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NO DEJE USTED D E L E E R T O D O S LOS DOMINGOS OUE ES O por la diversidad de sus fotografías, U N L I B R O por la abundancia de su texto. U N M U S E O por ía belleza de sus planas artísticas; y G A L O por la baratura de su precio. U N A P E S E T A E L E 1 E M P L A R E N T O D A ESPAÑA m H RODRIGUEZ- SOLIS L O S G U E R R I L L E R O S D E 1808 293 una compañía que levantó a su costa en Rosas. J a más nos perdonaríamos dejar en el olvido el nombre de un patricio tan benemérito, que de seguro figuró entre los heroicos defensores de la invicta Rosas. E l todo p o r e l todcNapoleón, nos ha dicho el general Foy, lloró lágrimas de sangre sobre sus águilas humilladas en Bailen. E l gran Emperador no se explicaba, no podía explicarse, que un ejército de reclutas y unas cuantas bandas de paisanos, mal armados, hubiesen podido derrotar sus invencibles soldados, arrojar del Trono a su hermano José y obligarle a buscar un refugio en las orillas del Ebro. L e aterró, dice otro historiador, la noticia de la derrota de Bailen; no por el quebrantamiento material, que bien fácilmente podía reparar quien como él contaba y disponía. de millón y medio de soldados y mandaba en absoluto sobre Estados y naciones que tenían veinte veces más población que España, sino porque su bandera, aquella altiva águila que había recorrido la Europa de triunfo en triunfo, había sido vencida... 5 por la primera vez! y, lo que era para él más doloroso, por ejércitos improvisados, por generales sin historia militar, por algunos guerrilleros. A h es que sabía que la virginidad de l a gloria militar tiene también para el hombre un prestigio mágico, y que el golpe que la destruye es una herida mortal para el dichoso a quien ella eligiera! i Quién sabe si sus soldados, victoriosos hasta entonces, tanto por su valor personal como por el prestigio de la gloria y el amuleto de victoria que les acompañaba, alcanzarían: en adelante los mismos resultados y se batirían con igual empeño, perdida Ja i e y la confianza en la estrella victoriosa que hasta entonces les había guiado en todas sus conquistas! Todo esto se debió decir Napoleón, y quiso ahogar, en germen este gran movimiento, deseando mostrar ante la Europa, que si le obedecía no le quería, que 5 p ocurrido en España no tenía el valor flu sus enemigos le daban, y que él misrrjo venía en nuestra contra para hacernos caer de rodillas ante sus águilas siempre vencedoras. A l levantarse de su momentánea postración secó las lágrimas de sus ojos, jlas primeras quizá que había derramado en toda su vida! y reconcentró en su corazón un odio profundo contra España. Su cerebro, puesto en tortura, forjó el rayo con que pretendía aniquilarnos. Dispuesto a jugar el todo por el todo, ordenó a sus ejércitos, vencedores en Prusia, que se encaminaran a España, y pidió al Senado ciento sesenta mil hombres, pertenecientes a las conscripciones de 1809 y 1810, pintando de tal modo la situación y los peligros que entrañaba para Francia la guerra de E s paña, que el Senado, humilde servidor suyo, se apresuró a otorgarle cuanto pedía, declarando que la guerra con España era política, justa y necesaria. Resuelto a ponerse él mismo a la cabeza de sus ejércitos invasores, y no queriendo dejar peligros a su espalda, propuso la inmediata celebración de l a entrevista convenida en el Tratado de paz de Tilsitz, reuniéndose el 27 de septiembre en Erfuth con el Emperador de Rusia, en persona, y con los representantes de los Monarcas de Austria y Prusia. E n la ciudad de Erfuth, entre continuadas fiestas, como si la suerte de las naciones y la vida de los pueblos fuesen cosa de broma, trató Napoleón de los asuntos de Occidente y de su proyectada expedición a España, que el Emperador de Rusia aprobó por completo, apresurándose a reconocer a José Bonaparte como Rey de España, y censurando con dureza el levantamiento de nuestro país. ¿Quién creería que este Emperador era el mismo hombre que dos años antes envió a Madrid a Strogonoff para combinar una alianza con Portugal y con España en contra de ese mismo Napoleón, a cuyos deseos accedía hoy con tanta facilidad, y a cuyos deseos se adelantaba? ¡Y sin embargo, nada más cierto! Napoleón, consecuente con la política maquiavélica que se había impuesto de llevar la guerra a todas las naciones, pero siempre apareciendo como el provocad y nunca como el provocador, no vaciló, a t s ne
 // Cambio Nodo4-Sevilla