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nos, de la misma sat i s f a c c i ó n interior que han de producir el esfuerzo fecundo y el contacto diario y directo con la Naturaleza, resulta la especie humana fortalecida, embellecida, como si hubiese recuperado el optimismo de tiempos lejanos que la civilización industrial parecía habernos hecho olvidar para siempre. ¿Habrá muchas obreras fabriles que puedan c o m p a r a rse con esa auténtica y sonriente campesina de Suecia o con esta aldeana del valle de! Spree que, con su brazado de espigas, evoca, sin proponérselo, el recuerdo de los ritos campestres antig u o s? Las naciones como Bulgaria, Rumania, Hungría, donde predomina la pob l a c i ó n rural, no conservan una supremacía visible en cuanto a la belleza y vigor de sus habitantes con relación a los pueblos industrializados? Esta es la época del año e n que el turista halla más e v i d e n t e SE OCULTA E N E L IlORrztJNn contraste entre el v i vir afanoso y sombrío del proletariado industrial de las grandes ciudades y de los trabajadores agrícolas de ambos sexos. Por los caminos rurales de la vieja Europa- -en la España del Norte, en Francia, en regiones históricas de Alemania, como la marca de Brandenburgo- -re- LA FAMILIA REANUDA L A SIEGA HASTA QUE E L SOL higiénica y más agradable lo ha sido siempre. Entre la existencia cotidiana de un modesto artesano o comerciante londinense o parisiense, encerrado en su angosto taller o en su tienda obscura, y ia de un pequeño propietario rural, ésta resulta, incuestionablemente, menos ingrata. La b a r a t u r a de los vehículos m e c á n i c o s permite al último ir a la villa cada vez que lo necesita. L a difusión de aparatos de radiotelefonía le da facilidades para mantenerse en comunicación constantei con el resto del mundo. No hay noticia, vibración colectiva, información de interés general que pueda pasarle inadvertida. Las máquinas agrícolas van haciendo menos dura cada día su labor. En todo caso nunca lo es tanto como el trabajo de los obreros en las grandes i n d u s t r i a s químicas o siderúrgicas. H a y una v i d a campestre que no es la sórdida y penosa de las tierras secas y estériles, de la sobriedad forzada, de la penuria como ley fatal. Se da allí donde el agua, natural o artificialmente abunda, y donde el Estado presta a los campesinos su obligada asistencia en el orden de la cultura primaria y profesional. De la existencia llilÉiíll higiénica al aire libre, de los alimentos saSOBRE E L CARRO DE HENO CANTAN L A S M U C H A C H A S QUE LO SEGARON
 // Cambio Nodo4-Sevilla