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A B C. V I E R N E S i DE A G O S T O D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 17. Madrid donde se casa, y donde vive uri bello idilio de amor y juventud, que l a muerte corta prematuramente (porque Bolívar, que se casa en España casi niño, es viudo 1 en la adolescencia, a los diecinueve años) y porque él mismo, cuando abandona E s j paña, llevando en el fondo de su alma deso lada la flor marchita de su perdido amor, el primer uniforme que, como su padre y como su abuelo, viste es el de capitán de los Milicianos del Valle de Aragua. N o creo que sea preciso insistir más a este respecto. H a y otra manifestación de la citada crítica más trascendente y delicada, porque plantea el problema de cómo debe entenderse el sentimiento y practicarse la labor pqlítica hispanoamericanista. Nosotros, los hijos de América, que sentimos, proclamamos y practicamos con la mayor sinceridad ese ideal y esa política de identificación y de confraternidad en el seno de la comunidad racial, ponemos en ella todo nuestro fervor 3 nuestras convicciones. Coa toda mi alma, pues, por hondas y arraigadas convicciones, y estimando, con intenso patriotismo cubano, que así era como servía mejor a mi país y al afianzamiento de su personalidad política y racial, he realizado aquí y. en Cuba la intensa labor de confraternidad hispanoamericana, que, honrándome en demasía, han reconocido la opinión española y cubana. Pero con relación a la forma digna en que un americano puede y debe hacerlo, en otro discurso, honrado con la más alta de las representaciones nacionales, y realizando siempre esa labor de identificación racial y espiritual, tuve el honor de pronunciar estas palabras: N o hay, n i debe, n i puede haber, un solo americano que, mixtificando el ideal altísimo de la confraternidad hispanoamericana, crea defenderlo contradiciendo ¡a verdad histórica, silenciando los errores o negando las faltas del Poder colonial, y desconociendo la santa razón que asistió a la América para combatir hasta alcanzar su independencia. N o se defiende un ideal tan alto como el de la confraternidad hispanoamericana con las armas del engaño. Así es como han entendido el hispanoamericanismo las grandes figuras, no ya de mi país, sino del resto del Nuevo Continente. Por ello una de las más gloriosas mentalidades del mundo americano, el insigne estadista y orador D Justo Sierra, ministro de Instrucción pública del Gobierno del general Porfirio Díaz, representando a su país en el Primer Congreso Hispanoamericano celebrado en Madrid, y hablando en nombre de todas las Repúblicas americanas, después de referirse a l absolutismo con que la Casa de Austria pulverizó a aquellas Españas en germen y de afirmar cómo los vocablos de libertad y soberanía contra la opresión nos lo enseñaron, como el sagrado alfabeto de la autonomía, la primera regencia de Cádiz, añadía: H o y libres, para siempre libres, venimos a colgar nuestra ofrenda del árbol secular de nuestra genealogía. Bajo su sombra no nos habríamos congregado n i habríamos venido aquí, alborozados, si no supiésemos que la mano ensangrentada que estrechamos había dejado caer en el mar hasta el último eslabón de la cadena. Por ello, referirse en análogos términos en un libro de carácter exclusivamente histórico al sistema colonial que rigió durante las postrimerías del Poder metropolitano, repitiendo, de modo bien incidental, el juicio que, con relación a él, han formulado m u chas gloriosas personalidades y estadistas de la política y la gobernación de España (y un arsenal de citas, de juicios y de opiniones de políticos- y gobernantes españoles, que califican de igual modo aquel, sistema de Gobierno, puedo ofrecer a su consideración ilustre) en nada amengua, n i quebranta l a grande, noble y fecunda labor de identificación y de confraternidad hispanoamerica; x E L L l B R O D E L SR. G A R A KOHLY M a d r i d 30 de julio de 1930. Señor marqués de L u c a de Tena, director de A B C M i ilustre y querido amigo: Hasta hoy no había leído el importante artículo crítico que A B C publica con motivo de nú último l i bro Grandes hombres de Cuba, y considero un deber, por la altísima consideración que ese gran diario me merece y en tributo obligado a las bondadosas atenciones que de la buena amistad de usted he recibido, dirigirle estas líneas. Reconozco- -naturalmente- -el pleno derecho que para juzgar toda obra política o literaria asiste al periodismo, y aún creo que es éste uno de sus más altos y respetables ministerios. N o puedo, pues, aspirar a que mi modesta producción intelectual esté exenta siempre del juicio adverso de cuantos, con sobrada autoridad, puedan creerla errónea, desacertada o deficiente. M a s sí debo esperar que el fallo que con relación a ella se emita se inspire en un sentido de justicia... P a r tiendo de este supuesto, permítame aclarar los que, en mi concepto, son errores de apreciación de dicho artículo. E s un solo capítulo de la obra el que alcanza los honores de la crítica. E l referente a la figura- -en m i concepto excelsa- -del que fué lugarteniente del Ejército libertador cubano. E l crítico considera hiperbólicos mis juicios respecto a la grandeza de su personalidad. E s natural que no todos aprecien de igual manera las figuras históricas. Pero, al menos, debe reconocerse que es perfectamente legítimo que en un libro destinado a ofrecer a mis compatriotas la historia, el ejemplo y las enseñanzas de la existencia de sus grandes hombres, les présente esa insigne figura, tal como yo la veo, 3 a admiro y la venero. Este aspecto del juicio crítico