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A B C. M A R T E S 29 D E J U L I O D E 1920. E D I C I Ó N D E A N D A L U C Í A P A G 10 DOS GENERACIONES Fábula Cuando irrumpieron en los estudios, entre una batahola brutal para ellos y apenas perceptible para los demás, encontraron la decepción frente a sus filas. Iban en renglones compactos, capitaneados por Félix, el gato del superinstinto, que, viendo que las puertas estaban herméticas, lanzó su línea visual a un tragaluz, dejando en el aire su escalera de puntos suspensivos, por la que subió, siguiéndole los otros, sin dudar de la solidez que les prestara. A s i entraron en las naves inmensas det r á s del michino negro todos los animalitos de tinta y los muñecos de alambre y algodón creados por P a p á Starewitch. Todos los personajes de esas pequeñas tragedias que colocan de aperitivo en las sesiones cinematográficas, y que muchas veces espera el espectador como postre sabroso, resistiendo el insoportable tuétano aburrido del programa. Reunieron el grupo junto a unas bambalinas falsas, pero riquísimas, donde un salón se partía por la mitad para ser bien enfocado por las cámaras. Félix se desatinó unos segundos por el deseo de correr y rodar sobre aquellas alfombras. Los muñecos ejercieron el dominio de ellos mismos para no ir a colocarse, en foses originalíslmas, sobre las mesas y en los brazos de las butacas. Se vencieron. Nadie advirtió sus presencias. Mientras, en el salón se desarrollaba una escena desastrosa. Se discutía. Los bocinados de los directores no lograban callar los gritos de los subordinados. E n el centro, Lupe Velez, farotilla y en jarras, con una blusa suelta y aireada, como de un marinero subido al trinquete, decía no sé qué cosas a L i l l i e n Tashman, que no se dignaba volver la cabeza ni el cuerpo, ceñido por una creación, última de. M a x Ree, yanqui amalgamado con metales de la calle de la Paz. E u i i l Tannings, sentado, meditaba su regreso a Europa. Inflado y burgués, fumaba un puro de a veinte de los de allí. Había tomado ya la costumbre a fuerza de representar fumadores baratos. Gleen T r y o n comprimía su gesto de vieja sin dientes porque Norma Talmadge se negaba a ser su pareja. Esta compresión producía un gesto de satisfacción indolente a Gilbert Roland, terror de tenacillas. N o valía ia pena en aquel salón truncado más que el alegre salero- -uno de los vocablos andaluces universales- -de Bcssie L o v e su sonrisa limitando siempre con su risa, y la mirada llena de luz. A l g o también de melancolía ligera, que se le quedó en el gesto desde que vio que no era ella, sino A n i t a Page, la que estaba hecha para él en Broc. dway Melody... Wallace Beery, en llegando, dio el soplo: ¡E n ese rincón hay unos autómatas! Y la palabra, indignante, quedó flotando junto a los cristales de las arañas. Volvieron la vista y usaron de la palabra como insulto: ¡A u t ó m a t a s Félix y los suyos despreciaron el grito. E l altavoz de un director lanzó, ampliándola en un espacio cónico, una carcajada formidable. Y después: M á s autómatas sois vosotros, que nada valdríais si no fuera por mis gritos E l grupo del salón semiseccionado reincidió en la protesta: S o n los sin alma, los muñecos. ¡Que se vayan de a q u í! Félix había iniciado sus paseos de preocupación. Esos paseos de ida y vuelta en, unos metros de terreno, con las manos atrás, l a cabeza inclinada, los ojos en los linderos de las ocurrencias geniales. U n a de éstas llegó. Alzó las manos y a r e n g ó su gente. Raudos y sin freno se lanzaron al combate. Primero, los caballeros de torneo que Starewitch sacó del reloj mágico de B o m bastus. Luego, los reyes del bosque. Después, con saltos uniformes y distribuidos, las orugas y los insectos de la primavera sonora. Los cuervos y las ranas. L a a r a ñ a que tocaba el arpa en su propia tela. E l árbol que se duchaba bajo la lluvia. Nunca se vio bicha semejante en el Oeste. Los fotógrafos, los traspuntes y los directores, fuera del escenario, gritaban a compás, como los chicos en los cines populares corean los puñetazos y las manguzadas de los vaqueros. Ellas corrían a subirse en los asientos y ceñirse los harapos sobre las piernas, como si un ejército de ratones hubiera entrado. Tannings y Beery pusieron la cara m á s de imbécil (el primero) y el gesto m á s de hombre malo (el segundo) que. habían usado en su vida. Gilbert Roland, horrorizado, se desasía de los a r a ñ a z o s de Félix y los tirones de pelo de los pájaros. Riendo sólo estaba Bessie Love. Riendo y sonriendo, pues j a m á s se sabrá dónde le comienza la risa y le acaba la sonrisa. E n la huida de los otros quedó aislada entre los recién llegados. L a rodearon aplaudiendo. L a voz de un director atronó los ámbitos del taller: D e hoy en adelante, vosotros, los sin alma, mandados por el gato Félix, quedáis contratados con ventaja Y aquí comenzó el triunfo de los nuevos intérpretes. Esta es la eterna historia de las generaciones qrte se suceden en el arte. L i e- La convalecencia exige cuidados como la enfermedad misma Porque una recaída, siempre muy fácil, puede acarrear resultados funestos. Para acelerar la convalecencia y conseguir el más rápido y total restablecimiento, lo más positivo es usar en seguida el gran restaurador de fuerzas Jarabe de Es el Jarabe Hipofosfitos Salud un excelente preparado; lo he empleado en un joven de mi familia y es el ú n i c o preparado que le hace ganar en apetito y fuerzas Fernando Moros. -M é d i c o forense de Bilbao Inapetencia, Decaimiento, Hipocondría, etc. Cerca de medio siglo de éxito creciente. Aprobado por la Real Academia de Pedid J A R A B E S A L U D para evitar imitaciones. Medicina. De efectos inmediatos y eficaces contra Se advierte que el Jarabe HIPOFOSFITOS S A L U D no se vende a granel
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