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ESTA SITUADO E N UNA RINCONADA D E RISCIOS, COMO UN AGUILUCHOS NIDO D E VENCEJOS O D E mera no rebulle con hervor de vida alegre más que en el momento de celebrar su modesta y desconocida olimpíada; porque del mismo modo que aquellas fiestas olímpicas constaban de las prácticas piadosas, primero, y de los juegos físicos, después, éstas del pueblecito conquense han empezado por la montaña con la función religiosa y van a terminar por la tarde corriendo los mozos la joya ante las autoridades, los invitados y los vecinos. Aquellos juegos olímpicos, gallarda muestra del pasmoso vigor, ágil desenvoltura, fortaleza invencible y destreza victoriosa de púgiles y atletas duraban cinco días. E l primero estaba reservado a los sacrificios y ceremonias del templo; los tres siguientes, a los juegos que cuatro siglos antes de nues- tra era ofrecían vario y emocionante espectáculo, ya que no faltaban en ellos las carreras a pie, las de corredores armados en traje de guerra, las de cuadrigas o carros tirados por cuatro caballos, las de bigas o carros tirados por dos, las de caballos montados, las luchas a mano llana, los pugilatos y los ejercicios de discos y lanzas arrojadizas. E n el quinto día se proclamaba a los vencedores y se les ofrecía el homenaje correspondiente. Perduran entre nosotros, aparte las grandes olimpíadas que hoy se celebran, muchos de aquellos juegos; pero no tienen la periodicidad ni el carácter con que se corre la joya en Palomera. Hasta el título del ñsico torneo parece querer recordar los objetos de valor que se otorgaban como premios a los vencedores del estadio. En el recóndito pueblecito se verifica la ceremonia todos los años el tercer domingo de septiembre, primero que ofrece su apacible descanso a aquellos 6oo mal con tados habitantes después del día del Cristo. A la hora señalada se reúnen en la plaza, delante del Ayuntamiento y a la sombra del árbol patriarcal, que cubre con sus ramas una buena parte de ella, y que tal vez sirviera antaño para cobijar las reuniones de Concejo convocadas a campana tañida, el alcalde, con su grueso bastón de ajadas borlas; el síndico, con la bandera de la Corporación; -los concejales, alhajados con lo mejor y más planchado de su ropero; el secretario, con sus galas domingueras el señor cura, con la sotana nueva y la teja reluciente; el alguacil, con el tambor tradicional, más viejo que el más anciano de aquel concurso; los curiosos llegados de la ciudad y de los pueblos limítrofes, y los vecinos que, con reposado andar, van afluyendo por todas las callejas, llamados por las campanas de la parroquia. Los redobles del tambor, marciales y jubilosos, que substituyen a los toques de trompeta de Olimpia, ponen en movimiento a la comitiva, presidida por las autori- LA CARRETERA SE DESLIZA FOR E L FONDO D E LA HOZ
 // Cambio Nodo4-Sevilla