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lies, rodeados de montañas, constituyendo con la bahía u n maravilloso panorama, avalorado por suntuosos edificios, exuberante vegetación en parques y jardines y una perfecta pavimentación y limpieza. E s también excepcional el movimiento de peatones, autos y tranvías; éstos circulan toda la noche y van abarrotados; igual ocurre con los ferrocarriles, que parten de Río Janeiro por cuatro estaciones, que en c o n junto dan u n promedio anual de viajeros que hacen de ésta la cuarta capital del m u n do en viajeros. P a r a el turista ofrece aquella población encantos excepcionales, sobre todo en los meses de invierno, que corresponden a los de verano en E u r o p a N o sólo hay espléndidos hoteles, algunos al borde de playas concurridas durante todo el año, sino a s censiones por ferrocarriles de cremallera y funiculares a los picos de Corcovado y P a n de Azúcar, desde los que se domina la f a n tástica bahía. Cuando el calor aprieta (de noviembre a marzo) se evitan sus molestias subiendo a Petrópolis, preciosa población de verano, durante cuya estación alcanza, como aquí San Sebastián, unos 6 0 0 0 0 habitantes, y en la que se encuentra temperatura ideal gracias a los 8 0 0 metros sobre el nivel del mar, en m e d i o de montañas reeubiíertas de espesísima arbolecí: da, a las que se asciende por u n buen ferrocarril o magnífica carretera en poco más de u n a hora desde Río Janeiro. H a y en el B r a s i l otra población de g r a n importancia: Sao P a u lo, con 7 0 0 0 0 0 habitantes, capital del E s tado federal del mismo nombre, quizá el más rico de la República, porque de allí se e x porta el fe por 100 de todo el café que se consume en el mundo, si bien en este ultimo año h a sufrido u n a crisis aguda por efec to de l a competencia ocasionada por los c a fés de Colombia. PLAZA D E FLORIANO, E N LA QUE DESEMBOCA L A AVENIDA RIO BRANCO, QUE ENLAZA EL PUERTO CON L A PLAYA D E BEIRAMAR tecato que tan despectivamente arroja el asceta profesor sobre los que no saben v i a j a r sin almohada y sin baño, porque, aunque echando de m e n o s esos instrumentos de comodidad y limpieza, he podido prescindir de ellos e n m i s continuas correrías como ingeniero por los páramos y sierras de España, de M a r r u e cos y recientemente de Guinea. Pero cuando tenga que volver a Guinea o al Brasil, a pesar de aquellos anatemas seguiré prefiriendo u n c o n f o r t a b l e transatlántico a las g! oriosas carabelas de C o lón. Parece en verdad exP e r o n o es menos traño que no teniencierto que el B r a s i l do los alemanes colocon sus 3 0 millones nias en África n i en de habitantes, con s u UNO D E LOS BARRIOS ALTOS D E RIO JANEIRO América sostengan l í neas de vapores de mayor lujo y velocidad que las de España, que tantas afinidades e intereses tiene en aquellos príises. E s evidente que para que esas líneas m a rítimas se mantengan deben recibir de su, Gobierno espléndidas subvenciones, y e s también obvio que Alemania, exhausta por la guerra, no invierte esos millones por v a nidades puer es, sino, p o r conveniencias comerciales. Debería seguir España análogos procederes si queremos conservar nuestro prestigio y favorecer nuestras relaciones con aquellas comarcas; de no hacerlo así, casi más valiera suprimir las líneas nacionales que sostener servicios de inferior categoría y comodidades que los de otros países. E n una! rga y molesta travesía el aburrimiento, cuando no el mareo, constituyen u n a pesadilla; en cambio roe parecieron cortos los nueve días que desde L i s b o a i n virtió n u e s t r o vapor para llegar a Río J a neiro. L a s vista. que presentamos de l a capital de los Estados U n i d o s del B r a s i l evidencian mejor que prolijas descripciones que Río Janeiro es una hermosísima ciudad, con sus 1.200.030 habitantes M a d r i d apenas E L MONTE CORCOVADO, A CUYO VÉRTICE SE ASCIENDE POR ÜN T R E N D E CREMALLERA, alcanza un millón) repartidos e n varios v a Y DESDE CUYO PUNTO SE DOMINA TODA LA BAHÍA