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ABC. SÁBADO 5 D E J U L I O D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 8 dido su color primitivo, como si las pieles fuesen de calidad inferior; en otras pieles el sol, oficiando de verdugo o de diablillo atormentador, levantaba ampollas y las desgarraba en llagados jirones; las cabezas se apoyaban abatidas sobre los brazos, cruzados en un gesto de anonadamiento infinito; algunas tenían aún fuerza para alzarse a nuestro paso y podíamos leer en aquéllas miradas una súplica muda y angustiosa. M i honorable amigo se tapó los ojos con las manos: -i Oh, Dios mío, no puedo resistir la contemplación de estos infortunados... Desgraciadamente, yo no soy la V i r g e n del Carmen... Cuando llegó la hora del mediodía y sentimos cierta desazón en el estómago, avanzamos impetuosamente hacia el restaurante del balneario... Allí nos aguardaba una dolorosa sorpresa; el local era pequeño y la afluencia de público, extraordinaria. -T i e n e n ustedes que esperar- -nos dijo el camarero, mirándonos entre despectivo y receloso. Y esperamos... Salían unos comensales y llegaban otros, y nosotros aguardábamos siempre. E l camarero pasaba indiferente ante nuestros gestos y palabras de súplica. M i honorable amigo se dejó caer desfallecido sobre la escalera de entrada; con voz débil, y envolviendo al mozo con una mirada de enojo supremo, murmuró: ¡O h ese hombre... cómo le odio! Y o me sumé a su tristeza, sin tratar de consolarla: -A m i g o mío, mi honorable y pobre amigo, acaso no sea ese inocente servidor el culpable de nuestro infortunio... E s muy posible c ¡ue aquí estemos obligados a venir con desnudo de etiqueta... Vea usted estas damas y estos caballeros que entran y salen, enseñan sus carnes con absoluta elegancia, y nosotros estamos vestidos de pies a cabeza, ¡A m i g o mío, somos muy desgraciados! Pero él protestó. -N o no entiende usted el sentido de las cosas... Esto es el infierno, y nosotros hemos caído en él como en una ratonera; nos han condenado a hambre y sed... Sin embargo, un rápido examen de conciencia me obliga a decir que se comete conmigo una injusticia... una gran injusticia... Y o soy un hombre virtuoso... E n cuanto a usted... Me desagradaría verme forzado a creer que son sus culpas las que nos han traído a tal miseria. Y me envolvió en una mirada acusadora. Pero en aquel momento se abrió la puerta de las cocinas, y una bocanada de aire cálido, que traía substanciosos olores, dio de lleno en el rostro de m i honorable amigo; aspiró con fuerza, abrió los brazos y enarcó el pecho. Se alzó, y con paso rápido y fuerte, como el que se lanza al asalto de una trinchera, se llegó a la mesa donde un señor rapado al cero miraba a través de sus gafas un asado de ternera recién traido. M i honorable amigo empuñó una silla, la colocó ruidosamente junto al pelado señor, tomó asiento en ella, se arremangó los puños de la camisa, y, ante las lucecitas asombradas que brillaban a iravés de las recias gafas, se apoderó del asado, y, con la boca llena de un bocado enorme, le dijo a su forzado compañero de mesa: -Caballero... Sus dudas ante el asado de ternera me desgarran el corazón... M e figuro que no sabe usted comerse un asado de ternera... Y o tengo ya cierta experiencia, y puedo ofrecerme como maestro de buenas formas ante un asado... Perfectamente... Fíjese en mí. nojos en tierra ya sólo se emplean en el teatro clásico y en las películas cómicas... H a bíamos salido de V i e n a con la esperanza de que en las risueñas márgenes del Danubio no hubiese termómetros. Cuando ¡legamos a Critzendorf mi honorable amigo permaneció largo rato extasiado inte la belleza del paisaje. E l río caudaloso se ensanchaba en un remanso claro para que los tilos y los castaños que desde las verdes colinas de sus márgenes bajaban hasta él pudieran mirar en las aguas azules sus cabezas aún coronadas de flores. De trecho en trecho, en un claro del sotillo, el Danubio le robaba espacio a la pradera para desperezarse en un menudo golfo límpido... Pero de pronto Joe Harrison hizo una mueca de disgusto y extendió su mano hacia el río, poblado de cabezas asexuales y despeinadas, y hacia la parte arenosa de la orilla, donde se amontonaban, en confusión revuelta y sudorosa, los cuerpos semidesnudos de los bañistas; bajo los rayos ardorosos de un sol implacable parecían las atormentadas figuras de un cuadro de ánimas. E s un verdadero desacierto la forma cómo está organizada en V i e n a la estación de los baños. E n primavera y en verano estos l u gares únicos son los más indicados para gozar, aislados del mundo, de las dulzuras del paisaje y del placer de la meditación; les debía estar prohibido a los bañistas venir a interrumpirnos y macular con su presencia la hermosura de los campos y del río... N o soy egoísta y no deseo que se les vede en absoluto su permanencia en estas aguas y estas laderas, pero se les podría señalar un mes en que nuestras ocupaciones nos retuvieran en la ciudad... E l de d i ciembre, por ejemplo. Deambulamos entre el mare mágnum de los cuerpos tostados; muchos habían per- MARIANO TOMAS PERFUMERÍA Peinado resistente a toda pinol) a U s a n d o F i x o 1 a l peinarse, n o le i m p o r t e el v i e n t o n i el r o c e d e l sombrero a l saludar, n i los m o v i m i e n t o s r á p i d o s de los deportes. Es u n fijador verdaderamente distinto, agradable, práctico. Fija sin e m p a s t a r N o m a n c h a mador s e g u r o y d e f i n i d tivo d e l c a b e l l o i n d ó m i t o T AABRC pfs. APAKTt