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N U M E R O EXTRAORDIN ARIO 20 CENTsT AÑO VIGÉSIMO SEXTO. N U M E R O EXTRAORD 1 NARIO 20 C E N T S AÑO VIGÉSIMO g SEXTO. Las grandes ciudades de Europa. PLAZA D E L A SEÑORÍA. VISTA TOMADA DESDE E L PALACIO VIEJO o quisiera decirte tantas cosas de F l o rencia, tengo en el m a g í n tan c a l i doscópica visión de sus Museos, asombro de los ojos y reposo del e s p í r i t u de sus calles y casas, albergue de recuerdos, y de sus campos, donde ahora en primaver a florece la azucena a l a sombra de los o l i vos con dorada tramilla, que no acierto a decirte nada y todo se me obscurece a. fuerza de estar iluminado, como si hubiera querido m i r a r al sol frente a frente. ¡Palacio P i t t i con sus Peruginos y R a faeles, de los que hemos de apartar los ojos con pena, porque en un instante nos hemos enamorado de sus i m á g e n e s! L a s vírgenes del primero, dulces e inocentes, todas parecidas como nardos de una misma vara, siempre vírgenes y siempre candidas, aun cuando intente pintar una Magdalena; las mozas del segundo, frescas y sabrosas, de mejillas de seda y miradas de terciopelo, todas semejantes, como flores de un mismo almendro, Y siempre novias, a u n cuando representen una Inmaculada... ¡V e g a del A m o tan suave de color y tan latina, donde los olivos abrigan con su manto g r i s los tiernos agraces, sensibles a los vientos que descienden de los A p e n i n o s ¡Calles viejas, empapadas de sangre; palacios de severas portadas y almenadas torres! Edificios de fisonomía hostil, que parecen mirarnos ceñudos y recelosos, porque ya muchas veces sintieron entrar por sus e n t r a ñ a s el veneno de la revuelta o el t ó s i g o de la t r a i c i ó n pero que nos sonríen hospitalarios y nos ofrecen como presente de hadas todo su caudal de viejos tesoros cuando hemos traspasado sus umbrales... ¿Por dónde había de empezar para describirlos si hubiera de tomar como punto de partida lo m á s bello, y c u á n d o terminar, i a todos hubiera de mencionarlos? A h o r a a la luz del sol poniente, que de vez en vez se filtra por un j i r ó n de nube, la ciudad tient un apagado matiz de ó x i d o de metal viejo y mohoso, armadura a r r i n conada en u n desván, sobre l a que viene a quebrarse un rayo tembloroso de sol que e n t r ó por los resquicios de las ventanas mal cerradas. E l A m o arrastra en su corriente las aguas primaverales, que conservan el r u bor de haber besado los rojos campos de Siena y de Arezzo, adornados de flores y de p á m p a n o s como faunos j ó v e n e s y su rubor, al p r e s t á r s e l o al río, lo t i ñ e de sangre. E s como si todo él caudal de venas florentinas, rotas violentamente en sus ribe. ras durante siglos y siglos por graves y futiles motivos, se hubiera unido para formar un río, y el rumor sordo de la corriente, la Cld- ÍMi c i 5 it- sijencio, semeja hecho de ayes, de blasfemias, de canciones de amor, dé gritos de guerra y. de ahogadas palabras de conspiradores. Y o escucho con atención dolorosa ese murmullo confuso, cerrando las puertas