carece, pues, de trascendencia. Pero la adquiere, en cambio, y muy acentuada, la apreciación de que el libro tiende a revivir rescol dos de odios y de rencores, como lo prueba la evocación del juramento de Maceo, comparándolo con el de Bolívar de implacable y eterno odio d España, y el concepto de opresivo aplicado al sistema político colonial, puesto en vigor por los Gobiernos metropolitanos que precedieron a la emancipación americana. Creo, ante todo, que no puede juzgarse el espíritu de un libro escogiendo y entresacando frases sueltas de uno de sus capítulos, sino examinándole en su conjunto, como un todo homogéneo, obediente a un pensamiento y a una dirección espiritual. Bastaba haber leído el capítulo relativo a la insigne personalidad de José Martí para apreciar el error de tal suposición. Pero es que concretándome al juramento solemne prestado por Maceo, antes de consagrar su vida a la libertad y a la grandeza de su Patria, -lo que textualmente dice el libro es lo siguiente. ¡O h destino incomparable, y oh, juramento que supo engendrarlo! Ante tus palabras, ante tu noble fin, vuelan el alma y el pensamiento a juramentos que también la Historia supo recoger, porque fueron indicios de grandes hazañas y decisivos acontecimientos. Pero el tuyo es más noble; el tuyo no lo engendra el odio, n i el impuro deseo de satisfacer una pasión malsana. No es aquel juramento arrogante del adalid cartaginés que en. su ardor vengativo juraba odio eterno e implacable a los romanos; j u ramento seco, adusto, severo e innoble, como sus propios dioses y cual sus propios mármoles. No es el juramento que redama odio inextinguible de pueblo a pueblo, de corazón a corazones, porque, sobre ser innoble, río le vivifica la excelsitud de un pensamiento ideal n i le da sanción la alteza de tm generoso fin. D e idéntica estirpe es este juramento, de la misma alcurnia espiritual, porque no es- taba impelido por un fiero deseo de venganza, 110 le empujaban odios de razas antagónicas ni civilizaciones enemigas... E s cierto, ciertísimo, que le comparo al juramento prestado en Roma ante el Monte Sagrado por Simón. Bolívar, y cuyos términos textuales reproduzco. ¿Pero es que se ha dicho jamás que el juramento de Simón Bolívar fuera de odio implacable y eterno a España? ¿E s que j a más las grandes y más gloriosas figuras de la emancipación americana han confundido a España con los representantes de su poder político en las postrimerías de su colonial imperio? N o ahora, n i aquí, sino hace ya algunos años y en mi propia Patria, yo he dicho en un discurso, hablando del Libertador de América de Simón Bolívar: Pues bien; aquel gran hombre, del que dijo un día Benjamín Constant que si su patriotismo se resistía a la tentación de ceñir una corona, sería el patriota más sublime del universo, porque jamás ningún caudillo alcanzó mayor poder y más prestigio sobre territorio mayor de la tierra. Aquel hombre magnífico, que cuando un Congreso le ofrece el glorioso título de Libertador responde: Y o prefiero a ese título el de ciudadano, porque aquél se conquista entre los duelos de la guerra, y el otro lo otorga la voluntad de un pueblo Aquel gran Bolívar, cuando, con ocasión del armisticio del que se derivó la independencia de Colombia, pactado entre sus fuerzas y las de M o rillo, el general español le obsequia con un banquete, con palabras que brotan de su alma, incapaz de expresar un sentimiento falso de efusión mentida, rinde un tributo a los dos Ejércitos, adversarios de armas y hermanos de raza, y lanza un anatema- -como todos los suyos, admirable- -y un apostrofe, como suyo, sublime, contra todo aquel que predique el odio o el rencor entre los pueblos. Y así tenía que sentir internamente, en el fondo de su alma, la. primera figura de la emancipación del Continente americano. E s que Bolívar, el tipo representativo del Libertador de América, es, -por antonomasia, un tipo de hidalgo español, producto y heredero de una de las más nobles y más ilustres familias dé la aristocracia de V i z caya. E s que su padre ha sido el coronel de los Milicianos españoles, D. Simón Bolívar. E s que su abuelo ha sido el teniente de capitán general D Juan de Bolívar, noble por compra de un marquesado a Felipe V E s que sus ascendientes por línea directa remontan a la más pura, rancia y recia nobleza vizcaína. E s que todavía en el distrito de Marquina, próximo a Bilbao, se levanta la casa de Bolívar, fundada en el siglo i x por sus antecesores, y es hasta el nombre de Bolívar la unión de dos palabras vascas: Bo y Libar, con las que aquéllos forman su antiquísimo apellido. Es que él mismo recibe sus primeras impresiones políticas l i berales en la casa de su tío, el coronel español marqués del T o r o es que él siente por primera vez una palpitación de amor en España, y es bajo el radiante cielo de D u r a n t e l a t e m p o r a d a de v e r a n o y s i n a u m e n t o de p r e c i o s e r v i r e m o s l a s s u s c r i p c i o n e s de n u e s t r o s a b o n a d o s q u e t r a s l a d e n s u r e s i d e n c i a a c u a l q u i e r p o b l a c i ó n de E s p a ñ a P a r a t e n e r opción a esta v e n t a j a s e r a condición i n d i s p e n s a b l e que, a l- s o l i c i t a r l a a b o n e n p o r a n t i c i p a d o e l I m p o r t e de tres meses. O S E A N U E V E P E S E T A S o ee suscriban por igual tiempo. S i n l l e n a r este r e q u i s i t o n o s e r v i r e m o s ningún traslado a provincias. L o s que v a y a n a residir a l extranjero abonarán, además el I m p o r t e del f r a n q u e o correspondiente.
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