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En Palomera se corre la joya. Una fiesta típica con caracteres de olimpíada. R O M E S A es un humilde pueblecito sin historia y sin porvenir, sin ambiciones y sin remordimientos, sobrio, severo, honrado, laborioso y cordial. N o es un pueblo viejo ni u n pueblo j o v e n no se expansiona ni decrece; no atesora ni se a r r u i n a no tiene grandes- vicios ni grandes v i r tudes. S u vida es invariable, extática y permanente como la de los- viscos que le r o dean. T o d o s distintos, pero todos iguales, pasan sobre su suelo hombres que se suceden, casas que se reedifican, rebaños que se substituyen, sembrados que se renuevan y años que se eslabonan, y de este modo vive hoy como ayer, y vivirá mañana como hoy. N a d a le sobra, pero nada le falta. Cuece pan en sus hornos y caldea amor en sus corazones; n o padece l a tortura de una comezón n i siente el acicate de u n acuciamiento; tiene tierras, ¡ganados, leña, agua, sol y paz. Palomera es u n pueblo feliz. Está situado en u n a rinconada de riscos, como un nido de vencejos o de aguiluchos. M u c h a s de sus casas se apoyan en los peñascos grises, sin apenas destacar de ellos sus muros morenos y sus techumbres pardas. Parece que, tanto como en él mundo, quiere pasar inadvertido en medio del p a i saje agreste -que constituye el escenario de su vida. Cuenca le tiende el brazo protector de una galana carretera p a r a ampararle, o para llevarle de la mano, o para atraerle hacia s í y mientras la emisaria corre presurosa valle arriba, como sierva fiel que sabe de su oficio, las casas de Cuenca trepan hasta l a cima de los tajados riscos que se yerguén sobre la honda quebrada y se asoman al abismo imponente para verla marchar. P a l o mera, por su parte, paga a l a capital en buena moneda tan señalada merced, desprendiéndose de cuanto tiene en las aguas del Huécar, que acuden valle abajo a fertilizar tierras y a mover molinos en predios conquenses con el valimiento de su buen deseo, y a que no con el imperio de su caudal y de su fuerza, Con lento paso, por su vega amena, 1o s espaciosos campos fertiliza y su hermosa ribera colma y llena de m i l frutos sabrosos y hortaliza. como dijo el autor de la Mosquea- L a mencionada carretera se desliza por el fondo de la H o z bordeando rientes v minúsculos huertos, que más parecen verdes lienzos calados o muestras de primorosas l a bores por el esmero de sus cultivos. E n t r e los huertos serpean pintorescos caminos, entoldados por seculares parras. Aquí y alia, alternando con los corpulentos nogales y las retorcidas higueras, alzan sus ciclópeas moles grises rocas enormes, que un día sintieron el vértigo de los abismos y se lanzaron con irresistible empuje desde sus encumbrados alvéolos, ladera abajo, hasta el plácido, reposo de i a llanura. A r r a n c a n d o sus inquebrantables cimientos del borde de las huertas, elevan sus cilindricos bloques enormes monolitos, sobre cuyas espaldas de c a riátide descansan nuevos huertecillos o a v e n turan sus arriesgadas construcciones unas blancas, y encabritadas casitas. Sobre ellas todavía descuella inaccesible, amenazante y majestuosa, hasta escalar el cielo y adueñarse del cénit, una ingente b a r r e r a de peña Viva. E n las grietas obscuras se albergan verdes y solitarios matorrales. E n algún r e codo más amplio busca refus- io el oasis de un pimpollar pendiente y escabroso. E l p a i saje ofrece e n su reducido diámetro dos fiso- P MUCHAS D E SUS- C A S A S S E A P O Y A N- rjT- r r? rv 7- T E N LOS PEÑASCOS GRISES nomías: una, suave, apacible y deleitosa en l a parte baja, y otra, laderas arriba, hosca, ceñuda, arisca y montaraz. C o m o a los seis kilómetros de r e c o r r i do, trazando las lindes de las huertas y m i rando la altura de los derrumbaderos, se deja a l a derecha un señorial panteón y una caritativa escuela de meritísima fundación particular; a los pocos pasos cubren la c a m piña restos de paredes y trozos de muros, como hirsutos dientes de bocas desportillar d a s recuerdan las ruinas de u n pueblo, y pueblo fué, e n efecto, u n día, y aún c o n serva los honores de tal en las inmediaciones el que se agrupó- en torno de las fábricas de papel que fundara antaño D J u a n Otonel, cuyas son l a s ruinas, y que fueron tal vez las primeras productoras de papel fino en la nación. Adosada a l pie de uno de aquellos muros, una lápida, también a r r a n cada de su asiento en aquella desolación g e neral, c o n s i g n a E l R e y D Felipe I V nuestro señor, estuvo en esta casa, con sus grandes, en 7 de j u n i o de 1624. Desde allí pierden las escarpadas laderas su altivez, y el campo aparece salpicado de m a tas olorosas y de peñas calvas. P o r último, a los tres kilómetros del panteón se termina el corto viaje, a l mismo tiempo que la carretera, a las puertas del poblado, que aquel día atrae a las gentes comarcanas con los clamores de su fiesta. L a s caras y los atavíos de l a mocedad l a pregonan por todas partes. Camisas blancas como el armiño; blusas recién salidas de l a tienda; prendas surcadas de pliegues planchados en la prensa de las a r c a s calzados lustrosos; pañolones rameados; percal que aún n o h a adquirido la flexibilidad del uso; grupos de gente desocupada delante de las puertas; vendedores ambulantes de rosquillas, bebidas y avellanas. ¡Q u é m e jores nuncios del festejo! Cuanto allí, ocurre en ese día trae a la memoria, aunque sin ánimo de imposible comparación, a l a vieja O l i m p i a ciudad griega de los dioses más c u e de los h o m- SIN APENAS DESTACAR D E ELLOS SUSM U- bres, conjunto de templos más que de ca- ROS MORENOS Y SUST E C H U M B R E S PARDAS sas. Porque, como ayer O l i m p i a hoy P a l o-
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