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MADRID- SEVILLA 10 D E 1 1 Í L I O D E 1930, NUMERO 10 CTS. PRADO DE SAN SEBASTIAN. CERCANA SUSCRIPCIONES Y SEVILLA A TETUAN, DIARIO ILUSTRAD O A Ñ O VI G É SIMOSEXTO N. 8.592 ANUNCIOS: MUÑOZ SUELTO OLIVE, REDACCIÓN: EL CAMINO DE CATALUÑA Recordemos las páginas tristes envueltas en el polvo de la derrota, que lograron para Cataluña en días pasados sus malos políticos y consejeros. E l Corpus de sangre, trágica visión de muchedumbres agitadas en estertores de impotencia y el no menos humillante espectáculo de un pueblo abrazado a una dinastía decadente, por miedo a los tiempos nuevos que exigían, frente a los particularismos medievales ya infecundos, la unidad política de los Estados. Este último triste episodio adquiere tonalidades más lúgubres cuando se piensa en aquel Casanova y en aquellos otros consejeros, cuyos emisarios hicieron el recorrido por las Cortes europeas para salvar lo irremediable, y hallaron el desprecio, del mismo modo que sus poderdantes hallaron la muerte, con el dolor de encontrarse solos en. el estéril sacrificio. N o fué Cataluña la vencida en aquellos episodios, como lo demuestra su resurgimiento del siglo x i x fueren sus conductores, que emprendieron una ruta en la que hoy como ayer sólo se encuentra el fracaso. Por eso ningún hijo de las comarcas catalanas sintió dolor y despecho ante la consideración de aquellos hechos pretéritos, hasta que una literatura lacrimosa y doliente trató de identificar desde mediados del pasado siglo la desventura de los dirigentes políticos de entonces con el pueblo mismo, su víctima propiciatoria. A l llegar las in- fluencias del romanticismo a Cataluña, una generación de intelectuales, hija de otra de hombres eminentemente constructivos y prácticos, fué amasando en el dolor y el patetismo los materiales de que había de nutrirse el llamado problema catalán. E n lugar de acudir a las fuentes puras del movimiento universalista, que prohijó el Renacimiento, encarnado en Eximenic y el divino Ansias March, que traen entre los pliegues de su obra inmortal el sentido de comprensión y humanidad, los hombres del x i x se encierran en la pequenez de un problema particularista y sentimental, e impregnan su literatura de las hieles que destilan las peores páginas, los más humillantes episodios de días pretéritos, elevando a la categoría de himno una canción inspirada en la amargura de la impotencia. Este ambiente literario, melifluo y lacrimoso creó en el pueblo el mito sentimental de una Cataluña aherrojada, aprovechado después por los políticos para erigir pedestales sobre los que habían de situar sus propias personas, capaces por otra parte, con un mayor esfuerzo, de buscar m á s sólido y elevado sitial, dedicando sus valiosas y nial dirigidas actividades a la solución del único y verdadero problema, el de la reconstrucción y fortalecimiento de España. Cumbre de esos políticos nostálgicos de una nacionalidad catalana fué Prat de la Riba, cuya voluntad y recio espíritu constructor (lió la sensación de que se aproximaba la hora del triunfo. F u é la ilusión de un realismo amasado en quimeras, porque poco después los políticos, como en las tragedias históricas a que hemos hecho referencia, volvieron a avergonzar a su pueblo, recibiendo de labios de ClemenceaUj en la hora luminosa en que la paz se abría para Europa, aquel pas d histoires, sabia respuesta a los que pretendían el reconocimiento de la nacionalidad catalana. Ese pas d histoires fué toda una gran lección de Historia. T o d a v í a siguieron las humillaciones que Cataluña debe a sus llamados defensores. Después del fracaso de París, llevaron a nuestro glorioso pueblo al hospital de nacionalidades dolientes, que no es otra cosa esa liga ginebrina de defensa de las minorías, en confusión con los rutenos, macedonios y tantos otros pueblos sin historia y sin tradición inteligente. Cataluña es entregada por esos hombres culpables del gran pecado de no respetarla a los entomólogos de E u ropa para que la desgarren como un raro insecto y, microscopio en mano, especulen sobre sus entrañas sus células nacionales. M u chos hijos del principado apartamos, llenos de horror y vergüenza, nuestra vista de este espectáculo que nos deshonra, pero el pueblo calla, sometido a los efectos del opio que a dosis elevadas le suministran sus intelectuales y falsos redentores. Apoyada en estos hechos lesivos, se levanta una voz favorable a la concordia, una concordia amenazando a la Patria de todos con la deserción en caso de guerra, una concordia que no es nuestra generación la que debe cerrarla, porque la hicieron ya de una vez para siempre nuestros antepasados y la cerraron leal y recíprocamente todos los pueblos de la gran España. A l Memorial de agravios de Cataluña