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l i c i a cuando pusieron la cruz en su pecho en manera de espada con la señal e i n vocación del bienaventurado apóstol S a n tiago Pero mientras la O r d e n se reformaba, se regeneraba y crecía, los muros de Uclés, más endebles en su armazón arquitectónica que en su relieve espiritual, reclamaron una reconstrucción, en la que el nuevo edificio fuese espejo del brillo de su historia y del señorial empaque de sus dueños. Reinando Carlos V el ano de 1529, se puso la primera piedra de la nueva fábrica, y en 1598 se c o iocó la bola, de dos metros de diámetro, sobre el chapitel de la torre. Contemplado desde los pies del cerro que sirve como de tronó a F U soberanía, subyuga por la severa majestad, la gallarda altivez y la opulenta traza de su magna mole. N o sin r a zón se ha llamado E l Escorial conquense a una obra que. por su jerarquía artística y por su grandeza inusitada, es como un trasunto o un hermano menor de aquella maravilla mundial. Pero es preciso domina 1 el cerro, afrentarse con sus magnificas fachadas, recorrer su interior, para saborear espiritaalniente el deleite de su solemne belleza. Sobre ella y las antigüedades de Segóhriga escribió una admirable obra, tan documentada como interesante, el sabio arqueólogo D Pelayo Quintero Atauri. L o primero que encuentra el visitante es la fachada de la parte S u r dividida en dos mitades por la monumental portada churrigueresca construida en 1735, uno de los ejemplares más suntuosos v acabados que existen de este arte, en eí que rara vez logran sus cultivadores hermanar su afectación característica con la sincera naturalidad de las grandes concepciones. E n el interior hay que admirar su soberbio patio pavimentado con grandes losas, rodeado del claustro alto y bajo y avalorado en su centro por un primoroso brocal barroco; el magnífico artesonado del refectorio, en el que aparecen tallados treinta y seis bustos de maestres, y entre ellos el de Carlos V en cuya época se construyó, v el fie don A l v a r o de L u n a la amplia y bien trazada escalera que sube a! claustro alto; la sacristía, ornamentada con preciosas labores platerescas y dotada de una espléndida mesa labrada en jaspes del país, y la iglesia, digna por todos conceptos de u n monumento tan privilegiado. E n l a parte centraLdel retablo mavor, un gran lienzo de Ricct representa al apóstol Santiago. P o r desgrac i a no es posible admirar ya hoy allí la I. A M O N U M E N T A L PORTADA CHURRIGUERESCA, CONSTRUIDA E N 1735 biblioteca riquísima, que tuvo millares de codiciables volúmenes, y el archivo, de gran valor, cuyos tesoros están hoy repartidos entre la Biblioteca Nacional y la diocesana de Cuenca; ni tampoco la g r a n silla maestral, trasladada a la actual sede del obispo prior de las Ordenes Militares, notabilísimo ejemplar del arte gótico florido. E n el coro, la cara inferior del primer asiento bajo de la izquierda parece ofrecer vislumbres y atisbos de la fisonomía de Quevedo, tal vez inspirados por la creencia indocumentada de que en los lóbregos calabozos del monasterio había sufrido cautiverio aquel príncipe de nuestras letras. Rodeando exteriormente el edificio se llega a una explanada, sostenida por un el evadí simo muro de contención sobre el abismo, y desde ella puede contemplarse ia fachada Norte, salpicada sin regularidad ni simetría de primorosas ventanas platerescas, cuajadas de labores, medallones, figurillas y trofeos que forman como corte de honor a la venera de Santiago. A l elevado nivel de la explanada se asciende por un tramo de diez escalones, que se conocen vulgarmente en Uclés con el nombre de los diez mandamientos, y cuenta una anécdota interesante y graciosa que, en cierta ocasión, subía M o r e n o Mazón por ellos, y, al conocer su denominación v u l gar, dijo, señalando el que entonces pisab a E s t e debe de ser el sexto L o era, en efecto, casualmente, aun cuando el prelado no se había tomado la molestia de contarlos; pero pudo suponerlo, según afirmó a continuación, con sólo considerar l o muy desgastado que estaba Este es. a grandes rasgos descrito, ci hermoso y arrogante monasterio de Uclés, tan afamado por su historia como encomiado por su grandiosidad monumental, asiento un tiempo de una Orden preclara, y testigo de batallas, en más de una oca- sión adversas, que llevaron su triste celebridad allende el P i r i n e o hasta inscribir sunombre en el A r c o de la Estrella de París. Situado a dieciocho kilómetros de T a r a n cón, y a unos ciento de Cuenca y de la corte, merecía en verdad ser más visitado y conocido por todos los amantes, del arte y de las pretéritas grandezas españolas. Lirrs M A R T Í N E Z KLEISER (Fotos del mismo autor. I. A CARA INFERIOR DE UN ASIENTO DEL PUERTAS ORNAMENTADAS CON DELICADAS LAIiORES CORO PARECE OFRECER DESCOS ATISBOS QUEVE-
 // Cambio Nodo4-Sevilla