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¡gp A d u a n a s -e x c l u s i v a m e n t e j Gran internado. Tel. 17127. ACADEMIA C E U A T E X T O S PROPIOS gy Fernánflor, 4. MADRID ESOS i U mNC San Bernardo, 73, Madrid. NGENII i n g e t l i e r o s I n d ustríales- A c a d e m i a rso l. septiembre. INSTITUTO ARTUR I M U Y VIGILADO, Magdalena, 1, Madrid. Telf. 134 X 4. NTERNAD WCiLlkibf 4 lio y toda dureza desaparece en tres días usando el patentado RECHAZAD LAS IMITACIONES En farmacias y droguerías, 1,60; por correo, dos pesetas. FARMACIA PTJEÍtTO. PLAZA SAN ILDEFONSO, 4 MADRID co Le u s t e d siesnpre y uie me Se s s i e pos siss a áls ícas as m Bw as y p l a n a s dios artistas 1 e n coi r y e n iaeee s a I s m á s r UMA P 820 R RODRIGUEZ- SOLIS LOS G U E R R I L L E R O S D E 1808 317 F i e l a sus convicciones, apenas comenzó a organizarse l a defensa de Madrid se presentó al general ¡don Manuel Miranda Gayoso a ofrecerle sus seryicios, que fueron aceptados con reconocimiento. T a l es el hombre a quien luego veremos organizar las guerrillas de Valencia y batir a los franceses, y demostrar que en esta tierra clásica del valor y de Ja lealtad los hombres del temple de Ronieu prejfieren l a muerte a la deshonra. Sucesos de la capital. E n el momento en que volvemos a presentar s nuestros lectores los contertulios de don Juan A n tonio Miranda, las señoras se ocupan con grande empeño de la confección de sacos para la metralla, y los hombres discuten sobre la importante cuestión de la defensa de Madrid, con la mirada fija en las armas, que descansan en un rincón de la sala, pues todos se han consagrado a la noble tarea de defender fe. capital contra el invasor, a excepción del marqués, cuyos años y dolencias le imposibilitan para tan rudo empeño. -No confio en don Tomás Moría- -decía don L u i s Peñaranda. -N i yo- -añadía don José Romeu. ¿Desconfían ustedes de él? -preguntó la condesita. ¿D e un hombre que se ha portado tan valientemente en Cádiz? -repuso Pepita. -E n Cádiz, como en Madrid- -dijo don L u i s- no ha hecho sino seguir el impulso que ha recibido del pueblo. -Creo, como ustedes, que sus disposiciones para 3 a defensa- -añadió el señor Miranda- -no han sido muy atinadas n i han de resultar muy eficaces. -Obligado por la resuelta, actitud de la población, que al saber l a derrota de Sardén y de San Juan ha pedido armas para defenderse, se han repartido a l gunas, en su mayoría sables, escopetas y chuzos. ¿Pues no ha elegido l a Junta, nombrada para la defensa a don Tomás Moría, por tener mejor Doña Teresa Miranda es una mujer de treinta y dos años, de alta estatura, de perfil recto y puro, de nariz bien formada, de barba enérgica, de ancha frente, de negros y aterciopelados ojos, de admirables contornos y de soberbio busto. Su frente, orlada de negros y espesos cabellos, muestra un tinte de profunda melancolía que l a hace aún más interesante; sus ojos lanzan tristes miradas, y su boca se pliega con dolorosa amargura. A pesar de sus treinta y dos años y de que la pena por l a prematura muerte de su querido hijo nubla su vida, aún puede sostener el parangón con la condesa y con su hermana Pepita, a pesar de ser ambas dos criaturas hermosas. Joven aún, casó por amor con don Pedro de la Albericia, un hidalgo burgalés, del que enviudó a los tres años, dejándole un hijo, su Carlos adorado. Doña Teresa reconcentró en el hijo todo el inmenso cariño que había profesado a l padre, porque doña Teresa era una mujer nacida para amar, y tuvo para el niño las ternuras de una madre, los cuidados de un padre, los cariños de una hermana y los juegos de una amiga. Carlos adoraba a su madre; si la veía triste, Ja recitaba los más lindos epigramas de Iglesias o las más bellas fábulas de Samaniego, hasta lograr que la risa asomara en sus labios; y si la veía alegre, conseguía aumentar su dicha con sus juegos y sus locuras infantiles. Después de su madre tenía el niño mucho afecto a Catalina, que le había visto nacer; pero su mayor cariño era para Juan Martín, en quien Carlos veía un amigo, un protector y casi un padre; luego el Empecinado hacía todo cuanto el niño quería, y sabido es que para una criatura no hay mayor felicidad que hacer su capricho. Doña Teresa era querida de un modo extraordinario en Burgos por sus hermosos sentimientos; jamás un desgraciado llamó a su puerta sin alcanzar socorro; nunca un desvalido reclamó su amparo sin alcanzarlo; he aquí por qué en toda l a ciudad y sus contornos se l a apellidaba l a madre de los pobres. E n cuanto a Juan Martín, ya le hemos pido que Ja reverenciaba como a una santa,
 // Cambio Nodo4-Sevilla