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ABC. JUEVES DE JULIO DE 1930. E D I C I Ó N D E A N D A L U C Í A P A G 11 j- -P r i m e r o s primeros- actores... -E s o dicen algunos. Y o no sé si será cierto. Pero lo dicen. Pues bien; usted figúrese que llega aquí un extranjero que quiere enterarse de nuestras cosas de teatro, y que ha oído hablar de un tal Morano... ¿Dónde demonios trabajará ese M o r a n o Y se echa a investigar en los periódicos y por todo M a d r i d el teatro donde actúa ese cómico. Y claro está, no lo encuentra. Y al cabo de algunos días se informa, por casualidad, de que el Sr. Morano trabajaba en un sitio que se llama D o n Benito, pero que ya no trabaja, porque acaba. de trasladarse a Bollullos, de donde justamente saldrá pasado mañana hacia Arenas de San Pedro. Y en cuanto a Enrique, vaya usted corriendo a Sabadell- -le dirán- y allí lo encontrará usted haciendo bolos Los autores. El mal humor. -Otra pregunta, inconsciente, lanzada como posible tema de donde afluya el caudal oratorio de don Paco. ¿N o le escriben a usted comedias los autores de aquí? ¿A quién? ¿A mí? Calle usted; si eso es lo que más gracia tiene. M i r e usted: se acaba de marchar de aquí un señor que me ofreció una comedia hace varios años. D o n Fulano- -le he dicho- a ver cuándo me entrega usted esa obrita. Calle usted, por Dios. Tiene usted más razón que un santo. Pero es que estoy atareadísimo, y a usted hay que hacerle una cosa seria. Algo así... vamos... U n a cosa fuerte... U n a cosa que esté verdaderamente bien. Y todos los autores me vienen con la misma cantinela. Como yo soy un actor así... vamos... un actor fuerte... pues tienen que hacer las obras con tanto cuidado que no las hacen. A mí la gente me toma por un tío que- tiene que matar a su suegra en el primer acto, degollar a sus hijos en el segundo y suicidarse en el tercero. ¡Pero, señor; si lo que yo hago y he hecho siempre mejor es la comedia... Pues no se enteran ni se quieren enterar. A uno le clasifican una vez para toda la vida. E s como la leyenda de mi mal genio... Estaba yo ayer sentado aquí mismo con un amigo, esperando que el camarero me sirviera un mojicón para el café, y como tardara, le dije: O i g a camarero: hace media hora que le he pedido un mojicón. E l amigo que me acompañaba dibujó una sonrisa muy simpática y exclamó, con el propósito evidente de halagarme; M e parece que si no lo trae el que se va a llevar el mojicón es él. ¿Qué le parece a usted? L a gente me ha puesto fama de irascible y de eterno malhumorado, y yo no sé cómo sacudírmela. L e doy mi palabra de que no me he pegado nunca con nadie ni he cometido nunca una grosería ni una indignidad. Y o soy actor en escena, pero en la calle soy un señor particular y exijo que todo el mundo me respete como yo respeto a todos. L o que pasa es que yo no tolero groserías ni indignidades; no transijo con la estupidez malévola, y resuelvo todos los conflictos dando la cara, muy tranquilo y sin enfadarme... Tengo a gala atender a todo el mundo, no mentir nunca y favorecer a los amigos en cuanto me es posible. Pero a la gente le ha dado por decir que yo tengo un humor de los diablos, y con esa fama moriré. ¿S i n volver a Madrid? A h! Eso, no. N o crea usted que no me muevo. Y o no desaprovecho oportunidad para gestionar un teatro en Madrid, y hasta voy teniendo la esperanza de que el próximo año... Pero no hablemos de eso por ahora... TRASPUNTE. tas sin dejar de ser inteligentes. E l humoi no acumula todas las virtudes en un tipt hombre. L e hace fluctuar entre la virtu el vicio, pero sin cerrarle el camino d salvación. Marcel Langrevin no ha he más que botaratadas hasta los veinte a A partir de esa edad su energía toma dirección, la del éxito, que algunos homb tan bien intencionados como él, no supk encontrar nunca. Y o amo, como la seño aludida más arriba, este teatro optimista, nos reanima la fe en la vida, aunque sea de un modo pasajero. Este arte es s; dable y necesario. MANUEL UEN Pau, junio, 1930. S O B R E M E S A Y AL 1 V 1 DE COMEDIANTES El chitan de las tarabillas. -Por las rrazas de la calle de Alcalá van y vienen corro en corro, en danza de- tarabillas, c rreando malicias, chistes, coplas, sátira toda laya de murmuraciones, los cómico: asueto veraniego. Unos relatan sus azs por pueblos y capitales de España y A rica, razonando infortunios y disparando vidias; otros se encaraman de hombros, cen recular las cejas hasta la coronilla, los ojos tirantes y entornados y la fre achicada por unas