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-MADRID- SEVILLA 31 D E 1 U L 1 Q D E 1930. NUMERO S U E L T O 10 CTS. CERCANA A TETUAN, SEVILLA DIARIO ILUSTRADO. AÑO N. 8.610 OLIVE, VJGE- S 1 MOSEXTQ REDACCIÓN: P R A D O D E S A N S E B A S T I A N S U S C R I P C I O N E S Y A N U N C I O S MUÑOZ E L Bl E N D E LOS OTROS H a z l a l i m o s n a e n secreto y D i o s te r e c o m p e n s a r á en p ú blico. (San Mateo. Capítulo VI. Si nos preguntasen qué debe hacer el hombre para su reforma interior no vacilaríamos en contestar: Establecer una comunicación constante entre la inteligencia y el corazón, de manera que vengan a ser departamentos contiguos E l corazón se beneficiará de la luz de la inteligencia, y ésta se sentirá penetrada e influida por el calor del corazón. Funcionando separadamente, fracasan más que aciertan, porque la inteligencia opera en. frío y el corazón se agita en la obscuridad. E l sistema pedagógico que los interdependice y ensamble hará un gran bien al mundo. Ese método educativo ¿triunfará algún día? La. lentitud con que progresa moralmente la Humanidad no nos autoriza a ser muy optimistas. E l hombre, que puede transmitir a sus descendientes sus i n tereses y todo lo que es material, no ha encontrado todavía el procedimiento de legarles sus virtudes. L a Naturaleza, que no se opone a que seamos ahorrativos hasta la avaricia, no hace nada por que el hombre que acumuló tesoros de bondad pueda cedérselos, como quisiera, a su hijo. De un santo como Marco Aurelio nace una pantera como el Emperador Cómodo. ¿Qué misterioso principio biológico justifica esa monstruosidad? S i la virtud se heredase, el progreso moral de las sociedades sería obra de las madres, pues, con todos sus defectos, la mujer nos supera en bondad. Pero todo se transmite menos la nobleza espiritual íntegra. Tampoco interviene la educación en la forja del carácter. E l pedagogo respeta nuestros egoísmos, y, a lo sumo, los adecenta un poco. ¿Qué hay que hacer, pues, para ser bondadoso? L o más derecho sería atenerse, al Evangelio, pero como el Divino Maestro no conteraporiza con ninguna forma del egoísmo, prorcuramos engañarle, sin conseguirlo, dándole en palabras lo que E l nos exige en obras. E s el fraude cotidiano, que hace sonreír con desprecio a los confesores cada vez que se echa un fariseo a sus plantas. L e preguntaron un d a al padre Bourdalue. cómo es el alma de un malvado, y la respuesta de aquel religioso fué así: -N o lo sé. L o único que he visto hasta ahora han sido conciencias de gentes que se tienen por honestas, y aseguro que me he horrorizado. N o es preciso ser confesor para sentir esa repulsión. Basta con observar lo que ocurre a nuestro alrededor. Las arbitrariedades del idioma, visibles en los periódicos, no hacen sino reflejar el fariseísmo de las costumbres. Qué rigores con el caído, que l u chó en la vida siempre con mar de proa, y qué homenajes a gentes que lo deben todo, a la audacia sin escrúpulos! L a opinión es igualmente ciega en. la condenación y en el indulto. E l individuo se equivoca algunas veces: la multitud, siempre. Es posible que al exaltar hoy lo que deprimió ayer obedezca. a una ley de equilibrio. ¿Gomo explicarnos si no esas bruscas transiciones del vituperio a la glorificación que advertimos en la muchedumbre? Por qué el hombre qué estuvo ayer en la picota nos parece ahora el salvador de la Patria? Ciertas reacciones de la sensibilidad popular parecen, por su carácter morboso, síntomas de un histerismo colectivo, del que apenas si logran librarse los espíritus superiores. Y o no sé quién ha dicho aquello de vox- populi, vox Dei. Convendría enmendar esa frase, diciendo vox populi, vox Serarum, y nos acercaríamos- más a la verdad que manteniendo ese dogma democrático que honesta y santifica todos los errores de la plebe. Sentina plebis, escribe Cicerón... E n Francia, que es la nación de. cultura más armoniosa de nuestro Continente y de los otros, acabamos de ver un bello ejemplo de conciliación entre la inteligencia y el corazón. Aquí, como en todas partes, existe una población parasitaria, que vive, por medios más o menos ingeniosos, a costa del país. N o aludo en este momento al financiero, porque ése, en rigor, no es un parásito. Sus ganancias son el resultado de sus combinaciones, y éstas le consumen la substancia gris. E l financiero, que era antes un producto social exclusivamente francés, ha extendido su dominación sin respetar fronteras. U n a palabra pronunciada en Nueva Y o r k puede arruinar a los cosecheros de trigo de Besarabia, y un gesto hecho en Amsterdarn puede, rebajando el precio de nuestra peseta, poblar de pesadillas el sueño de nuestro ministro de Hacienda. E l financiero no es un parásito: es un malabarista de los números. E