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A B C. J U E V E S 17 D E J U L I O D E 1030. E D I C I Ó N D E A N D A L U C Í A PAG. 6 ellos cosa de provecho, ceder a su autor una cabina en un buque y una tribuna en Buenos Aires, l a Habana o Bogotá? ¿Y por qué no se invita, y a que no obligarles, a los embajadores de cultura que hasta ahora han sido, a que a su regreso a Madrid, en M a d r i d y otras capitales i n formen en público- -no lo hacen n i en el ministerio- -acerca de sus impresiones y enseñanzas de América, cada cual en su dis. ciplina, con lo que E s p a ñ a acabaría, es decir, comenzaría a enterarse de lo que fueron las Indias y es hoy el futuro del mundo? Salvo Ortega Gasset, Díez- Canedo, Z u lueta, Jiménez A s ú a Fernando de los Ríos y muy pocos más, diríase que nadie, entre tantos que se marchan, vio, sintió, pensó nada. Finalmente, Colombia y otros interesantísimos países, quejosos, y con razón, de que se les desconoce, tienen el remedio en su mano. De cuándo en cuándo, A B C publica una página soberbia de Gabriela M i s t r a l H e a h í el ejemplo a seguir. Que el gran Janin Cano, y A g u s t í n y Eduardo Nieto Caballero, y Vasconcelos, y García Monje, y Jorge Manado, etcétera, escriban en nuestros periódicos, desplazando a los cronistas inútiles, y y a se verá el resultado. Bien entendido que el joven Guillermo C a macho Montoya cumple a l a perfección su cometido, que es de inquietud y de anhelos, y rindiendo de- pasada el debido tributo a nuestro compañero Gutiérrez- Ravé, que trae cada semana a este diario lo más amable de la actualidad transatlántica, algo así como un montoncito de frutos tropicales, en competencia consigo mismos, sabrosos, fragantes y coloreados. FEDERICO G A R C Í A S A N C H I Z T A U R I N E R 1 AS Carta abierta a un hispanófilo Sr. D N Thopsius. -Munich. Herr profesor: un a ñ o va á cumplir d: cde que no nos vemos, y muy raro se me hace que usted, hispanófilo y taurófilo- -que es ser hispanófilo dos veces- -haya perdido el abono de la plaza de M a d r i d y desaprovechado la baja de la peseta. Satisfago como puedo su interés por las corridas de toros de la capital de E s p a ñ a y dejo como puedo, porque no asistí a todas, que mi obligación farandulera me tuvo lejos en algunas ocasiones, rodando en automóvil- -ya, es mecánico el viejo carro de Tespis- -desde Badajoz a varios pueblos de Extremadura, cuándo bajo el azote de la lluvia las m á s veces; muchas, de noche, bajo un cielo polvoriento de estrellas, en un silencio tembloroso de croar de ranas, apenas interrumpido, al salir y al llegar, por el xilófono de las c i güeñas en las torres, y algunas tardes, muy pocas, a pleno sol, por entre mares de t r i gales y amapolas, lienzo blanco y sangrante, gualda y rojo, como si fuese la bandera viva y natural de nuestra queridísima España. Las corridas de Madrid, querido Thopsius, se han señalado por una casi constante desafinación e inarmonía entre las condiciones de los toros, l a pericia o torpeza de los toreros y las exig- encias del público. A éste todo se le volvía pedir parones y naturales ceñidos para toros que no pasaban ni con azúcar, o que, si pasaban, hacíanlo cabeceando, como para quedarse con algo en el viaje, y hurgando aviesamente con los buidos cuernos por debajo del enga- ño. Así, en ocasiones, ciego de rabia y despecho, aplaudió el arrastre de algún manso tan sólo por molestar al matador. Otras veces ovacionó con exagerada largueza a l lidiador mediocre para escarnecer a los ases, y una tarde aciaga- ¡oh, buen profesor! -llegó a pedirle a un diestro destartalado, desgastado, valentón y rápido- torero eléctrico! -que torease con la derecha a un toro noble y sin defectos. Por su parte, los toreros, después de quejarse de los mansos y de señalar los defectos físicos de cojos, parajíticos, tuertos y ciegos- -las reses inválidas abundaron- no pudieron, salvo excepciones contadísimas, torear al toro bravo. Siempre fué éste quien los toreó a ellos, comiéndoles el terreno a cada pase, acosándoles por codicia, sin mala intención, y no dejándoles reponerse entre lance y lance. De donde resulta que estos lidiadores modernistas del parón, l a posturita, y. el retorcimiento, necesitan el toro de encargo, el becerro disfrazado, pastueño y tonto, engordado a la fuerza, como si hubieran bebido cerveza de la que usted injiere sin descanso, herr profesor, porque con el bravo y nervioso no puede casi ninguno. T o tal que cuando se podía hacer la faena eficaz y de aliño no quería el público, y cuando se debía torear con buen arte no podían o no sabían los lidiadores: ¡Como, que una cosa- es codillear dando vueltas alrededor del torito de paja, que embiste suave y templado, y otra mandar hacia atrás, lejos, para lancear con desahogo, y quebrantándolo, al toro pronto y pegajoso, que no por esto se puede llamar de sentido! ¿Se acuerda usted de aquellos dos o tres primeros pases por bajo, a dos manos, del portentoso J. oselito? Después venía el estirarse y el torear suave, y, por último, el tocamiento de pitones y hasta de orejas a la fiera dominada. DIBUJAN M A K A V I L L O SÁMENTE L O S LABIOS, ENROJECIÉNDOLOS, LAPICES al JUGO DE ROSAS (A base vegetal. Precio 0,75, 1 p í a 1,20 y 1,10. l MMM: CAIII il a S U P R E M A S creaciones de fama universal, en las que fm ha llegado a la p e r f e c c i ó n absoluta en f a b r i c a c i ó n h i griene y finura. 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