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M Á D RID- SEYI L L A 1. D E J U L I O 3 930. SUELTO DE NUMERO 10 C T S DIARIO ILUSTRAViG E g 0 DO- AÑO N. 8.584 S 1 MOSEXTO REDACCIÓN: PRADO DE SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS: MUÑOZ OLIVE, CERCANA A T E T U A N SEVILLA DE LO APÓCRIFO EN EL ARTE Y EN LA VIDA Juan Carlos Millet está expiando en estos, momentos un delito que, bien mirado, carece de importancia: el de haber querido augmentar ia gloria de su abuelo atribuyéndole cuadros que no pintó. E n puridad, de eso se trata. ¿Qué n ú m e r o de lienzos salieron manchados artísticamente de los pinceles de M i l l e t? ¿Cincuenta? Pues su nieto ha pretendido en uso de su derecho, duplicar ja cifra. Colocada íntegramente la producción de un artista en los Museos y en las colecciones privadas, se hace c! silencio sobre su nombre. Su prestigio, confinado en los catálogos y en las guias de ¡os turistas, pierde sonoridad. Eso es, precisamente, lo que quiso enmendar Juan Carlos Millet, poniendo en circulación nuevas telas de su ilustre antepasado. Lo curioso es que los peritos sancionaron los fraudes sin el menor asomo de mala fe. Apenas el nieto sometía a su examen una obra íecién pintada por Cazoh, los técnicos la daban por buena, lo que demuestra, en definitiva, que Cazoh y Millet se equivalen como artistas. Ese admirable imitador, a quien la justicia oficial absolverá seguramente, ha tenido precursores en nuestro país. Y o conocí hace años, en Madrid, un artista benemérito que prefería modestamente- inventar Grecos y Zurbaranes a descubrir lo que hubiese de original en su talento. E r a un hombre muy inteligente y afable, que, después de reflexionar mucho sobre los peligros de la vanidad, había llegado a la conclusión de quinada es menos expuesto a contratiempos como la imitación de la obra ajena. ¿P o r qué crear cuando se está seguro de mejorar lo que hicieron los otros? L a crítica, generalmente severa con el creador, respeta ai imitador. L o respeta porque lo ignora. Aquel pintor español, a quien conocí en la tertulia del viejo Suizo, demolido por la piqueta de los albañiles para construir un Banco sobre sus cimientos, era un filósofo. Su rostro expresaba la igualdad de ánimo del hombre cue ha renunciado a ser original en su profesión. Todos le queríamos, porque, cuando do el hombre cesa de promover rivalidades por la inmolación de su talento a una función humilde y obscura, no despierta más que s i m p a t í a s L o s grandes odios sólo persiguen a los que se esfuerzan por imponer de algún modo su personalidad. -Maestro: H a b r á que buscar un Greco i- -l e decíamos, si había demanda. Nuestro amigo se recogía unos minutos como para reflexionar, y luego contestaba con una convicción tranquilizadora: Se encontrará U n día, alentado por mis reiteradas muestras de afecto, se decidió a hacerme confidencias. -M i r e usted, yo he tenido, como todos los artistas, mis pretensiones de singularidad. A mi regreso de liorna, donde estuve dos años pensionado por la Diputación de mi provincia, yo me sentía espirituahnerite a una temperatura tan alta, que, fuera de los grandes maestros, nadie, dentro de mi arte, me inspiraba recelos. U. n político que presumía de protector mío creyó prestar- 1 me un gran servicio encargándome el re- Nicolás Evreinoff está en lo firme sostrato de un ministro de la Gobernación, teniendo que, quién más, quién menos, todo que lo fué tres meses, porque la situación el mundo teatraliza su vida con adiciones aquella no duró más, y me negué con alti- o substracciones que la deforman. Todos vez. Y o aspiraba entonces a ser el pintor nos disfrazamos de alguna manera, y eso de la aristocracia. Como en España se llega en honor del prójimo, porque si nos prea todo menos por méritos personales que por sentásemos como somos realmente, habr. a la fuerza de la simpatía, y yo era simpático, en ¡a calle sustos, carreras y desmayos. E l logré al fin que un revistero de salones me que rehusa el disfraz y esquiva la simulaintrodujera en casa de una duquesa que d i o ción sufre un castigo: la desconfianza gemucho que hablar en vida de su marido, neral. y que más tarde, ya viuda, consiguió una MANUEL B U E N O gran aureola de respetabilidad. L o único que le pido a usted, maestro, es que me saque usted parecida me dijo la iiustre E L C A R T E L D E L A I dama. Es una pretensión, aparentemente sencilla, que un pintor oye, sin embarNA M E S A go, con espanto, porque como nadie sabe exactamente y cómo es, y todo el mundo Un anuncio nuevo tiene de su físico una idea, que se aparta más o menos de lo real, es difícil conE n A B C del domingo 23 de