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L A G R A N C A L Z A D A DE L A S F U E N T E S antepasados sentían un amor por el agua abundante, por la fuente fluente, como nosotros no podemos percibir con igual intensidad. Para nosotros la fuente se reduce a un grifo con llave que la municipalidad y la industria mecánica se encargan de ponernos al alcance de la mano con el menor gasto posible de esfuerzo suntuoso. Los antiguos, al revés, asignaban a la función trascendente del correr del agua la máxima suntuosidad. Así nacieron las fuentes monumen- tales, esas obras adornadas en las que el hombre ha podido a veces extremar su inspiración y su fervor artístico tanto como en la creación de un palacio o una catedral. M- adrid, por su fortuna, posee un notable UESTROS N Pero es al final del siglo xvut cuando se anima y perfecciona el sitio con esa amable población mitológica, con esa multitud de fuentes monumentales que llenan de clásica y graciosa compostura el más célebre y noble de los paseos madrileños. L a diosa Cibeles, excepcional imagen de la serenidad, muesira de manera insuperable la lección del supremo clasicismo, mientras un poco más abajo la fuente de las Cuatro Estaciones, presidida por Apolo, pronuncia bajo el palio de los plátanos gigantescos sus bellas contorsiones barrocas. Después la fuente de Neptuno, con su blancura absoluta, reafirma la contorsión barroca en el doble ademán del dios tridentino y de los alborozados caballos galopantes. do del manso Carlos I V? Para algo se nos ha concedido la imaginación; podemos, pues, realizar cuantos viajes retrospectivos se nos propongan, y ahora mismo, si cerramos los ojos de la cara y abrimos los de la fantasía, con toda facilidad nos veremos paseando por el Prado en ese punto comprometido del tiempo que separa a los dos siglos antagónicos. E l siglo de las luces, siglo de la razón y del escepticismo, va a terminar, y todavía no ha comenzado el siglo de las barricadas, de los desplantes románticos y de la máquina de vapor. Godoy manda en España. Y Madrid da como nunca la impre- v sión de la auténtica ciudad alegre y confiada que no sabe lo que le espera. Las carrozas señoriales, llevando a la zaga Uca vista antigua del Prado de Madrid desde lo fuente de lo Cibeles. LA PRIMITIVA FUENTE E N LOS REMOTOS TIEMPOS CALLE EN QUE ABREVABAN Y E N ELLA LAS CABALLERÍAS. DE BEJAR, A LA DERECHA: TORRE ESQUINA DE LA BOTILLERÍA DEL PRADO, DE ALCALÁ PALACIO D E L D U Q U E CON SU tesoro de fuentes artísticas. E n este artículo yo me propongo hacer el elogio de las fuentes madrileñas y de la gran avenida en que el azar histórico ha querido que las fuentes más hermosas y numerosas se congreguen. Se le podría llamar al sido la avenida, la vía o la calzada de las fuentes. Es esa ancha y suave encañada que viene por el paseo de Recoletos a desembocar en el Prado, toda frondosa de árboles y de recuerdos de galantería. Desde la desembocadura de la calle de Alcalá hasta el extremo del Jardín Botánico, ¿cuántos episodios galantes, en. efecto, han podido contar los siglos singularmente enamoradizos de los Austrias y de los Borbones? La mitad de nuestras famosas comedias de capa y espada se han desenvuelto en el escenario del Prado y la otra mitad ahí cerca, en las arboledas del Buen Retiro. E n la época de los Austrias sería el paseo del Prado un ameno y frondoso paraje. La vida de las poblaciones está sujeta, como iodo, a las veleidades de la moda. E l paseo del Prado ha perdido el antiguo favor de las gentes lujosas, que hoy se alejan a noventa por hora hacia alamedas y jardines inexistentes. L a buena época dei Prado era aquella en que los caballeros galanes presumían de cabalgar junto a las portezuelas de las carrozas. Cuando una carroza era un espléndido monumento de concha, nácar, oro y maderas finas, apto para conducir a una dama vestida y empavesada de sedas, muselinas, encajes, pelucas descomunales, polvos y pinturas a discreción, falsos lunares sin cuento. Y cuando un caballerito, lo que se dice un currutaco o un petimetre, era a su vez una obra admirable de peluquería y del increíble aríe de coser. ¿Tal vez durante el reinado diligente de Carlos TU fué cuando el paseo del Prado adquirió su mejor tono? ¿O fué más bien después, en el reinado perezoso y desatína- los dos parejos lacayos empelucados, transcurren lenta y majestuosamente en fila de honor, mientras las calesas, con un majo ornado de madroños y alamares en el pescante, pasan ligeras y democráticamente rompen la fila ceremoniosa. Aquí el galán de sombrero tricornio y espadín al cinto, bota hasta el muslo y casaca de seda, se incorpora a la portezuela de la carroza donde la dama de sus sueños resplandece como una consumada obra del arte del afeite. Marquesitas que reciben por la posta acelerada las últimas novedades de París; duquesas que han aprendido en la decantada e insinuante ciencia de amar del decadente siglo las reglas del adulterio sin trascendencia; actrices de fortuna y bailarinas de alto copete, de las que aciertan a entretener el ocio erótico de los ricos personajes de la corte. A veces, las áureas y lejanas Indias acusan su existencia por intermedio de los lacayos negros que pronuncian sus J i
 // Cambio Nodo4-Sevilla