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S E trozo del T arcille de M a d r i d que a n t a ñ o l o constituía la plaza central del Ochavado, sin llegar a la suntuosidad de la morada Méréville, b i e n puede compararse a la Malmaison. D í g a n l o las calles que de él parten, c u b i e r t a s d e enramada. M a r a v i l l o so es el ostugo, señorial y encantador. Existe todavía una fontana que supo reflejar el cielo, las r o sas y los rostros de proceres bellezas, asomadas a la taza marmórea que ha conocido las luminarias, los bailes, las funciones, las mascaradas, los torneos, mojigangas y alcancías; las g r a n diosas y. variadas fiestas que se sucedieron durante los r e i n a d o s de Felipe I V F e l i pe V Fernando V I y Carlos III. C o m o nuestros p a dres y nuestros alivíelos, así acuden a solazarse en el P a r t e r r e nuestros h i j o s Aquéllos vieron lo que no. pódanos ahora ver n o s o t r o s el Campo Grande, las e s t a t u a s primitivas y el paseo de jazmines que llevaba hasta el estanque de las Campanillas, imitación del otro más grande que ya existia en la posesión, así llamado por las numerosas florecillas que adornaban el pabellón chinesco levantado en el centro. i Aquellos d í a s evocaba un anciano en el P a r t e r r e Y contaba varias y raras cosas que nadie había contado todavía. Curiosas y amenas ocurrencias; trozos vivos de la historia de España que aprendían los pequeñuelos y propagaban los oyentes, que permanecían suspensos de sus l a bios. ¡Aquellos días... Y a se había colocado la balaustrada de hierro de la subida al Parque. Veíanse aún las tapias de la huerta de San Jerónimo, el cuartel de A r tillería, el Tívoli, la Pajarera y los paredones lindantes con la Puerta cíe Alcalá. De emonces data la costumbre de levantarse con el alba en las. tibias mañanas del mes de mayo para i r al Retiro a regocijar el ánimo, del mismo modo que acudían a la Casa de Campo, lugar también de esparcimiento y abundante en lilas, que el público podía coger a su antojo. E r a una verdadera romería, pareja de las expansiones campestres en el Sotillo y E en los altos de Santa Bárbara. Los madrugadores divertían sus ocios entre g r i tos de alegría. Y así como en siglos pasados las damas tenían libertad para pedir a los galanes limones, pastillas y golosinas que se vendían en unos puestos llamados garabitos, las mujeres se adornaban con guirnaldas de claveles y de rosas, regaladas por sus cortejos, y jugaban a la gallina ciega, lo mismo que en el tapiz goyesco. Gratas expansiones han encontrado siempre los madrileños en el P a r t e r r e sobre todo los ancianos, los convalecientes y les n i ños, particularmente los niños, libres de todo peligro y atropellos, ya que por estos j a r d i nes primorosos no circulan carruajes ni b i cicletas, sino que son un grato y apartado recinto, donde no llega el tráfago del resto del Parque, n i tampoco de la calle, y donde cae el sol vivificador, que es salud y alegría. E l P a r t e r r e corresponde a la antigua parl- e del Retiro que quedó reducida al trazarse el paseo del Prado y alineación de la calle de, A l f o n s o X I I desde las tapias del actual cuartel de María Cristina hasta la plaza de la Independencia. Se llamó Retiro por ia costumbre que t e n í a n los M o narcas de retirarse a esta apartada mansión cuando acaecían muertes o desgracias en sus familiares, y por recibir allí a sus futuras esposas p r í n c i pe s y erabajadores. Reci n t o el que nos ocupa que Felipe. II convirtió en hermoso vergel, comprendido hasta lo que ahora es calle de A l a r cón. Frente por frente veíase la plaza de la Pelota, precisamente donde se ha colocado, r e s t a u r a d a i a puerta de- piedra, que data nada menos que del año lóoo. Correspondía a la a n t i g u a huerta, c u a n d o los frailes Jerónimos habitaban el Monasterio y los Reyes disponían en tal paraje la jura de los príncipes. A m pliado el r e c i n t o e n i f i w con terrenos cedidos por la villa. F e lipe V se interesó v i vamente por el P a r terre t r a n s f o r m á n dolo y d e s f i g u r a n d o por completo el lugar donde antaño e s t u v o la plaza del Caballo, y en ella la estatua ecuestre de Felipe I V trasladada luego a la plaza de Oriente, y cuyo pedestal sirvió para colocar el grupo deVelarde y Daoíz. E s el antiguo y clásico Ochavado este precioso jardín versallesco, donde figura un busto en mármol del doctor Benavcnte, y no ha mucho se ha inaugurado una de las bibliotecas circulantes para niños. A raíz de la guerra de. la independencia, los franceses lo invadieron, al igual, jue todo el Parque, para convertirlo en campamento. E n 1841- -época de las sublevaciones m i litares- -se hallaba comp etair. ente abandonado. D o n Agustín Arguelles se propuso restaurar lo poco que quedaba de tan preciado jardín, consiguiéndolo al reponer y aumentar e! arbolado, has a hacer del P a r terre lo que dignamente había sido en s i glos pretéritos. Y es muy de loar la actuación directa de Isabel l í venciendo todos los cíanos y perjuicios, donando nuevamente agua a las fuentes, sombra a los paseos, flores a los arbustos y embelleciendo con gusto el P a r terre que es gala de la villa y corte. ANTONIO V E L A S C O ZAZO