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CUENTOS EXTRANJEROS DE HUMOR INO a mí el otro día, me tendió la mano y me dijo: ¿Qué hay? ¿Cómo estamos? En el acto pensé: Y o conozco esta cara. ¿Dónde demonios la he visto antes de ahora? Y estrechando muy cordialmente la mano que me ofrecía, respondí: -Muy bien, muy bien, ¿y usted? ¿Cómo está usted? -Y o siempre igual. ¿Está usted contento? Me puse a pensar dónde había visto yo antes aquella cara. Hacia seis meses por lo menos... Acaso más. S í un año. Probablemente traté mucho durante una temporada a este hombre y luego dejé de verlo... Pero ¿por qué? No me acuerdo... Necesitaría saber su nombre. Eso es. Necesitaría su nombre para poder llegar a su total identiricación. Y en voz alta me decido a contestar: -S í estoy muy contento. ¿Y su negocio de azúcar? La última vez que estuvimos hablando noté que estaba usted algo inquieto. Pero, ¿cómo? ¿Conoce este hombre mi gran negocio de azúcar? Entonces le tengo yo que conocer mucho. O, mejor dicho, él me conoce muy bien. Y nada. No hay medio de dar con su maldito nombre. Sin embargo, continúo la charla: -Todo está arreglado. Ahora soy el director de la casa. -Sí, me enteré con mucha alegría. Y a me lo había anunciado Wasien. Su hijo Bobby tendrá ahí un gran porvenir. ¿De modo que este sujeto es amigo de mi socio Wasien y se interesa por mi hijo Bobby? No hay duda; tiene que estar muy enterado de mis asuntos. Hay mucha gente de ésta a quien apenas si se conoce y a quien sin embargo, se confian los más íntimos cui dados... Pero ¿quién es? Voy a preguntárselo francamente, cuando es él quien me dice: -A propósito, perdone usted que no haya V contestado a su amable invitación de hace seis meses. Estaba fuera. Pero parece ser que el baile resultó muy divertido, ¿no? -Sí, divertidísimo. Imposible preguntar su nombre a una persona a quien se ha invitado a una fiesta familiar. Procuraremos saber dónde vive y ello me pondrá sobre la pista. -Y qué, i vive usted en el mismo sitio? ¡Atención... -No; me he mudado. Y a no podía continuar más tiempo allí. He dado un gran paso. No queda más que preguntarle su nueva dirección, me entregará su tarjeta y allí leeré su nombre. -Bueno, ¿y dónde vive usted ahora? -No llevo tarjetas. Pero déme usted un papelito y se lo escribiré. Es el pasaje jouffroy. E n vista de mi fracaso por este lado intento otro recurso. ¿Por qué no viene usted algún día a cenar a casa, amigo mío? Arrastro estas dos últimas palabras prolongando la interrogación. -Porque no me ha invitado usted. ¡itíola! pienso. Parece que no somos lo suficientemente amigos para que yo le invite a comer. He cometido una pifia. Voy a repararla. -Ha sido un olvido. Venga usted... el domingo. ¿Le conviene él domingo? -Muchas gracias. Aceptaría con mucsho gusto; pero no puedo dejar a mi mujer... -Pues llévela. ¡Atiza! ¿Qué acabo de hacer? ¿Y si resulta que no es una mujer presentable? -Muy amable. Pero... no es posible. ¡Ah, vamos! Su mujer no es su mujer. No está casado. ¡Qué pifia! -E n su situación... ¡Vaya! Pues resulta que está casado. -Y además, los prejuicios... ¡Adiós... Decididamente no está casado. Y en vista de ello, me pongo a buscar entre mis conocimientos a las personas que no tienen legitimada su situación conyugal. Pero no doy con ella... -E n fin- -me dice- iré el domingo. Sea. Tratemos ahora de saber cuál es su oficio: -Y usted, ¿qué? ¿Está usted contento? -Psh... Así así... Lo que estoy es muy decepcionado... Figúrese: después de aquello que me pasó... Le miro... ¡Una muerte, sin duda! E l hombre está enlutado. -Estoy sin colocación; y si viera usted lo difícil que es buscar una posición despuéjs de un golpe como aquél... i Demonios! ¿Qué le habrá ocurrido? A todo evento decido poner una expresión muy triste y arriesgo a exclamar: ¡Bah! Esas son cosas que pasan en seguida. -Sí, sí... pero ya comprenderá usted que no es por los tres meses de cárcel. L o peor, lo que me hace más daño, es el motivo, aquello qtie lograron hacer pasar por abuso de confianza. ¡Caramba! Esto es lo que yo no había podido prever; Pero, Señor, ¿quién es este sujeto? ¿Quién demonios puede ser este sujeto? Nada; voy a preguntárselo descaradamente. Y cuando me dispongo a hacerlo me da el hombre un apretón de manos y se marcha con paso rápido, no sin exclamar previamente: ¡Hasta el domingo, pues! ¡Hasta el domingo sin falta! Y he ahí de qué modo he invitado yo para la semana próxima a un hombre de quien no conozco el nombre, ni el oficio, ni el pasado, y de quien no sé otra cosa que ha estado en la cárcel por abuso de confianza y que lleva una vida bastante irregular. ¿Y todavía me pregunto quién es? PIERRE V E B E R (Dibujo de Alonso.