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LAS ALMAS DE LOS LiENzos. LA INFANTITA DE PLATA Y CARMÍN zón. E s t a infanta es d o ñ a M a r g a r i t a M a r í a de A u s t r i a h i j a de F e l i p e I V m á s tarde Emperatriz d é Alemania, como esposa que fué del Emperador Leopoldo I. ¡C u á n t a s veces d e s p u é s de pasar varias horas en el Museo contemplando con deleite nunca saciado las maravillas de l a sala d é V e l á z quez, c u á n t a s veces, digo, he venido a sentarme frente a l a infantita de los ojos abiertos y alegres, vestida de traje de plata y carmín, r e f u g i á n d o m e en ella como se hace con los n i ñ o s y encontrando en su cara y comp a ñ í a un poco de a l e g r í a y de juventud! Decía M a r c e l P r o u s t E l verdadero artista no debe ser esclavo m á s que de l a Verdad, sin inclinarse j a m á s ante el rango; pero puede y debe tenerlo en cuenta en sus obras en lo mucho que vale como factor de diferenciación, como pueden serlo igualmente l a nacionalidad, la raza o el ambiente social a que pertenece el personaje. Toda condición social tiene su encanto, y puede resultar tan interesante para u n 1 S E entra en la sala de Ve ázquez del Museo del Prado corno se penetra en una Catedral. S i n saber por qué, por instinto, los visitantes bajan la voz, la gente anda casi de puntillas; hasta las norteamericanas por u n momento se callan. Siendo l a sala donde tanto tiene uno que decir, aun cuando es l a mayor del M u s e o y l a m á s repleta de gente, el silencio reina casi siempre en ella... Y es que la grandeza pictórica que nos rodea nos sobrecoge y enmudece, no sólo l a grandiosidad del arte, sino también l a solemnidad de los personajes que nos miran. í E x i s t e algo m á s tétrico q u é los Austrias de E s p a ñ a? De cada lado que se mire, en esta gran sala de Velázquez nos encontramos con l a cara larga, pálida y triste de alguno de los últimos representantes de aquelia dinastía. S i n simpatía, pero con caridad, podemos perdonar que los mayores, avejentados por sus responsabilidades de Gobierno, fatigados y entristecidos tras vidas transcurridas con preocupaciones y sin alegrías, la sangre empobrecida por uniones de familia, nos miren desde sus lienzos con ojos de cansada indiferencia. Pero que los niños t a m b i é n sean viejos, que sus caras, al igual de las de sus padres, sean pálidas, sus ojos indiferentes y su expresión triste, eso y a nos impresiona m á s porque v a contra la ley natural. Así es que al dar la vuelta a paso lento por l a magnífica rotonda d é Velázquez, al contemplar aquellos Reyes, príncipes, i n fantes y archiduquesas de la Casa de A u s tria, nuestra mirada se detiene y se regocija al encontrarse a l fin con una infantita vestida de alegres colores, de cara sonriente y ojos v i v o s una infantita que, n i ñ a aún, lleva en la mirada algo como mesa de a l e g r í a una princesita de que nos trae l a esperanza de que to en esa familia no fuese irremediable tristeza, religiosidad t é trica e inhumana, luto eterno ¿en la ropa y en el cora. artista inmortalizar en el lienzo el lujo fastuoso de una reina como dar a conocer las costumbres despreocupadas de una modistilla. T a n exacto es este j u i c i o de Proust y tan evidente respecto de los personajes del siglo x v i i que a veces asalta l a duda si en los cuadros de esa época es el ropaje e l factor principal y la figura del personaje l o secundario. T a n íntimamente compenetrados est án los p r í n c i p e s de l a C a s a de A u s tria con su ambiente, tan apropiadas sus figuras a su indumentaria, tan unidos su alma triste con su cuerpo enfermizo, tan fiei reflejo su mirada orgullosa, e indiferente del alto rango y la a n t i g ü e d a d de su raza, que en los lienzos cuerpo y alma, personaje e indumentaria, c a r á c t e r y atavismo, forma un conjunto perfectamente a r m ó n i co e inseparable. L a infanta M a r g a r i t a salió de E s p a ñ a para ser Emperatriz de los alemanes, m u riendo de v e i n t i ú n años, tras seis de matrimonio, embarazada de cuatro meses y habiendo perdido ya cinco de sus seis h i j o s vivió durante esos cortos a ñ o s en u n país lejano, abrumada por embarazos y partos desgraciados, cercada por enconadas luchas y guerras; tocóle en suerte v i v i r en un siglo cruel... de crueldades de alma y cuerpo, y como justa compensación a tattta desdicha d e p a r ó el cielo a l a gentil princesa un marido ejemplar, cariñoso y ecuánime, cuyo apacible c a r á c t e r asombraba a quienes l a conocieron (G Maura. Pero ahora, como entonces, a los doce años, aquí en M a d r i d vestida de plata y rojo, nos mira con los ojos vivos, abiertos, y esboza una sonrisa como si quisiera decimos que, aun bajo el peso de ser hija ele Felipe I V y nacida en aquella Corte de t i nieblas, su alma de n i ñ a nos brinda un poco de amor y alegría, una esperanza de la felidad que en parte D i o s la dio m á s tarde, y ante aquella tristeza de su raza que por todos lados la rodea, parece que nos ofrece t a m b i é n un consuelo. EL LAZARILLO DE MADRID
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