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NO DEJE USTED D E LEER TODOS LOS DOMINGOS O U E ES U N P O R T F O L I O px r la diversidad de sus fotografías. U N L I B R O por la abundancia de su texto. U N M U S E O por la- belleza de sus planas artísticas; y U N R E G A L O por la baratura de su precio. UNA PESETA E L EJEMPLAR E N TODA ESPAÑA R RQPRIGUEZ- SOLIS L O S G U E R R I L L E R O S D E 180 S 307 vantaraiéht 6 del sitió de Zaragoza, o la retirada a las provincias andaluzas, en que l a batalla de Bailen tanto había excitado el entusiasmo; y Palafox se yolvió a Zaragoza ¡sin haber acordado nada! N o cumpliríamos el deber que nos hemos impuesto de narrar fielmente la guerra de la Independencia, por más que nuestro objeto principal sea el hacer la historia de los guerrilleros, de su presentación, de sus hazañas, de su heroísmo, si negásemos que las rencillas entre los generales españoles fueron causa de la pérdida de muchas batallas, como iremos viendo según adelantemos en nuestro trabajo. ¡Triste, pero necesario, es declarar que, en muchos casos, el hombre dominó al patriota, y sabido es que no puede vencer a su contrario el que no sabe vencerse a sí propio! Esto dicho, prosigamos. Cuando menos se lo esperaba, se encontró Cas. taños con el ataque de los franceses. L o precipitado de las disposiciones y lo contradictorio de las órdenes, frente a un enemigo que se movía con una regularidad perfecta, convirtió esta batalla, conocida por la de Tudela, en una es- pantosa derrota, cuando, en vista del empuje y de 5 a bravura con que se batieron las tres divisiones qué en ella tomaron parte, debió ser una victoria de 3 a mayor importancia. E l resultado de tan triste acción fué la pérdida de 2.000 prisioneros, muchos muertos, y heridos, toda la artillería de la derecha y del centro, con los almacenes de Tudela, y la dispersión del ejército, refugiándose en Zaragoza los aragoneses, valencianos y murcianos; el general L a Peña en Cascante, y Castaños en Borja, donde se halló con la orden de l a Junta Central de acudir en socorro de Madrid, contra el cual avanzaba Napoleón por el puerto de iSomosierra. E r a cierto. Napoleón, luego de haber enviado por Üerecha e izquierda fuerzas suficientes para destruir ¡0 entretener, según las circunstancias se lo permitieran, los ejércitos de Blake y de Castaños, había, emprendido su camino para Madrid, acompañado del segundo ejército y. de l a caballería, al mando de los ¡segúrales- Soult. y Besskres. i Cerca y a de Burgos se encontraron los imperiales con el ejército de Extremadura, que se dirigía al Ebro contra las fuerzas de José, cumpliendo órdenes anteriormente recibidas, al mando del conde de Bellveder, joven tan presuntuoso como ignorante de la ciencia militar. Sin atender los consejos de la prudencia, este joven se adelantó hasta Gamonal y presentó la batalla a los franceses; la pelea fué de corta duración pero tan sangrienta, que a Burgos llegaron mezclados en espantoso desorden vencedores y vencidos; y el conde de Bellveder tuvo que huir a b r a n d a y desde allí, perseguido por los imperiales, refugiarse en Segovia, donde le salió al encuentro el general doii José de Heredia, encargado de sucederle en el mando y recoger los restos de un ejércitcj que, sin la imprudencia de su general, hubiese podido evitar; tamaña, derrota y acudir a la defensa de la capital que tan necesitada se hallaba de fuerzas. Napoleón, luego de entregar la ciudad de Burgos, al pillaje y al saqueo, mandó algunos oficiales á París a- presentar las banderas cogidas al Cuerpo; Legislativo, que se apresuró a votarle un mensaje de admiración. ¡Lástima que le ocultase que la victoria la habían conseguido 40.000 soldados impe- ríales, mandados por él y sus mejores generales, contra 12.000 hombres españoles, regidos por un m i- litar inexperto! Del saqueo de Burgos nada queremos decir nosotros, limitándonos a copiar lo que ha escrito el célebre historiador francés monsieur D u Casse: Semejantes desórdenes eran poco propios para ha cer amar l a dominación francesa en España. Apenas llegado a Burgos dispuso Napoleón el envío de una fuerte división por el camino de Palenciá y Valladolid, y al mariscal Soult a Reinosa para cortar a Blake en l a retirada que emprendió hacia esta villa, después de la triste derrota de Espinosa de los Monteros. L a expedición de Soult produjo otra nueva infá- ¡mia. Sus soldados acometieron, ¡heroica acción! a! un convoy de enfermos y heridos, a los que asesi- j liaron, entre ellos al valiente Acevedo, sin que bas- taiaa a salvarle las amenazas i d los ruceos de s u 1 J
 // Cambio Nodo4-Sevilla