí íb- míos desarrollando lo previsto con el sentido ocal que dio aliento a la iniciativa un movimiento cordial de reintegración del espíritu hispánico en el orden político, un plausible propósito de mejoramiento de las relaciones comerciales con Ultramar en el orden económico, y, finalmente, en el orden espiritual el restablecimiento del significado histórico de Sevilla como sede de la cultura hispanoamericana. Unido a todo esto estaba el legitimo afán de mejoramiento urbano que la ciudad sentía como necesidad ineludible, no sólo por el decoro transitorio del Certamen, sino para afrontar los problemas inherentes a una ciudad eme no quería quedarse en la categoría de un objeto arqueológico. Primo de Rivera creyó posible la realización de dos grandes Exposiciones a la vez, la de Barcelona y la de Sevilla, y esta creencia, hija legítima del hiperpatriotismo que caldeaba su corazón, fue, sin embargo, para Sevilla un golpe lesivo, que desvirtuó, su afán y desconcertó su acción. Dos E x p o s i ciones internacionales, desarrollándose al mismo tiempo, en régimen de anormalidad política y con la magnitud que ambas se han desarrollado, ora inevitable que produjesen contradicciones y perjuicios mutuos, y, en resumen, la absorción del éxito por la de Barcelona, que tenía más cerca los elementos que habían de nutrirla y una mayor preparación para todo por ía experiencia y los mejoramientos adquiridos de antemano con un Certamen que había sido años atrás lo que iba a ser para Sevilla el que aquí se estaba preparado. Y he aquí que Barcelona, por la- fuerza de su pujanza en todos los aspectos y por su mayor proximidad a los países que había convocado, debilita sin querer el éxito que Sevilla hubiese alcanzado en un desarrollo normal y ampliamente favorable de su propósito; aquel propósito, cuya iniciación se señaló precisamente por la firmeza con que la opinión sevillana pidiera con certero instinto vital la exclusión de toda posibilidad de competencia. S i Sevilla quería, con los prestigios de su voz y la legitima, autoridad de sus títulos de ciudad nutricia de América, llamar y reunir a la estirpe ibérica y orientar su futuro en el cultivo permanente del espíritu de la Raza, debió asistírsele en este postulado insigne, sin merma ni omisión, acumulando en su roíde todas las energías nacionales para asegurar el triunfo que España habría de tener por el triunfo de la españolísima Sevilla. Reducidas ¡as posibilidades, quedó automáticamente reducido el éxito. Nuestro orgullo local podrá consolarse con la conside 1 ación de que hemos cumplido nuestro deber hasta el fin, y con el convertimiento de que la belleza material del Certamen y su adecuada emoción espiritual fueron logradas plenamente. S i por añadidura se nos reconoce que también hemos realizado un sacrificio más en el ara de la Patria, podremos sentirnos absolutamente satisfechos, y hasta puede que encontremos leve la carga contributiva que tenemos que sobrellevar durante muchos años: porque es lo curioso que el Estado no ha contribuido a los gastos, de la Exposición en aquella medida que parecía inminente desde el momento en que le atribuía un significado de ilimitada amplitud nacional, lo que, además de desdibujar un poco la personalidad de Sevilla y de cohibir su pensamiento, le ha obligado a realizar gastos que sobrepasan la medida de sus posibilidades económicas. P e r o con ser grave este problema, cuya pesadumbre va a gravitar durante mucho tiempo sobre la actividad sevillana, no Jo es tanto como el conjunto de problemas de diverso carácter que adquieren vigencia exigente desde el momento mismo en que se pliegan las banderas... De ese conjunto de problemas destaquemos tan sólo el que se refiere a la conservación de los numerosos edificios que, efectivamente, han dado a la Exposición singular calidad suntuosa, pe o cuyo destino posterior se desconoce: Y 1: 0 ha sucedido esto por imprevisión, sino como consecuencia del cambio impuesto a Sevilla en su orientación, ya decimos qué con superlativa intención patriótica. Pensada la Erposición con el propósito de que al final quedase establecido el Colegio Mayor. H i s panoamericano, y solicitadas las Repúblicas para construir sus pabellones respectivos con carácter permanente, para que sirviesen de Residencias a los estudiantes que cada una enviase, lo natural era que todo se d i rigiese a lograr que. el mismo día de cerrarse el Certamen quedasen inauguradas las tareas docentes de esc Centro, que había de comprender Ciencias, Letros, Artes, Oficios y todas bis disciplinas, en, fin, en que Sevilla puede seguir siendo maestra, como lo fuera cuando enviaba la cultura española- -que entonces era sevillana- -a las tierras nuevas y ávidas. Se comprenderá, por todo cuanto pueda sugerir lo dicho, que. la alegre Sevilla se llene de tristeza al plegarse las banderas. E s un buen sintonía, sin embargo, porque los desalientos proporcionan al espíritu claridades insospechadas, y es, no sólo posible, sino seguro, que la reacción ciudadana sobrevenga con tal ímpetu, que aquello que se nos antoja insuperable obstáculo no sea más que el escalón que es necesario trasponer para culminar; para ver desde la altura los caminos y elegir el más derecho. Conviene una reflexión serena y una decisión prudente. De momento bastará con que los sevillanos, -al recuperarse, no malgasten sus alientos ni agoten la paciencia de la ciudad en esas pequeñas luchas estériles de a ras de tierra, sólo explicables y tolerables cuando el ideal ciudadano era exiguo y la falta de ocupaciones elevadas permitía cierta licitud para los espectáculos de simple entretenimiento pintoresco. JOSÉ ANDRÉS VÁZQUEZ MEMO R 1 AS DE UN CONSERVADOR E l Ateneo U n ilustre ex ministro conservador y miembro distinguido de dos Reales Academias, el marqués de Lema, acaba de publicar un interesante libro, en que, bajo el título de, Mis recuerdos, recoge y comenta los más interesantes sucesos de la política contemporánea de que fué testigo. Abarcan s u s i í e m o i i a s desde el reinado de A l f o n- so X I I hasta las postrimerías de la Regencia, y, por la intimidad del autor con don Antonio Cánovas, reviste el libro mayor, interés. Creo servir a la verdad copiando las s i guientes palabras del prólogo (dedicado al conde de Bugallal) en defensa de los hombres políticos, acusados injustamente de proceder respondiendo a móviles menguados. Usted y yo sabemos- -dice- -que eso no es exacto; debemos, pues, intentar el poner las cosas en su debido punto, y, sin pretender que cuantos actuaron en la política de nuestro tiempo se hallaban dotados de naturaleza angélica, podemos asegurar, con la mano puesta en el pecho, que en ningún orden ni profesión diéronse ejemplos de elevación de espíritu y de voluntad abnegada como en el campo de los partidos políticos. Dejaré a otros reivindicar las virtudes y méritos de los hombres que militaron en los partidos liberales durante los reinados de D Alfonso X I I y D Alfonso X I I I y más especialmente en la ejemplar regencia ele doña María Cristina. Y o asumo. en parte la tarea, que me. ilusiono sea más fácil, de recordar a los hombres que. bajo D. Antonia
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