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A B C. J U E V E S 3 DE JULIO DE ig o. 3 EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 1 0 tituyen una vida. ¿Generosa? Con la pro le. Si lo fuera con todo el mundo malversaría ese. caudal que la hemos confiado. ¿Romántica? Alguna vez de soltera, hasta que encuentra la aproximación de lo que ha soñado. Luego, se instala en lo real y, armada de un gran jarro de agua fría, vigila nuestras coqueterías con el ideal, para que e l entusiasmo no suba mucho de temperatura. ¡Qué magnífica previsión la del Creador, que la forjó con todas esas limitaciones! Y o estoy. deseando verla gobernar para que la incoherencia universal cambie de rumbo... Hubo una época, que coincidió con el apogeo del naturalismo, en la cual toda intriga escénica, conducida sin sobresaltos hacia un desenlace feliz, parecía una traición a la realidad. E l optimismo era entonces de mal tono en la literatura. Parecía siempre inverosímil. Zola y sus discípulos habían adoptado como punto de vista filosófico un determinismo que reducía la libertad humana al simple j uego de los instintos. E l alma era la sierva silenciosa del cuerpo. Todo el arte dramático de aquel tiempo emerge de un medio fuliginoso enteramente privado de sol. Poniendo aparte la obra de Alfonso Daudet, en la cual el rigor del naturalismo está m i tigado por una sordina poética, todos los i n genios de aquel tiempo, sin excluir a M a u passant, son de un pesimismo que no refleja con fidelidad los cambiantes de la vida. E l mismo Alejandro Dumas (hijo) que es anterior, da a su teatro las mismas perspectivas sombrías. Sus personajes, inteligentes algunas veces, pueden prodigar la mordacidad irónica que nos hace reír; pero, ahondando en ellos, se les ve desesperados. L a disposición de su espíritu los destina al nihilismo. A h o r a Lenormand busca esos mismos lados, no en la superficie de la conciencia humana, sino más adentro, en lo subconsciente. Y porque siempre tenemos necesidad de que haya una literatura que degrade al hombre... 1 Cuál lia sido el destino, de aquellas obras? E l olvido. Dumas (hijo) apenas resurge cada cinco años, en el cartel de la Comedia F r a n cesa, que fué su trono. Los naturalistas han desaparecido. Todos, sin excluir a Octavio Mirabeau. 1 GEORGE SHA BERNARD TRABA A Las ocupaciones propias de su rango no impiden a Bernard Shaw consagrarse asiduamente a las ocupaciones propias de su profesión literaria. Unas le obligan a retratarse en todas las posturas, a recibir a todos los peliculeros de Hollywood, a contestar a todos los periodistas del Este y del Oeste, a pasear por todas las calles de L o n dres, a vivir algún tiempo en el campo y frente al mar, a ser vegetariano, a bañarse mz un público extático, a arengar a las muchedumbres socialistas, a discrepar de todo el mundo, a enmarañar las barbas, las cejas y los bigotes nevados, a todo, en fin, -lo que es propio de su condición de primer dramaturgo de todas las épocas Por otro lado sus aficiones literarias le colocan a veces en el trance de escribir cuartillas. George Bernard Shaw, a los setenta y tres años de su edad, tiene tiempo para todo, y trabaja y se divierte como un muchacho. Está preparando ahora una edición de sus escritos de juventud. Ello me distrae- -ha dicho- -de otras ocupaciones más interesantes; pero no tengo más remedio que cumplir con la posteridad. Prepara, pues, una edición limitada de treinta volúmenes, el primero de los cuales saldrá a luz en julio próximo, y el último a fines del año 1931. E n el volumen primero, titulado Itmnaturiíy, dará una novela escrita en 1879 y rechazada entonces por varios editores. -E s una novela que está muy bien, y que, por lo tanto, no se pudo publicar a su tiern- po. Y o con muy buen acuerdo, la guardé en un cajón, y ahora, que ya la pueden comprender los editores, porque soy un gran hombre, la voy a dar a conocer a mis admiradores. Se escribió antes de que me h i ciera político, es decir, antes de que yo leyera a Carlos M a r x Shaw escribe actualmente un prólogo autobiográfico, que servirá para contrastar su estilo de juventud con el de. la madurez. E n los volúmenes siguientes publicará un acto completo y desconocido de Back to Methusaleh, otra novela empezada en 1888, una serie de cartas y artículos sobre la gran gueconsejos sobre su guerra con Francia, y otros escritos desparramados por periódicos durante sus cincuenta años de literato combativo. L a posteridad podrá completar con todos ellos la biografía y el estudio psicológico del delirante y desenfrenado dramaturgo y humorista. rra, una Epístola a los moros, donde les da pretendemos que triunfe una idea noble; sino II a la desbordada incontinencia con que des- J cubre nuestro egoísmo su afán de dominar en todos los casos. L a civilización consiste, pues, en disminuir las ocasiones de que la violencia decida lo que la razón ha confiado a la equidad. E l gesto de horror o de desvío que hace una persona ante un espectáculo sangriento es la sanción más grave que se puede aplicar al que lo provocó. Eso, en la vida. E n el teatro, nuestro espíritu está sujeto a las mismas reacciones. E l señorío culi o huye instintivamente de todo lo que anuncia el drama. Todavía el hombre, aleccionado por la experiencia, lo comprende. Sabe que todo con nieto, apurados los trámites razonables, desemboca en la videncia. L