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Antiguas novedades de París. Los globos. L apogeo c i v i l i z a dor de París abarca ese período q u e v a del mongol fiero a l a torre Éiffel. A n t e unas cuantas invenciones de típico aire parisién, como la galvanoplastia, el aeróstato y la fotografía, los i n g e nieros y los liberales del siglo x i x reconocían c o n m o v i d o s el triunfo de la ciencia humana y la supremacía de la V i l l e Lumiére L o s autómatas de V a u c a n s o n habían s i m bolizado el triunfo de la Enciclopedia y el anuncio de la era mecánica. E l ingenioso constructor grenoblés logró dar vida artificial a su famoso flautista, que ejecutaba varias partituras, y llegó al mayor refinamiento en su célebre pájariílo, que no sólo imitaba a la perfección el canto de las aves, sino que, además, dejaba cn. er a sus horas diminutos excrementos hechos con una masa de harina teñida de. verde. S i n embargo, la admiración suscitada en F r a n c i a y en! a E u r o p a culta por algunas m a r a villas mecánicas salidas de los gabinetes franceses no pueden compararse al universal entusiasmo causado por! a aparición de los mongolfíeros. Si el invento de Vaucanson pudo encarnar a los ojos del pueblo el espíritu de la Enciclopedia, José y E s t e ban Mongolfier ofrecieron al mundo la invención que mejor pod a servir de precursora a la Revolución F r a n cesa y al sufragio universal, al r o manticismo y al imperio de Bonaparte. E l globo con su lujosa barquilla, ofrecía entre nubes el trono más adecuado al espíritu de aquellos ideólogos delirantes a quienes con razón un francés contemporáneo llama Princes des nuces, o sea Príncipes de las nubes. U n a de las primeras ascensiones solemnes del mongolfiero, celebrada en honor de L u i s X V I y de su Corte, elevó, ante los ojos y los corazones de trescientos mil franceses hincados de rodillas bajo la magnitud del nuev o milagro, un emperifollado canastillo donde se revolvían los tres a n i males cuya coincidencia simbólica podía parecer una profecía inequívoca de! a Revolución francesa: el gallo, el carnero y le canard. I as tres bestias inocentes salieron ilesas de su viaje a los cielos, y al volver a la tierra en su volante arca de N o é- -c o m o en el arca de una nueva a l i a n- E MAQUINA VOLANTE D E GUZMAN za- pudieron refrescar l a ternura rousseauniana y naturista, que era la moda más espiritual de la. é ioca. Si el mongolfiero no hubiese promovido varias veces en eí C a m p o de Marte aquellas vastas y u n á n i m e s emociones; -que ya parecían preparar las fiestas de los Derechos del H o m bre- es probable que l a Revolución se hubiera hecho imposible. E i globo fué entonces la verdadera urna flotante del progreso y recogió en los aires el sufragio universal del entero ¡pueblo de París. Antes de este acontecimiento las grandes alegrías ciudadanas sólo se habían producido ante solemnidades monárquicas y religiosas del antiguo régimen. Sólo ante el aeróstato majestuoso que se remontaba a las nubes los filósofos pudieron decir que por primera vez se consagraba el puro esfuerzo de la razón humana. Los que lloraban de ternura y regocijo ante las ascensiones del bailón a feu- -globo de fuego de terribles y nuevos Ecequieles- -formaban parte de una multitud que en los siglos llamados del fanatismo medieval sólo hab a Horado de esa manera ante victorias como la toma de Jerusalén y entrada de Juana en Orleáns, o ante faustas noticias como el nacimiento de un delfín b el final de un cisma de la Iglesia. Sic ihir ad ostra. C o n el gas M o n golfier- -al que se atribuían misteriosas y eléctricas virtudes- -la humanidad subía a los astros y se tuteaba con el sol, la luna y las estrellas. Y a para el volteriano, los milagros más espectaculares del a n t i g u o y nuevo Testamento estaban al alcance de todos, y pronto los vendedores de legumbres de los alrededores de París substituirían sus carritos por pequeños b a l o n e s dirigibles. Benjamín F r a n k l i n el puritano que representaba la nueva democracia frente a u n orden caduco, estaba presente a la elea a pt 4 c ¿wítetféxxr ¿tufaos EL TÍO CAMORRA (PERIÓDICO) MADRID, 1848
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