oponemos los españoles catalanes esos agravios de los que pretenden encarnar su representación y mancillan su honor ante el mundo, en el tráfico de crear dentro y fuera de E s paña un ambiente que, por irrespirable, hará pronto imposible el que podamos con la cabeza alta sostener nuestra personalidad colectiva. N o es ésta la ruta de los pueblos proceres como el nuestro, no es éste el camino que siguieron nuestros predecesores para engrandecer la vida de nuestras ciudades y aumentar la riqueza de nuestros campos. Dos generaciones de burguesía sentimental van dilapidando en grotescos ensayos la fortuna moral y la reputación que heredaron limpia e inmaculada. E l único camino de Cataluña es E s p a ñ a sólo en ella encontraremos respeto y honor; m á s allá, la adversidad y la vergüenza de la derrota. Cataluña es, pese a sus enemigos del interior, gracias al que trabaja, al que en campos, fábricas y talleres vierte el fuego de su energía, ajeno al sentimental lagrimeo de los irredentistas. Por él triunfa Cataluña en España, y por E s p a ñ a triunfa en el mundo. Mientras los señoritos en la playa discuten de nacionalidad, la legión del trabajo hace repicar los yunques y corta la mies con aire de victoria, y allí, en su corazón generoso, late el mundo nuevo, l a vida nueva, que será la gran concepción de la Humanidad futura. E l catalán, para honrarlo en el hogar, para las relaciones habituales, para glorificarlo en la literatura, y el español para vivir. Cataluña, o perecerá en el deshonor, o triunfará en España, siendo el pivote de su renacimiento y de su futura grandeza. E n nuestra Patria, junto a nuestros hermanos de allende el Ebro, podremos articular con el vigor propio de nuestro temperamento constructor una España apta para lograr la plenitud de su poderío económico. E n la vida regional habremos de dar amplio desarrollo a las Cataluñas que contiene el principado, comarcas económicas cuyo desenvolvimiento requiere reconocimiento de su personalidad colectiva, y en la vida nacional habremos de armonizar las Españas de aquende y allende el Atlántico para seguir los designios triunfales de la raza. Y ésta es la única vía victoriosa de C a t a l u ñ a lograr la personalidad de una nueva España, apta para el trabajo y el progreso social. EDUARDO A U N O S ALWAYS S E V I L L A YES Tres curiosas fotografías se reúnen hoy en nuestra mesa de trabajo: es una de l a plaza de la Constitución- -la plaza de San Francisco- -hace algunos años, todavía eón soportales, coches y farolas de gas. Es otra del hotel Eritaña, modelo de esa arquitectura uniformada que define al gusto y l a estética urbana de la última hora cosmopolita. Y h a 3 por último, una tercera fotografía que nos enseña la maqueta del barrio que ha de surgir pronto en la punta de los R e medios, en la otra orilla del Guadalquivir. Reconozcamos que es excesiva la diferencia existente entre las viejas construcciones genuinas sevillanas y estos tipos constructivos, de fachadas geométricas, lisas y uniformes. Pero reconozcamos también que esta distancia, esta diversidad de estados arquitecturales yuxtapuestos en muy. breve espacio de tiempo, nos da la tónica m á s fiel de la gran vitalidad, del desarrollo enorme a l canzado por Sevilla. E n poco m á s de una docena de años hemos pasado de las viejas construcciones fundamentadas sobre los muros más viejos de la ciudad, a estos otros tipos constructivos que parecen percibir y a incluso la posible influencia de la Sociología en las íntimas razones morfológicas de las ciudades. Y si diferencia hay entre las arquitecturas de estos dos momentos de la urbe hispálica, mayor es a ú n la distancia creada entre los modos de sentir- -sensibilidades- -de la Sevilla de ayer y la Sevilla de hoy, y l a que ya se anuncia y entrevé para mañana. Examinemos cariñosamente esta vieja fotografía de la plaza de San Francisco. U n a agradable nostalgia nos invade al asomarnos a esta Sevilla que creemos que aún podemos tocar con nuestras manos porque está muy cerca de nosotros, pero que se ha hundido y perdido ya para siempre. E s esa Sevilla de ayer a la que la luz del gas ponía todavía ese tinte de ciudad tuberculosa que tenían todas las ciudades del siglo pasado. (Quizá l a luz del gas tenga la culpa de que la ti sis, durante algún tiempo, fuese una enfermedad de moda, casi distinguida. -A ú n no había automóviles, y los tranvías iban arrastrados por muías. Las farolas tenían una pomposidad italianesca. Los soportales del fondo prestaban a la plaza algo de gracia de patio. ¿Por qué hemos destruido todos los soportales de Sevilla? ¿P o r qué los actuales arquitectos sevillanos los han hecho desaparecer, en absoluto, de sus m dos constructivos? N o se nos alcanza claramente la razón que para ello haya. Aparte del natural ele: r