arrugas despectivas encarecen, en torbellino, sus historias triunfos y ganancias por todos los teal conocidos del mundo; éstos van busc do la contrata invernal; aquéllos, con sable embotado, lanzan cuchilladas de c y lisonjas de pitillo; quién presume fren camente de competir y hombrear con magnates de la farándula, y hace juit iracundos y desenfadados; quién supl: quién murmura, quién calla, quién gr quién ríe, qtiién pide, quién bravea... Da: nocturna de tarabillas desenfrenadas el tado llano de la farándula por las ter zas bulliciosas de l a calle de Alcalá. L o s maestros loa primeros actor también huelgan en los días de junio, mi tras aperciben sus maletas hacia las pía; lujosas, en la estación de tránsito de nu tros cafés. Todos se han dado aquí cita, y cuentan sus glorias y fortunas, y espíai los autores, buscando las nuevas comed: y se sacuden a los importunos, y pagan n gentilmente con adioses de tenor los ludos del amigo y del devoto. Casi toi se han dejado un automóvil a la puei (i Y qué automóviles! L o s más nuev brillantes, alargados y estruendosos. ¿FJ quizá una marca especial de automóvi para cómicos enriquecidos? Forman t tuiia aparte, generalmente acompañados sus esposas o de sus primeras actrices, estado llano escucha. L o s actores que, su tos, bravean y hombrean, a su lado callar otorgan. U n a mesa de café con un prin actor de los de automóvil es, como di Quevedo, el chitón de esas tarabillas que s los actores humildes en asueto y en espf de contrato. Don Paco. -Y he aquí, en tertulia reí leta, he aquí a don Paco. A don Paco V. rano. L a cara de luna llena, los ojos av pados, francos y desorbitados, la voz o n nancista, ancho y noble el ademán, como gran señor de feudos y de horca y cuchi! fachenda aparente. E n realidad, eso... E que llaman un alma de cántaro. D o n Pa está que muerde. Pero es de cera. Coi Pepet, como Alejandro Gómez y como Tig ¡Juan. Oigamos a don Paco. Imprecación. -Oigamos a don Paco jt gar el teatro de ahora: -Y o creo que me voy volviendo loi Cuando veo que en Madrid triunfa el fui femenino y el í ¿iror de Ja carcajada, tejí El ilustre actor Francisco Morano. que pensar que me voy volviendo loco. Porque, una de dos: o lo está el público o lo estoy yo. Y como yo no soy más que uno y el público muchos, es lógico pensar que sea yo el. demente. N o se hacen más que comedias para mujeres, y no hay más que figuras femeninas. ¿M e quiere usted citar alguna obra de las que aquí se han estrenado que sea obra de actor? Y o no he podido hacer más que una: Manos de plata. L a s demás son para actrices. Hemos hecho un mal negocio los hombres, y ya es tarde para cambiar de sexo. S i pudiera, ahora mismo lo haría. Iba a ganar mucho dinero, porque ésta es una época de furor femenino. Y luego, la carcajada; la gente va al teatro a reírse las tripas no sabe sonreír; no busca lo cómico, sino la carcajada, él pedrisco de los chistes. Y si fuera eso sólo... Pero es que no es posible encontrar un teatro en Madrid. Hemos llegado a afinar tanto en esto del negocio, que hay quien alquila un teatro en 500 pesetas para realquilarlo a otro en 700, y éste a un tercero en 900, y éste a un cuarto en 1.200, y el desgraciado que se decide a pagar el último ha de trabajar para los otros tres, y, entre impuestos, derechos de autor, gastos de compañía y otros m i l por muy cuantiosos que sean los ingresos, el déficit lo es mucho más, y segura la ruina. Y lo- mejor es ir tirando por esos pueblos de Dios. i Un forastero en Madrid. -Hacemos a don i Paco una pregunta: ¿Y no cree usted que el público se cansará algún día de ese furor, de esas carcajadas y de esos interminables conflictos del noviazgo y l a boda? ¡Quién sabe! E s lógico pensar que a l gún día concluirán estas moditas, pero, entretanto, ¿qué hacemos los actores, los que tenemos afición al teatro, al buen teatro; los que hemos entregado al arte toda nuestra vida, los que no podemos v i v i r una semana alejados de un escenario? Pues, sencillamente: i r dando tumbos, como los carros de los faranduleros en la Edad de Oro. Cuando llegue nuestra hora, seremos viejos, y no podremos con los años. Porque, créame usted, esto no lleva camino de enmendarse. Y o me las arreglo por ahí haciendo mi repertorio, y estrenando alguna que otra comedia extranjera. Pero es que ni én el extranjero se hacen comedias que uno pueda representar... Y resulta que los que pasamos por primeros actores, Enrique r- Enrique e s B o r r a s- -y y o i j
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