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L a Sede de la Orden de Santiago. La soberbia y altiva fábrica del magnífico monasterio de Uclés. A l f o n s o V I casó con la bella Zaida, hija del Rey de Sevilla Aben Abet el M o t a m i d una vez bautizada con los nombres de María Isabel, tan dulces para todo cristiano, dio en dote a l a princesa agarena, entre otras varias, aquella fortaleza de Uclés, crónica corpórea más tarde del arte arquitectónico español en sus tres periodos: plateresco, grecorromano y barroco, y página imborrable desde entonces de un capítulo interesante de nuestra historia. E l Rey, oyendo acaso la voz de la r a zón de estado más que el consejo del amor, quiso con este matrimonio fundar, sobre la piedra de su ansiada sucesión masculina, una Monarquía hispanoárabe: pero no fueron esos los desi T I J O S de Dios ni levaban tan extraviados rumbos los certeros destinos de la Patria. Y el Monarca vio bien pronto, no sólo por sexta vez su tálamo vacio al perder joven aún a la convertid: princesa, sino muerto anibién al logrado hijo y apenas adolescente D Sancho, al lado de los siete condes que le acompañaban, ante el pujante brío de los almorávides. D e tan trapico modo, mientras el condolido padre v i u do exclamaba, lloroso y lastimero: A l e g r í a cíe rneu corazón et lume de meus olios, solaz de miña vellez, espello en que eu me solya ver la llanura, llamada hoy de Sicuendes, en memoria de los siete condes que en ella acabaron sus días, era escenario y la fortaleza de U d é s testisro de una lúgubre rot. i que trazaba nuevo y vigoroso cauce al desviado curso de los acontecimientos hispanos. L a pureza de la sangre castellana repugnaba todo contacto con la sangre del invasor, y se vertía generosa antes de ingresar bastardeada en el árbol de la genealogía regia; se hacía nuevamente preciso llegar hasta Granada por el camino de la reconquista gloriosa, una vez derramadas las ilusiones de la coyunda de cálculo al quebrarse la débil cantarilla de l a preciosa vida del infante. Uclés se levanta, por tanto, ante nuestros ojos como un jaUANDO C CONTEMPLADO DESDE LOS P I E S D E L CERRO, SUBYUGA POR SU SEVERA MAJESTAD EL MAGNIFICO ARTESÓN A D O DEI, REFECTORIO, TRI- UNTA Y SEIS EN EL QUE APARECEN TALLADOS BUSTOS lón de la historia de España que señala el punto donde se preparó a los Reyes C a tólicos el tiempo de ver al fin lograda la unidad nacional. Pero e ¡monasterio, erguido hoy sobre el ingente pedestal que antaño encumbró la fortaleza, es de los más importantes entre cuantos atesora el suelo hispánico, no sólo por sus históricas andanzas, sino por su apostura arquitectónica. Nació a su vida monumental y perdurable, obedeciendo en parte a la traza diseñada por el conquense M o r a discípulo de Juan de H e r r e r a fueron sus arquitectos los que lo eran a la vez de las obras reales de Carlos V Gaspar de Vega y Pedro de Toíosa, aparejador que había sido. de la construcción de E l Escorial, le dedicaron sus desvelos; ningún monumento pudiera en verdad ambicionar alcurnia más señalada, y, para añadir nuevos timbres gloriosos a su estirpe artística, no falta quien asegure que el propio H e r r e r a delineó el sobrio plano del hernioso templo, no olvidándose de asentar el coro sobre una bóveda plana, recuerdo fiel de la prodigiosa y cimbreante que admira a propios y extraños en la obra mágica de Felipe IT. E l poblado de Uclés plantó acaso sus c i mientos, sobre las ruinas de la antigua ciudad romana llamada Ociles. N o lejos, a pocos kilómetros de distancia, se recuestan sobre el cerro, donde con el nombre de C a beza del Griego hubo otro poblado en la E d a d JNTedia, los restos de Segóbriga, obispado que, con V a l e r i a y Ercavica, se repartió, cu ¡o antiguo, la soberanía espiri-
 // Cambio Nodo4-Sevilla