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A L A SOMBRA D E L ÁRBOL PATRIARCAL, QUE CUBRE CON SU SOMBRA BUENA PARTE D E L y sudorosos, y sus allegados acuden a cubrirles con sus ropas, a envolverlos en mantas, a limpiarles c o n lienzos y a curarles las sangrantes heridas de los pies. E l vencedor recibe plácenles, enhorabuenas, apretones de niaz o s y abrazos efu. siVos ¡y aueda convertido, hasta el año siguiente, en el h é r o e esforzado del lugar. L a olimpíada ha terminado. H a consistido en vna. sola carrera pedestre; pero trabajosa, dura y emocio- nante. No más que carreras pedestres debieron de ser al principio también las olimpíadas, ya que é s t a es la prueba más primitiva de cuantas pudie- SUELO D E LA PLAZA ran imaginarse. E l héroe recibe en premio de su arrojo y de su triunfo un mezquino y absurdo premio de diez reales. No es una joya, en verdad, lo que ha ganado; pero tal vez alcanzó con su arrojo otra joya de incalculable precio. Muchas veces la joya es un corazón que, desde aquel momento, se entrega, palpitante de amores y para siempre, al corredor gallardo y victorioso. Luis M A R T Í N E Z KLEISER. (Fotos del mismo autor. OCUPA E L JURADO SUS PUESTOS A L PIE D E LA PINTORESCA TRIBUNA dades: las campanas dejan de voltear; el rumor de las conversaciones se aleja de la plaza; el pueblo se queda solitario y triste, y la cerrada columna, después de atravesar un puentecillo rústico, traza sobre el campo una estrecha y ondulante línea negra, que recuerda los caminos tortuosos de las hormigas cuando acarrean provisiones para la invernada. Palomera tiene un estadio natural; una vasta llanada de tierra endurecida por la sed del verano, cubierta por los rastrojos amarillentos, y encerrada en un anfiteatro de escalonados riscos, que sirven de tribuna. A ella trepan ágilmente hombres y mujeres, viejos y niños, vecinos, invitados y curiosos. E l alcalde, convertido en heraldo del festejó, anuncia la solemnidad y los premios que lian de obtener los vencedores; ocupa el Jurado sus puestos al pie de la pintoresca tribuna; después de largos tratos y cabildeos entre los mozos, un grupo de ellos se aleja de los espectadores, se esconde detrás de un ribazo y pronto aparece nuevamente andando en dirección al otro extremo de la llanada, desprovisto de sus calzados y de sus ropas exteriores, como una bandada de palomas posada sobre la tierra. Una vez ante la base de la muralla rocosa de enfrente, los corredores se alinean, dando la cara al público, y, a una señal, emprenden, simultáneamente, su vertiginosa carrera, clavándose en los pies, desnudos, los punzantes rastrojos, las agudas piedras y los resecos terrones; las miradas los siguen anhelosas; chispean en silencio algunos ojos femeninos, a los que se asoman almas prendidas de las briosas piernas de sus cortejos; menudean las emociones, las sorpresas, las caídas, los desfallecimientos y los esfuerzos desesperados de los que corren los últimos y quieren ganar la delantera, o de los que, por ser los primeros, no quieren dejarse adelantar. Por último, suben vacilantes el zopete ro, que se alza a su paso al fin de la jornada, y llegan como una tromba ante. el Jurado. Uno, más reservado hasta entonces, gana en los últimos momentos algunos pasos, poniendo en el empeño el último residuo de sus fuerzas, y se arroja sobre la bandera con ademán victorioso, mientras los espectadores aplauden con entusiasmo, los corredores se desploman desfallecidos Y SE ARROJA SOBRE L A BANDERA C O N ADEMAN VICTORIOSO
 // Cambio Nodo4-Sevilla