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más que quince (algunos de ellos de cuatro metros de largo... porque es difíeü para el tirador acertar con el punto donde la ba a uo rebote... E l G o b i e r n o del Sudán permite también tirar sin limitación a los leones y a los leopardos; pero, a semejanza de lo que ocurre en el U g a n d a y la Cotonía del Kenya, donde hay leyes que, sin oponerse a la caza en absoluto, impiden, sin. embargo, su c o m pleta destrucción, prohíbese en la región del N i l o que visitamos nosotros matar más de dos elefantes y u n hipopótamo por escopeta, y, aun así, se h a de pagar 15 libras por cada elefante derribado... ¿V i e r o n ustedes muchos? -E l e f a n t e s muchísimos; creo que pasarían de dos m i l algunos, de gran tamaño y con defensas enormes. Y a sabe que a este animal se le encuentra fácilmente en los terrenos pantanosos... Cuando, subiendo por el Shazal, afluente importantísimo del N i l o desembarcamos en las extensas, ilimitadas planicies que frecuentan acuellos proboscídeos, losi vimos acompañados de bandadas de garzas blancas, que unas veces se los posan sobre el lomo y otras marchan a su lado cogiendo los insectos que ahuyentan las pisadas del enorme a n i m a l E l espectáculo era delicioso para un aficionado; pero Heno de dificultades para la caza, porque es casi imposible, dadas las constantes variaciones del viento en aquellos países, acercarse a los elefantes sin que éstos olfateen al cazador. L o m i s m o sucede con tos bu falos, a los que hay que acechar con idénticas precauciones, pues figúrese las consecuencias del ataque de una manada de estos animales... ¡Sería h o r r i b l e N o obstante tales inconvenientes nos acercamos varias veces a los rebaños, que pastaban l a elepfumf gross (hierba de elefante) cerca de M u n g a l l a y, eligiendo con toda calma nuestra víctima, gracias al auxilio que en l a operación nos prestaban los prismáticos, derribamos los paquidermos que a cada escopeta consiente el Gobierno sudanés. Pero ni uno más... -P o r cierto- -añade el conde de E l d a- -que es sorprendente la raoidez con que a c u den a devorar la res caída enormes bandadas de gigantescas aves. ¿Y leones vieron ustedes? -T r e s o cuatro e n u n bosque; pero no pudimos cobrar más que uno, que mató el duque de A geciras. EN LAS REGK. NFS PANTANOSAS D E L NORTE SE IWCX ENTRAIv L O S HIPOPÓTAMOS L a Cacería fué, pues, muy variada, porque en algo más de cuarenta días cobramos ocho elefantes, un león, siete búfalos, dos hipopótamos, diez tiang, cuatro N i l e Lechwe, quince cocodrilos... E n total, ciento veintiún animales de distintas especies, amén de los patos y otras aves acuáticas, que abundan en las orillas del N i l o aunque también Gas hay sagradas para el cazador, porcue se hallan bajo la protección del G o bierno. -Y al disecador con ellas, no es así? E n efecto, hemos mandado a Inglaterra algunas cabezas, pieles, colmillos, los t r o feos que, como recuerdo de la expedición, queremos conservar. L o demás fué devorado por los indígenas, quienes, faltos de valor p a r a tomar parte en l a cacería, a! l punto de que- -creo habérselo d i c h o- -t u v i mos necesidad de contratar a unos árabes para que nos acompañasen como escopete- ros en Khartun, acuden, sin embargo, rápidamente al oír los primeros disparos, descontando el banquete. Surgen por todas partes. Y esas gentes hospitalarias y buenas descuartizan l a res con habi i a extraordinaria, e introduciéndose materialmente en el vientre del animal, comen hasta hartarse y sin desperdiciar viscera alguna. E s algo repugnante, que no se puede rec o r d a r sin sentir náuseas. ¿Y accidente desagradable, triste episodio o momento de peligro... N i n g u n o por fortuna, y gracias también a la experiencia y prudente conducta de los directores de la cacería, W o o d y Khevenhueller, quienes son tan excelentes camaradas como buenos cazadores. S u valor sereno, su sangre fría, el conocimiento que tienen del terreno y de las costumbres de los animales que lo habitan, fueron, sin duda, causas que influyeron en el éxito de la expedición, porque es lo cierto que en los 3.800 kilómetros que en totai recorrimos, y, a pesar de habernos internado en ocasiones hasta llegar a bosques distantes tres o cuatro leguas de la orilla del N i l o nada de- agradable sucedió. Ca ior, mucho calor; fatiga, antes p r o d u cida por las pésimas condiciones del terreno fangoso que teníamos que atravesar, que por las distancias recorridas; p e r o nada más. N i aun las señoras que formaban parte de, esta expedición cinegética hubieron de sufrir en su salud la más leve alteración. Y eso que saltaban a tierra con frecuencia y participaban de nuestras emociones, aventurándose por sitios verdaderamente peligrosos, aunque sus rifles más castigaban a la volatería que a las fieras. Nuestra entrevista toca a su fin, porque se ha pro ongado más de la cuenta. Nos disculpamos; pero, atento y c o m prensivo, e! conde de E l d a nos tranquiliza pronto, -N o se preocupe; el tiempo pasa sin sentir, porque el tema- -variado y a m e n o- -resulta siempre interesante... i Pero, además, tienen tal encanto los recuerdos en el que siente de verdad la afición de la caza. 1 UN BUEN TIRO D E L CONDE D E E L D A MAííUEr. TERCERO I
 // Cambio Nodo4-Sevilla