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A B C. JUEVES 3 DE JULIO DE 1930. EDICIÓN DE ANDALUCÍA. PAG. 6 ministro había dicho a nuestro embajador. Nosotros también debemos en lo futuro tener seca nuestra pólvora terminaba diciendo- M. Jules Cambon en su carta a M Pichón. Y tal era igualmente la opinión del barón Beyens. E n sus Memorias expresó el sentimiento de que Francia, puesta por él en vela, no hubiera acelerado más sus preparativos de defensa n i fabricado más artillería pesada. Y es cierto. Como dice el eminente diplomático belga, yo mismo, antes que. él, había deplorado estos retrasos y comprobado la insuficiencia de nuestro material. Pero el silencio que habíamos tenido que guardar sobre las entrevistas de P o t s d a m y el cuidado que prudentemente se nos había inspirado de no provocar ningún incidente con Alemania, no facilitaban la acción parlamentaria de los Gobiernos sucesivos n i por lo tanto, la rapidez de las fabricaciones. E l 27 de febrero de 1913 el. Ministerio Briand había redactado un programa que preveía la apertura de un crédito de 420 millones para la mejora de utensilios militares. L a Comisión de! presupuesto de la Cámara había confiado a M Clementel la redacción de un informe favorable, que fué presentado a la sesión del 18 de marzo. Pero desde entonces el proyecto quedó, por desgracia, esperando, a pesar de las. intervenciones de los Gabinetes Barthou, Doumergue y V i v i a n i y hasta el 14 de julio de 1914 no concluyó de ser votado, y eso sin que las Cámaras conocieran nada de las conversaciones de Guiüenno con el Rey Alberto. 1 M Jules Cambon sobre la evolución de G u i llermo TI, los discursos pronunciados por -el general De Falkenhayn y aun por el señor Bethmann- Hollweg a propósito de las violencias cometidas por los oficiales alemanes en Saverne, las dificultades suscitadas por el Imperio acerca del mando militar en Constantinopia, las intrigas imaginadas por los negociadores berlineses y especialmente por los Sres. Gwinner y Helfferich en las negociaciones relativas a los ferrocarriles de A s i a M e n o r la intervención brutal del Emperador en la Conferencia celebrada con este motivo; los informes inqnietan. tes que recibíamos de nuestro agregado m i litar en Berlín; todo ello era, -sin duda, suficiente para dejarnos entrever- un peligro creciente. Pero nosotros esperábamos contra todo desaliento, y como no queríamos que por nuestra parte surgiera ningún yerro, no cesábamos de inspeccionar nuestros propios ademanes y nuestras propias palabras. E! 20 de. enero de 1914, rompiendo con las tradiciones del Elíseo, fui yo con los señores Doumergue, Ribot y Stephan Pichón a cenar con el barón Schoen, embajador de Alemania. Aquella noche no podíamos nosotros creer que seis meses más tarde nuestro amable anfitrión fuera, muy a pesar suyo, obligado, por obediencia a su Gobierno, a transmitir- en una última visita al. Quai d Orsay la fábula de los aviones de Nüremberg. RAIMUNDO POINCARE LA F E E N E L PROGRESO S O C I A L E n los primeros días de julio se reúne en Lieja el Comité directivo de ia Asociación Internacional del Progreso Social, cuya sección española m honro en presidir desde la muerte del inolvidable Dato. Labor constante es la que ha realizado esta mundial entidad durante varias décadas, preparando la legislación social, que luego convierte en proyectos de Gobierno la Oficina Internacional del Trabajo, de Ginebra, para transmitirlos a los divergos países llamados a ratificarlos. L a razón que tengo para perseverar en l a institución es mi fe ciega en la utilidad de su cometido. ¡Cuántas veces me he formulado estas preguntas! ¿Existe un progreso social? ¿E s de apetecer? ¿En qué consiste? Los inventos, los adelantos, las conquistas de la ciencia en el orden físico y en el reico de la naturaleza son indiscutibles. Pero, con Müller, pienso que los bienes materiales no llenan sino en parte. las necesidades del hombre. Su adquisición no puede absorber la actividad de aquél hasta el puntó de hacerle olvidar la satisfacción de sus necesidades de orden superior intelectual y moral. Simples medios, los bienes materiales no tienen valor sino en la medida en que ayudan al hombre a- realizar su destino que no radica en nada material ni terrestre. Es, por consiguiente, moral y psíquico el fin a perseguir en orden al progreso social, y, por no lograrlo, a pesar de tanto desarrollo económico, se padece al presente de ma- N i los ministros n i el Parlamento estaban, sin embargo, ignorantes de otros i n dicios precursores. L o s asuntos de Luneville y de Nancy, los informes que nos daba Copyright 1930. en Francia, por L Illustration y en otros países, por ínter Europa, París. g- N- a paro cío un r e rosco aue consoida a sa ud