Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
zas de una mujer parecen extremarse convencionalmente: la boca pequeña, la nariz finísima, los ojos grandes y serenos, al resguardo de unas cejas impecables. E l infante Jesús, ataviado con un ropón de riquísimo terciopelo también rebordeado de oro, parece vivir más humanamente que su madre. Lo pies desnudos son graciosos y pequeñísimos; al tiempo que su diestra prende las rojas perlas de la granada, la otra mano sujeta un fruto con la avariciosa fuerza de los niños que han cogido algo que desean mucho. La cabecita, rizosa, es bella, y en ella puso Fra Angélico más vida que en la Divina Madre de Cristo. Hay algún algo de rigidez y de inexpresicn en las cabezas un poco disformes de Jesús y de San Juan en el cuadro de la Santa Familia que pintó el Perugino. Mas, en cambio, una deliciosa suavidad baña el cuadro todo, lo impregna de poesía dulce y como de crepúsculo; anuncia para muy pronto al divino Rafael, que hereda y acrece estas cualidades de su maestro. Un fondo de fino paisaje renacentista, árboles esbeltos, colinas picudas, el domo de un alcázar, las torres de un castillo y un cielo diáfano, donde flotan tres aladas cabezas de ángeles, encuadran a José jr María, arrodillados junto al Niño. Algo más atrás, un ángel también se prosterna, y San Juan infante se sostiene sobre sus rollizas piernas, en tanto que el buey y el asno del establo permanecen a mayor distancia. La figura de la Virgen es deleitable, toda ingenuidad, suave belleza, poesía penetrante y poderosa. El ángel prosternado y San José también son bellísimos, llenos de unción, de amor profundo y reverente, que- les hace separarse del mundo, olvidarlo, hundirse en el abismo insondable del éxtasis, mientras junto al desnudo cuerpo de Jesús crecen, entre el musgo y el césped de un verde prado, sencillas ñores silvestres, erguidas sobre gráciles tallos. Con mayor rudeza que estos sutiles cuadros italianos, un tríptico español, de autor desconocido, nos muestra a la Virgen entre San Benito y Santo Domingo de Silos. E l busto de María parece ser obra de manera, sin excesiva visión de la realidad. Tan sólo los ojos melancólicos y la boca pensativa presagian las Dolorosas que han de venir luego, llenas de angustia y de desesperada tristeza. Mas los santos laterales son seguramente retratos, están pintados del natural, de modelos vivos que el artista tuvo al alcance de su pincel. Así lo dice bien claro el admirable San Benito, junto al cual el cuervo de la leyenda prende un pan en su t FRAY ANGÉLICO. L A VIRGEN D E GRANADA MARIOTTO ALBERTINELLI. L A VIRGEN Y EL NIÑO pico. El santo, con su barba picuda, sus grandes orejas, su nariz saliente y sus ojos, Sonde lucen malicias e ironías, recuerda a un contemporáneo y socarrón dramaturgo británico. Santo Domingo de Silos aparece sosteniendo en la diestra un báculo, donde se ensartan tres coronas, en tanto que su otra mano sujeta una gruesa cadena con su férreo candado. El Elegido aparece meditabundo y como sin comunicarse con las gentes. Sus ojos, grandes, algo saltones bajo los gruesos párpados, miran sin ver, en tanto que la boca aprieta los labios mal rasurados entre las duras líneas de los pómulos salientes. Mariotto Albertinelli pintó una Virgen can el Niño, deliciosamente elegante y sin pizca de amaneramiento. María está de pie junto al Hijo, que duerme confiado, prendiendo frescas flores en ambas manos. Con gesto leve, la Virgen arregla un velo sobre la cabeza de su Hijo y, al realizarlo, los dedos virginales se agrupan en un ademán refinado, al igual qae los de la diestra, qtte, subiendo hacia el rostro, parecen capullos de flor. María, al abrigo de un manto tachonado de estrellas, contempla a Jesús con expresión de amoroso asombro, de ingenuo y casi infantil pasmo, entreabierta la fresca boca, recortando sobre el fondo obscuro del manto la nariz finísima, mientras deja caer hacia eL dormido Dios la maternal mirada, llena de abnegación. A l lado de éstr. muy lejos queda ya la Virgen de Fray Angélico, y alejado- todo extático reposo de la pintura, no tardarán mucho en llegar al arte los énfasis dramáticos y las atorbellinadas actitudes del barroquismo. MAURICIO L Ó P E Z ROBERTS Marqués de la Torrehermosa,
 // Cambio Nodo4-Sevilla