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N o iba l a Junta Central, única y legítima representación, de España, no iban sus dignos individuos en retirada; iban en triunfo; y si Napoleón l a h u biese visto recorrer, no l a senda cuajada de peligros que se imaginaban él y los malos españoles que le seguían, sino un ancho camino sembrado de flores, se habría convencido a su pesar de que l a causa de l a independencia española n i moría n i podía morir, aunque sobré nuestra tierra pudiesen caer con los, ejércitos napoleónicos los del Emperador de Rusia, y unidos a ellos, todos los ejércitos del mundo. Sí, digámoslo muy alto; Napoleón, precedido de soldados y escoltado por cañones, y José, rodeado de una turba de cortesanos y aduladores, nada v a lían y nada eran; mientras que la Junta Central, sostenida por el voto de las ciudades y guardada por el amor de los pueblos, fugitiva, intranquila, errante, l o era todo... Ah E s que l a Junta Central representaba a la nación, y sabido es que los tiranos pasan, que los Reyes desaoarecen y que las naciones siemore miedan. aquellos graves momentos de varios Cuerpos, y con algunos cañones. San Juan envió sus avanzadas hasta Sepúlveda, a las órdenes de don Juan José Sardén, que con sólo un puñado de hombres peleó con gran denuedo por espacio de tres horas contra 4.000 infantes y 1.000 caballos, teniendo al fin que replegarse a Segovia (29 de noviembre) Aunque mermadas sus fuerzas por la falta de Sardén, el general San Juan, atacado por las inmensas fuerzas imperiales, disputó Somosierra con un arrojo imponderable. S u artillería vomitaba u n mortífero fuego y barría los escuadrones de lanceros polacos y de cazadores de l a guardia que Napoleón enviaba contra ella como el huracán barre el humo. E l v a liente general sólo cedió cuando se v i o flanqueado por varias columnas que, a favor de una densa niebla, le atacaron por las alturas que dominan por izquierda y por derecha la, carretera; y herido y derrotado, pero no vencido ni humillado, buscó la salvación de sus tropas en la retirada, llegando a Segovia con las reliquias de su valeroso ejercita, L a Junta Central. E l invasor tenia francote! camino de Madrid. L a Junta Central había tratado de impedirle el paso con los ejércitos del conde de Bellveder y del general don Benito San Juan, y para defender los débiles muros de M a d r i d reclamó el auxilio de don Tomás de Moría y del marqués de Castelar. L a situación de la Junta Central no podía ser más difícil y comprometida; no quería alejarse de su residencia de Aranjuez, tan cercana a M a d r i d porque su retirada no se atribuyese a cobardía y no desmayase el espíritu público con su ausencia; y, sin embargo, quedarse era exponerse a caer en manos de los imperiales y dejar huérfano al país de su más legítima representación, y a los pueblos sin defensa y sin amparo. A l fin tras de mucho batallar los dignos individuos Vuelta a M a d r i d E n la noche del 30 de noviembre de 1808. la casa de don Juan Antonio M i r a n d a se hallaba, tan concurrida como l a vimos en la famosa del 19 de marzo. -Importantes variaciones se observan en ella, que iremos señalando en el transcurso de este capítulo. E n primer lugar, no se hallan todos los personajes de entonces, y, en cambio, aparecen dos nuevos. E l señor abad se ha puesto en Galicia al frente de sus feligreses, para rechazar a los imperiales; don ÍValero Borja continúa en Zaragoza, prestando su y liosq concurso a la causa de la iñdeoendencia;
 // Cambio Nodo4-Sevilla