junio ha tentar al modelo. Me puse a observarla con salido un anuncio nuevo, que. se llama Guía atención, tomé unos apuntes de su rostro y del buen comer español, y trae docena y al cabo de des o tres días emprendí la tapico de guisos populares, distribuidos para rea. H a y que advertir que la dama tenía los ojos tan pequeños como los de un go- los siete dias de la semana, en algunos buerrión. Ese detalle me desconcertó. ¿Dónde nos locales de Madrid. No hay ninguna rale busco yo el espíritu, que es lo principal zón para que dejen de anunciarse mesa y del retrato, a esta señora? Hice el esfuer- manteles al igual que espectáculos y cultos, zo con toda honradez, y al concluir, la du- ya que el acto sociable del banquete se liga quesa me dijo: Maestro, con franqueza: a) esparcimiento profano y ai rito sacro y no me gusta. Se lo pagaré a usted, pero va- entra en el origen remoto de los dos. Pero lo urgente es que tengamos en las planas de mos a hacer otro retrato Que salió bien? -pregunté al pintor. ios periódicos, y aun en las esquinas de la -Magnífico. L a hice unos ojos a la me- plaza pública, los carteles de la buena mesa. Se llega por primera vez a una ciudad dondida de su gusto, esto es, como ella creía tenerlos, y mandó el cuadro a un hospital de. de no se conoce a nadie, pero donde la fama niños, del que era patronesa. nos advierte que la aventura gastronómica Escarmentado con aquella experiencia, puede ser deliciosa. Las indicaciones del ninguno de. los retratos que pinté en ade- Kaedeker son en este aspecto elementales y lante se parecía al original, y como la mezquinas. E n el hotel no queremos pregungente que los veía lo notaba, se produjo tar, porque les fastidia que se coma fuera el caso paradójico de que. habiendo yo y nos quieren tener atados al pesebre de dado gusto a mis clientes, me desacredita- una cocina pretenciosa y standardizada. Nos se por completo. Entonces decidí renunciar ponemos a preguntar a cocheros y camarea mi personalidad. N o fué aquel sacrificio ros, gentes dé consejo interesado y mediasin dolor. Se lo aseguro a usted. Anduve na solvencia, que nos obligan a tentativas i n algún tiempo vacilando en ia elección de fructuosas o a crueles desilusiones. Sí. sí... lo que debía imitar, hice varios ensayos, Podría haber una guía internacional gastroy al fin adopté al- Greco y a Zurbarán, que me transmitieron misteriosamente el poder nómica editada por la Sociedad de Naciode reproducirlos. He pintado también va- nes, por el Comité Pancairopa o por la M a rios primitivos de ia escuela de Siena, que sonería escocesa, con lo cual no se haría no me lian salido mal. Se los llevó un yan- poco para la paz y cordialidad de los pueblos. Ilusiones. Esta guía de la catolicidad qui para su casa de Paltimore... E l pintor francés Cazot lio hacía otra gastronómica no existe, ni mucho menos la cosa. Se había puesto en comunicación es- podrán traer esas burocracias melancólicas, 1) 5 ritual con Millet y lo imitaba tan bien, que bis difícil que aun los Papas v cardenales los peritos le ponían el refrendo de su au- de otro tiempo pudieran ordenarla con i n toridad al fraude. Pero no basta con imi- dicaciones precisas, porque las especialidatar. A ese trámite de la operación deben se- des culinarias, no sólo están repartidas caguir otros. Hay que situar el cuadro en prichosamente por el. haz del planeta- y esuu ambiente que haga verosímil su auten- condidas en los planos de las ciudades, sino ticidad. M i amigo operaba de concierto con que, además, son todas ellas fiestas móviles un aristócrata arruinado, el cual catalogaba entregadas a los humores de la rueda de las el cuadro en cuestión entre sus recuerdos familiares. Juan Carlos Millet hacía algo cuatro estaciones y aun a los antojos de la más práctico: prestaba a la obra el calor fortuna de los pueblos, porque ya aquellos espiritual de su propio hogar, que fué el peces que se pescaban en los acuarios de los restaurantes de San Petersburgo. a la vista de su ¡lustre abuelo. Los anticuarios conocen esas mañas, y y a gusto del cliente, no los hallaréis, no, se lucran de ellas, a costa, naturalmente, en Leningrado. Pensad las infinitas contindel snobismo de la clientela, que adquiere gencias y complicaciones a que está sujeto una consola recién construida con la ilu- solamente el calendario de las frutas, que es sión de poseer un mueble histórico. Y es el más ingenuo. feliz, porque está escrito que en e! arte, Necesitamos el cartel del d í a plato del como en la vida, la felicidad repose sobre día y menú del día en los periódicos. Deuna ficción. Nadie es lo que presume ser. bemos aspirar, además, a que por ese cami 1