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derecha, una medalla, y al cuello se ciñe ei áureo collar del Toisón. E n la diestra, fuertemente sujeta por los férreos dedos, aparece la bengala del mando. Y sobre el blanco vuelillo de Holanda que se riza al ras del cuello muéstrase el rostro severo del gran duque. Lo retrató Tiziano en sus años maduros, pero aún no es viejo. Se nos muestra como un hombre de delgado, enjuto, alargado semblante, al que afina aún más la puntiaguda, bifida barba, que rebasa el alto cuello de la coraza y cae en dos puntas sobre el coselete. El bigote, también largo y laso, parece guardar el secreto de la boca tras su pelo rubio rojizo. Mas, no obstante, a su t r a v é s adivínase el gesto desengañado y triste de los labios, donde no parece anidar a menudo la sonrisa. La nariz es recia, fuerte, larga, de fina arista, y avanza por el estrecho rostro, como el tajante de un navio, mientras los ojos, de un mirar sereno, frío, son cual las pupilas inconmovibles de una estatua y parecen descubrir a lo lejos, al fondo de un horizonte desconocido, alguna magna acción, algún acto potente. La comparación conocidísima de mirada de águila se aplica tan naturalmente al mirar de estos ojos, que nace sola bajo la pluma al contemplar el cuadro, ya que así, y no de otro modo, miran tan dominadoras pupilas. Sobre ellas sube el vasto campo de la frente amplísima, que se prolonga cráneo arriba hasta el pelo corto, espeso y recio. Esta frente, tras la cual se maduró tanto gran designio, casi no presenta arrugas. Tan sólo alguna que otra la surca, sin profundizar la piel, y el enorme esfuerzo intelectual del héroe sólo se manifiesta en las cejas, que, algo fruncidas bajo un leve reborde de la piel frontal, reproducen el gesto de las cariátides sosteniendo la enorme pesadumbre de un mundo sobre su cabeza. Este retrato, y otros dos, uno de Key y otro de autor desconocido, que posee la Casa de Alba, y que son copias fieles del gran duque, sitúan y fijan la efigie del caudillo, y para todo observador imparcial alejan de él la negra leyenda que los siglos malevolentes han creado en torno de una altísima figura. El retrato de Tiziano es excelso en cuanto obra pictórica, y su señorío, su elegancia sobria, su serena psicología, lo colocan entre. los mejores que produjo el pincel del. maestro veneciano. Muy cerca de este cuadro, sobre la chimenea, flanqueado por dos cascos y apoyándose en la sedosa urdimbre de una tapicería, blanquea un soberbio busto de mármol. Los pliegues amplios y ondulados de un manto, medio recuadran una recia armadura labrada, enriquecida por el collar del Toisón de Oro, que aparece bajo un cuello vuelto TIZIANO. E L GRAN DUQUE M ALBA BUSTO B E F E L I P E II. (FOTOS MORENO) de fino encaje. Durante mucho tiempo creyóse que el augusto retratado era el gran duque de Alba. a Mas posteriores! estu dios demostraron que el busto en cuestión es del amo y señor del duque, del Rey prudente D. Felipe II, para quien D. Fernando de Toledo defendió Flandes, atacó Roma y conquistó Portugal. El gran parecido que ofrecía este busto con las otras efigies del duque, fué causa de tal confusión, que se explica perfectamente, pues los dos hombres ofrecen la, misma serena frialdad de los ojos, que parecen de dioses y no de humanos; la misma desenñada expresión de boca y, sobre todo, las frentes pensativas, abstraídas, repletas de pensamientos, son hermanas gemelas, parecen llenarse de ideas semejantes, de iguales resoluciones, como si fuesen habitadas por cerebros similares que concibieran a la vez acciones idénticas. Y en ambas frentes, el peso del mundo gravita dé la misma manera, empuja con su inmensa mole los arcos de las cejas, arrugándolos, doblándolos, prensándolos bajo su insostenible peso. Por esto, más que por nada, debió confundirstal Rey con el duque, y esta confusión dice mejor que otra cosa alguna cuan compenetrados estuvieron señor y vasallo, aunque la gratitud del primero no cumpliera todo cuanto debiese al segundo. Abrigada en leve vitrina de cristales, una pequeña escultura de madera dorada y coloreada muestra al, duque de Alba combatiendo a horrible monstruo. Esta especie de hidra representa la coalición que contra España formaron la Reina Isabel de Inglaterra, el Pontífice de Roma y el elector de Sajonia, cuyas humanas cabezas rematan el cuerpo del dragón. El duque de Alba, escueta, larga, delgada estatua, ataca al espantoso animal denodadamente con una inmensa lanza y un gesto pujante que le hacen parecido al arcángel San Miguel en su lucha contra Satanás. Los rostros deformes, rabiosos, impotentes en su vano furor, de los tres antagonistas, son como carátulas diabólicas. Isabel vocifera, furibunda, bajo su corona; el elector y el Papa gritan también, alzando contra D. Fernando de Toledo el aullar de sus bocas disformes, mientras el gran duque de Alba, impasible, cuidadosamente parece aprestarse a ir ensartando con su larguísima lanza los cuellos serpentinos del triple enemigo, cuya cola se alza vibrante de inútil rabia tras el héroe, revestido de una coraza parecida a la que le cubre en el lienzo de Tiziano: al cuello el mismo Toisón, al pecho idéntica banda. Su rostro, algo caricaturizado por el autor de la talla, es igual al del sublime Don Quijote, caballero de la Mancha. MAURICIO LÓPEZ ROBERTS f
 // Cambio Nodo4-Sevilla