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Mientras el estudiante contaba a los guerrilleros, Ique le escuchaban estáticos, quién era el tal Julio César, nuestro joven amigo explicaba al Empecinado y a Merino todo lo que había visto en Roa, l o s puntos que ocupaban los franceses, las fuerzas que aproximadamente tenían, y otros varios pormenores de grandísima importancia en aquellos momentos. Conferenciaron un rato el Empecinado y M e r i n o para acordar el plan de ataque, y el silencio m á s profundo se h i z o entre los guerrilleros. A poco las dos partidas se convirtieron en diez, desapareciendo, rápidamente. Doner A s a l t o de R o a Llegó la noche, una de esas noches de Verano, ¡plácidas, serenas y un tanto obscuras. L a s doce acababan de dar en el reloj de la iglesia colegiata de Roa, -villa antiquísima, conocida entre los vacceos con el nombre de Rauda, mansión romana del itinerario, y llamada después de la irrupción de los bárbaros Rodacis, destruida por los árabes; repoblada en el siglo x por el conde Ñuño Muñoz, y restaurada por el M o n a r c a Alfonso V I Hállase situada esta villa, que cuenta con más de 2.000 habitantes, en anfiteatro, sobre una colina que baña el caudaloso Duero, y riegan su hermosa vega los arroyos Gomejón, San Andrés, D u j o y Mallara. Tiene a la parte Sur vestigios de un castillo, que debió ser muy fuerte, y contiguas a él se ven las ruinas de un magnífico palacio, en uno de cuyos aposentos murió el insigne cardenal Cisneros; y dan entrada a la villa seis puertas, encajadas en la muralla, que ostentan en el arco interior l a imagen del santo de su advocación; al S u r y. Oeste, las de San Estelan y el Balado; a l Norte, la de San, Juan; al Noroeste, la de Guzmán; a l Oeste, l a del Arrabal o de la Fuerza, y algo más abajo, hacia el Sur, la de San. Miguel. Cuenta con dos parroquias: al Este, la de la Santísima Trinidad, y al Sur, pegada a las murallas, que circundan a R o a por completo, la de San Esteban. Frente a la puerta del Palacio, urí hermoso puente de piedra, de cuatro arcos, sobre el caudaloso D u e r o al Noreste, un gran paseo, Mamado del Esjolón, y fuera de las murallas, las ermitas de San Antón, San Blas, San Roque, la V i r g e n de la Vega y Santa Lucía, vecino a la cual se alza el cementerio, mirando a l Sureste. A l dar la última campanada de las doce en el reloj de la colegiata, se oyó una descarga formidable hacia la parte Sur, en los torreones del viejo castillo; atónitos los franceses, y despertados en lo mejor de su sueño, se lanzaron hacia aquella parte; mas casi a l propio tiempo, por el lado Noreste, en que se halla el paseo del Espolón, sonaron repetidos tiros, y l a mayoría de los imperiales sedirigió al paseo. Diligencia vana... L o s tiros sonaban hacia el puente, sonaban hacía l a parroquia de la Trinidad, sonaban hacia el cementerio, L o s oficiales franceses no sabían a qué lado acud i r U n ataque semejante, por tantos y tan diversos ¡puntos a la vez, no podía venir, en su concepto, más que de una columna numerosa, o, por mejor decir, de un gran Cuerpo de ejército. L o s clarines lanzaban al viento sus estridentes sones, redoblaban los tambores, gritaban los oficiales, relinchaban los caballos, y todo era en R o a confusión, alboroto y espanto. D e improviso comenzaron a elevarse al cielo a l gunas columnas de negro humo, seguidas de grandes llamas, que daban un tinte rojizo al sombrío cuadro; eran las puertas del Palacio y de San E s teban, del A r r a b a l y de San M i g u e l de San J u a n y de Guzmán, que comenzaban a arder. T r a s una larga indecisión de muchas idas y venidas, y de órdenes contradictorias, resptvieroa los;
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