n Francia el mendigo, no pulula, como en nuestro país, porqueaquí la simpatía personal no da para vivir. E n España cada familia tiene sus pobres. Con que se sitúen hábilmente, en sitios estratégicos, va. la limosna a ellos. ¿Estímulos de la bondad? No siempre. Algunas veces damos unos cobres para sobornar al cielo. Aquí- trabaja todo el mundo, y frecuentemente con una aspereza adquisitiva que asusta. Pero hay, como en España, una clase media que vive en un inalterable déficit: tapando, hoy el agujero que hizo ayer con un dinero que anticipa el mañana. Ese drama es de todas partes. E l explica por sí solo el motivo de la desesperación tranquila que leemos en los rostros de algunos hombres abrumados por el peso familiar. Cuando uno de estos hombres sonríe, nos dan ganas de alargarle nuestro pañuelo, porque su sonrisa, como esas nubes muy brillantes que vemos en la primavera, es un signo de agua próxima. Cómo remediar esas situaciones, por decirlo así, crónicas? De ninguna manera. L a familia reduce sus necesidades todo lo posible, y si sus ingresos normales no alcanzan a satisfacerlas, moviliza su crédito; se vive en enero con el dinero de marzo. Eso es todo. Pero pueden surgir otros conflictos de un modo fortuito, y de ellos quiero hablar. E n una casa bien administrada, en la cual todo funciona con orden, se presenta de improviso la adversidad. Lá familia, que vivía sin entramparse, no economizaba porque no podía. E n esto hace su aparición la desgracia, bien por un revés económico o por un accidente. H a habido una quiebra, una enfermedad grave o una muerte. E s el momento del desequilibrio del presupuesto, i Qué descubierto tiene l a familia? Supongamos que es de 3.000 francos. Ese dinero la pondría a flote, facilitándole vía libre para vivir. ¿Dónde buscarlos? ¿En- tre las amistades? Suponiendo que nuestroá amigos ricos tengan su bolsa abierta a nuestras necesidades, no todo el mundo quiere humillarse pidiendo. L a indefensión económica significa algo peor que la privación momentánea de aquello que nos es necesario. E l que no ha conocido la miseria ignora las reacciones que despierta en la conciencia de una persona que no ha economizado ningún esfuerzo para evitarla. N o todo el mundo se reviste del arnés de la resignación para luchar con la adversidad. A menudo el hombre se rebela, y entonces todo flaquea en su espíritu, desde las nociones más altas a las ideas de aplicación práctica. Acosado sin tregua ese hombre, por bueno que sea, puede convertirse en un peligro para la sociedad. Pero de pronto ese hombre, o esa familia, que se veían en un callejón sin salida, reciben por misteriosos senderos la cantidad que necesitan para salir de apuros. Y el barco que escoraba recobra su equilibrio y sigue su rumbo. N o estoy haciendo literatura, sino refiriéndome a una realidad. E n Francia se ha previsto que se presenten casos de esa naturaleza, y se procura remediarlos. L a Semana de la Bondad que acaba de celebrarse en París, responde a ese noble fin. L a familia que se veía repentinamente en un paso angustioso de los que se corrigen con dinero, acudía a una institución que tiene sus oficinas en el bulevar Saint Germain, y ésta, por medio de Le Journal, solicitaba de la liberalidad social los recursos necesarios. H a sido preciso halagar a ia gente rica presentándole esos episodios de la miseria, no como un mal crónico, sino como accidentes económicos transitorios, que, enmendados a tiempo, pueden conjurar una catástrofe. L a Semana de la Bondad E l título es sugestivo. Y o advierto lo que tiene, sin embargo, de irónico. H a y que decir a los poderosos: N o te alarmes. N o vamos a poner tu bolsillo a contribución más que unos días. Luego recobrarás la libertad de gastar sin medida en tus frivolidades, aunque haya por el mundo muchas invalideces sin remedio y muchos desamparos sin consuelo... MAKTJEI. BUENO Burdeos, julio, 1930. E L VI El O E S P Í R I T U D E GINEBRA A l llegar a la ciudad de Calvino compro primeramente el Journal de Généve y se me figura que con el viejo periódico he tomado posesión del alma vieja de la ciudad. Después de todo, felices los pueblos que tienen un periódico exactamente representativo, invariable, lo que se llama un diario autóctono. Y eso es el Journal de Gcncvc. E l diario invariable, el periódico que no cambia por más novedades y transformaciones que quieran desfilar por el mundo. Ginebra, por ejemplo, está llena de americanos del N o r te; pero el viejo periódico inconmovible es como si no se enterase. Sigue impasible su camino, obedeciendo a normas y modos de hace cincuenta, ochenta años. A h o r a mismo, al tomarlo en mis manos, se me figura que es igual que aquel Journal de Cén cve que leía veinte años atrás en m i primera
 // Cambio Nodo4-Sevilla