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Don Juan Antonio, a quien Murat amenazó con tina sentencia de muerte por haber sabido que en el día 2 de mayo se encontró en la. defensa del puente de Toledo, ha sido objeto durante la ocupación francesa de una vigilancia inquisitorial. Dejamos a don Luis Peñaranda en Valencia, y le hallamos en Madrid, adonde se trasladó en cuanto supo el peligro que corría la capital, deseoso de tomar parte en la defensa del pueblo, cuna de su adorada Isabel. Para ello pretextó en Valencia a su hermano del corazón, al padre Rico, el deseo de acompañar a la corte a su amigo don José Romeu, quien debía resolver en ella ciertos asuntos de i n terés y necesitaba de un hombre, conocedor de M a drid, que le guiase en sus pesquisas. Además de esto, una carta de l a condesita participándole el empeño, cada día mayor, de su anciana tía, la condesa de Peña- Castillo, de que verificase el proyectado enlace con su primo Jorge, capitán de guardias Walonas y heredero del título de su madre, había producido a don L u i s una herida mortal, para cuyo alivio necesitaba el bálsamo consolador de las miradas de ¿Isabel. E l joven médico adoraba a la condesita con uno ¡de aquellos amores de l a Edad Media, que hoy nos parecen extraños e incomprensibles. E n aquella época en que l a hermosura y la virtud formaron al guerrero, siempre dispuesto a romper una lanza por su dama, v en que los Tribunales de amor, compuestos de l a Reina Leonor, de las condesas de Flandes y de Champagna, de la vizcondesa de Narbona y otras nobles señoras, elevaron a! más alto grado el poder femenil, el caballero se creía sobradamente pagado si, a trueque de arriesgar la vida por la señoia de sus pensamientos, ella le permitía lucir en el torneo uña banda con los colores de su traje. S í por raro que esto nos parezca hoy, don Luis Peñabranda, al igual de los antiguos caballeros, habría ¿tenido como la mayor gloria el besar l a orla del yestido de Isabel, gozando placeres inefables en semicastidad. Quizá, contrij tía a gllo. el carácter un tanto soñador del joven médico, sus ideas espiritualistas, sus opiniones filosóficas, las desgracias de su infancia, aquellos éxtasis en que solía caer a menudo y en los cuales dejaba vagar su pensamiento por regiones superiores. A las desgracias que agobiaban a su querida P a tria habían venido a unirse las nubes que comenzaban a empañar el sereno cielo de sus amores. Don Luis recordaba la- carta de Isabel y se preguntaba qué haría la condesita. ¿Si cedería a los deseos de su anciana tía llegando a realizar la proyectada boda con su primo Jorge y olvidándole a él... i Qué amargo despertar si esa unión se realizaba! -Valiera más, se decía, no haberla conocido jamás, y, sobre todo, no haber alcanzado su amor para perderlo así. Nosotros, que algo leemos en el pensamiento de la condesita, podemos asegurar que la ausencia de don Luis, su heroico comportamiento durante los graves sucesos de Valencia y su presencia en Madrid apenas tuvo noticias del peligro, que corría la capital, no hablan hecho más que aumentar la pasión de Isabel por el joven médico. Según los fisiólogos, es un sentimiento imperioso en la mujer el creerse el principio de la felicidad del hombre, y el buscar la dicha en los brazos del ser amado. Isabel estaba convencida de. ser la única dicha de don us Peñaranda, y a toda costa deseaba hacerle feliz. Pero, ¿le sería posible realizar tan nobles propósitos? S u anciana tía, que la había servido de madre, mostraba cada día mayor empeño en que verificase el proyectado matrimonio con su primo Jorge, el único hijo de la noble señora, que tenía por él verdadera idolatría, por más que el joven poco o nada la mereciera. ¡Qué diferencia entre ambos... Su primo era un petimetre almibarado, que, merced a la influencia de su madre y a la memoria de su difunto padre, había llegado a capitán de la guardia Walona sin méritos ni servicios, en. tanto que don Luis debía tan sólo a sus infatigables estudios y a sus grandes talentos el puesto que- ocupaba. Cada vez juzgaba la condesita más difícil poder unirse con el joven médico s i n provocar un esT 1
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