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ABC. V I E R N E S 25 D E J U L I O D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 6 melancólicamente al Océano- sobre las viejos parapetos de sus baterías portuguesas- -va no queda nada. ¿P o r qué se ve tanta gente hoy en la ciudad? -pregunto, asombrado ante, la animación que hay en las calles. -Son las fiestas anuales. ¿C o n qué motivo? -El aniversario del desembarco de las tropas españolas. P o r l a noche hay una gran cabalgata luminosa y musical, organizada por Tos gremios y colonias locales, Con ese motivo toda la tarde están llegando canliones. automóviles del campo, de Alcázar, de T e t u á n de T á n g e r Y por los caminos, en sus borriquillos, o, m á s humildemente, a pié, llegan a miles los indígenas. Fiesta dé pólvora y fuegos artificiales. Cuando comienza a obscurecer se ilumina mágicamente l a plaza de España. A l fondo e s t á a el mar de ópalo y el cielo. de un verde translúcido, en él que hay estrías de ámbar. Y sobre él b r i llan las guirnaldas de lámparas de colores, entre las hojas de los árboles y las flámulas y estandartes. Espectáculo que sería trivial si, como espectadores, no hubiera en torno a la plaza legiones de moros del m á s v a r i a do pergeño, y millares de moras veladas, envueltas en sus blancas vestiduras, pacientemente sentadas en espera de la cabalgata. Toda l a ciudad vibra de músicas marciales, de orquestas, de sones de corneta, de bocinas de automóviles. H a y humaredas de verbena, y. rasgan el cielo los cohetes que, por instantes, hacen palidecer l a luz del faro. Luego desfila el cortejo, mejor, desde luego, que todos los que suelen hacerse en M a d r i d en trances parecidos. Y desde m i balcón contemplo a la multitud morisca. L a s mujeres se apretujan, en l a acera, silenciosas tinosa. Mucho se hace en- los Dispensarios instituidos por las autoridades españolas. Pero i cómo- luchar contra esa consideración que el moro pobre tiene a sus propios parásitos y que le impide privarlos violentamente de la vida? Con ser modestísimos en su mayoría los españoles que: han emigrado H a c í a once años que a o visitaba L a r a a esa región, todavía ofrecen, chicos y granche. Y ahora caigo en él sin que m i á n i des, un contraste vivo con l a raza indígena mo se prepare en l a graidación del viaje en punto a limpieza y aspecto, saludable. por tierra y por mar, medíante l a que uno Del campo llegan a l a ciudad moros que va sintiendo cómo lar civilización se modifiparecen vestidos con soberbios ropones de ca, cambia de matiz, se tiñse de influencias telarañas, los pies endurecidos y descalzos, africanas. S i n embargo, l a ciudad produce buena impresión. Se han levantado en el las piernas frecuentemente llagadas. E l jornalero español, con su blusillá de d r i l y su transcurso de estos años magníficos edifisombrero ancho, es un ejemplar humano i n cios, en gran parte inspirados en el estilo finitamente menos astroso. convencionalmente oriental. H a y un mercado espléndido, que muchas capitales espaLas tiendas, los cafés, los edificios partiñolas envidiarían. Seguimos l a tradición culares, contrastan por; su riqueza con las de construir fuera del terfitonio lo que en viviendas moriscas. E l camino bordeado de el propio país hace falta. P e o en resuárboles que une Larache con Alcazarquivir men, en esto, como en l a repoblación de es una admirable carretera de turismo. Toda arbolado, en carreteras y puentes, en el tono esa comarca que riega el Lucus parece, por general de l a vida, esa ciudad h a ganado el verdor de la vegetación, menos africana visiblemente con l a dominación de España. que ciertas zonas peninsulares. Y sólo las Un espíritu exigente hallaría motivo para figuras indígenas que animan él paisaje acaquejarse de ciertas imperfecciones. No. hay ban de darle el color local que l a colonizaque olvidarse de l a relatividad de todas las ción española conserva, pero mejorándolo cosas humanas. L a obra de E s p a ñ a sólo puesin ningún género de duda por las práctide apreciarse con justicia si se Ja compara cas higiénicas, el arte sencillo de las conscon lo que los propios Sultanes de Marruetrucciones, el ambiente general de bienestar cos habían hecho en ese país, y nuestra i n relativo, junto a la vida- misérrima- del moro fluencia no se valorará equitativamente si campesino, que por aquí siempre ha sido no se ve hasta qué punto de degeneración pacífico y simpático, con pasividad un tanto había llegado la. raza indígena por consezoológica, resignado a l a que le parecía cuencia de su despreocupación en materia, ineluctable pobreza. A h o r a muchos trabade higiene, como todavía es fácil comprojan como obreros en carreteras, oficios de bar. E n efecto; en esos zocos, dot de los albañilería. servicios públicos urbanos y r u moros expenden sus frutos y legumbres bajo rales. E l dinero circula más: Con él han veenjambres de moscas contumaces, no hay nido las nuevas necesidades. De aquella tris- apenas u n niño que no muestre l a cabeza teza del Larache que yo conocí- -asomado LA M O R A A Q U I E N L E G U S T A E L FOX- TROT Venenos de Occidente Otro gran triunfo de los neumáticos en GRAN P R E M I O DE E U R O P A (600 kilómetros) general: V CHIRON los sin BOURIAT 3. ErVCfLEBERT NEUMÁTICOS t r e s c o n Ou j alti s o b r e efectuar c a m b i o a l g u n o d e ¡S. A. E. Encjlelierf MAITOID BARCELONA MAIAGA
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