a mujer no la admite nunca. ¿Por ser más humana? Quizá. O tal vez porque para sembrar el dolor y producir la tragedia ella no necesita desmandarse. L a basta con aflojarle la brida a su egoísmo. Pero, en, el fondo, es más civilizada que nosotros, puesto que no nos hace más daño que el indispensable para su bien. N o se ensaña como el hombre con el prójimo. SOBRE E L OPTIMISMO EN EL TEATRO A l contrario del pueblo, que gusta de dramatizarlo todo porque sin el ingrediente del dolor todo le parece insípido, la burguesía repugna la intervención de la violencia en los conflictos humanos. E l atrevimiento agresivo encuentra un eco más vibrante en la sensibilidad popular que en la admiración de la clase media. Esos contrastes del ritmo sentimental tienen fácil explicación. Obedecen a desigualdades de cultura. Decir civilización quiere decir voluntad de eliminar la violencia de la vida de relación. S i de todos modos, se presenta, -se le hace frente, pero con la protesta anticipada de que la arbitrariedad pueda imponerse a la razón. Aceptar la violencia con que enmascar a el drama sus fines como necesaria y rendirle homenaje es descender al bajo nivel de las sociedades primitivas. Estoy refiriéndome- -ya lo habrá adivinado el lector- no a aquella exaltación del espíritu con que Que se produzca una reyerta en la vía pública. ¿Quiénes rodean a los contendientes para verlos reñir? Las mujeres, nunca. L a más humilde siente amagos de desmayo al barrunto de la sangre. E l señorío masculino, alguna vez por curiosidad, porque al fin el bruto no desaparece totalmente con la obra de la civilización. Quien ama de veras ese espectáculo es el pueblo, ávido de emociones vivas en la calle y de salsas picantes en la cocina. E l éxito de la novela de folletín no tiene otro origen. E l teatro dramático recluta sus partidarios más entusiastas en el llano popular. Las personas educadas no admiten la violencia ni como ficción. Aquella señorita que, interrogada sobre sus preferencias escénicas, contestó que no podía sufrir sino las obras que acaban bien, no hablaba por. sí sola; exponía un criterio de clase. Todas sus iguales en cultura opinan, lo mismo. ¿Qué. dramaturgos españoles privan ahora en el gusto general? Los que consideran la vida como una broma salpimentada con unas pocas lágrimas que el decoro ordena enjugar prontamente. E l gran, trágico, si existiera, no llevaría público al teatro. E l drama nos enPor causas que ignoramos, nuestro tiemtristece sin interesarnos. E n el fondo, lo po es optimismo. Este reflorecer del pagaque sentimos es antipatía por la violencia. nismo, que se advierte en la afición a los dePero no exageremos. Los violentos no portes de fuerza y en la ostentación del dessuelen ser forzosamente los peores. Los, vernudo, está reñido con la tristeza. S i n ser todaderamente peligrosos son los suaves, de talmente irreligiosa, ni mucho menos, la genaspecto manso, que no se descomponen. E l te se. resiste a aceptar este mundo como un gran canalla es siempre un hombre frío. valle de lágrimas. Nuestra simpatía por el Eso es aparte. Dios me dé habérmelas con el violento. A ese se le desarma. A l frío escritor alegre no indica forzosamente que no, porque no se pone a distancia. Opera seamos frivolos, sino que no queremos pardesde lejos y con la mayor impunidad. ticipar de otras melancolías que las inevitaLos románticos- -si aún queda por ahí a l bles de nuestra experiencia, personal. Se gún rezagado- -suponen que a la mujer la comprende, pues, que obras como Langresubyuga el arrojo personal y que un homvin, padre e hijo, de Tristán Bernard, se bre precedido de una leyenda heroica tielleven al público de. calle. E n esa comedia la ne mucho ganado para reinar en el coraficción es más fiel a la vida que todas las zón femenino. Eso es desconocer a la mucombinaciones con que pretenden reconsjer. E s posible que exista en el sexo algún truirla los naturalistas del tipo Zola. ¿Cuál ejemplar que nos desmienta, pero yo no creo es la tesis del ilustre humorista? L a más huque sea la aureola de valeroso lo que más mana de todas: aquella que sostiene que el cotiza la mujer en el hombre. E n épocas hombre, a menos de ser un monstruo, no remotas, cuando la mujer era el botín de persevera indefinidamente en la vía de perguerra que se apropiaba el vencedor, aquel estado de las costumbres, que recoge y co- dición. Marcel Langrevin, que durante los primeros años de la juventud no hace más menta Spencer en páginas que se caen de que desatinos, recobra, andando el tiempo, en viejas, se comprendía. Pero hoy la mujer cuanto el destino le pone de cara con la vida, está demasiado protegida para que se prela plenitud del buen sentido familiar, y no ocupe de tener a su lado un superviviensólo se regenera, sino que restaura la hate del Romancero. E n el hombre prefiere la estampa y el dinero a la intrepidez. E l cienda paternal. Y el padre, que lo expulsó aventurero agresivo la asusta más que la del hogar, acaba bendiciéndolo. ¿Por qué suatrae. Y es que nos olvidamos de que la poner que el hombre no puede redimirse? mujer representa en sociedad el buen sen ¿Por qué condenarlo a una perversidad irretido. Es la administradora más discreta de vocable? E l optimismo sonriente de Tristá- n. ese caudal de egoísmos vulgares que- consBferaátifl ¿ores tajador. -Pddéfefis ser optimís-
 // Cambio Nodo4-Sevilla