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A B C. JUEVES 7 DE AGOSTO DE 1930. EDICIÓN DE ANDALUCÍA. PAG. 6 hombres y los partidos claudiquen; no es que se traicione una causa. A l hacer la síntesis de los contrarios, los parlamentarios ponen en práctica t i más alto, el más bienhechor liberalismo. A u n los partidos extremos, la derecha y la izquierda, que son partidos de intransigencia, se tornan liberales, tolerantes, en el Parlamento. D e la vida del Parlamento, vida intensa como la que se hacía en España, lo que se desprende es la tolerancia, la comprensión de los más opuestos aspectos de un problema. Y dígame el lector si este ambiente, difundido por toda la nación, difundido un día y otro gracias a la Prensa, no acabará por ser un elemento importantísimo de educación ciudadana. S i se pudiera suprimir el Parlamento, cosa imposible en el mundo moderno; si se pudiera suprimir esta escuela de educación cívica, de maneras y de tolerancia, ¿qué pasaría, a la larga, en una nación? ¿Qué clase de hombres políticos se produciría en ese país sin Parlamento? P o r las muestras que a veces vemos de hombres que no se han formado en las Cortes, siendo políticos, podemos juzgar de cómo sería la generación de gobernantes que no hubieran pasado por el Parlamento. José María Garay es un parlamentario neto y puro; es cortés y afable; se puede hablar con él llanamente de todo, sin escándalo. Habituado al contacto de las muchedumbres, en la calle es saludado por centenares dé ciudadanos, y él corresponde a esas muestras de afecto con su afabilidad habitual. Política parlamentar i a- -l o acabamos de decir- -es conciliación; lo más alto de la función política es la conciliación, que implica cordialidad que junta los más contradictorios pareceres y las más opuestas tendencias. E n esa función es maestro m i querido amigo el conde del Valle de Súchil. ¡Y Dios le conserve por muchos años ese espíritu de finura y de sutilidad bondadosa que ha aprendido en el admirable, en el inmortal Parlamento de nuestra Patria! AZORIN Media cuartilla de la novela que dejé trunca al partir. Releo y me canta mal. Pulo, aderezo, limo, enmiendo, corrijo, rehago: quito unos adjetivos, invento otros, un verbo nuevo se empeña en movilizar más ágilmente una frase... ¡Vengo ganoso de. mi amada faena; traigo observaciones frescas, vocablos recién oídos, y, remozado, vuelto a encontrar, el entusiasmo de mis veinte años primeros! Pero es en vano torturarme el estilo; no aprenderé nunca a escribir... ¿Y qué? Después de todo, al público no le importa. L o s libros bien escritos no triunfaron por eso; hubieran triunfado igual mal escritos. Las grandes novelas de Balzac y de Blasco Ibáñez, por ejemplo, mejor escritas, no hubieran parecido mejores, y Madame Bovary, sin el estilo de Flaubert sería siempre una obra maestra. Este convencimiento de que pierdo el tiempo no me impedirá volver a leer mañana, como todos los días, buscando el secreto misterioso, una página de D Ramón del Valle Inclán. Pero ahora he roto mi cuartilla y... ¡estoy llorando! Vamos a abrir estas cartas. Esta es de mi editor. ¡Vaya, por f i n! ¿Qué... ¡N o vienen las pruebas! E n la imprenta hay todavía quinientos originales magníficos: los cien libros mejores del mes, de cada mes, para lo que falta de año. N i n g u n o mío. E s t a casa editora me paga, m i silencio. Así lo agradezca l a crítica como y o pero lo mismo debiera hacer con ciertos artistas la protección oficial: pagarles el silencio. D i nero, sí, es justo; pero no ocasión; n i lienzos, n i muros, ni plazuelas, -ni teatros. C o n sinceridad, me duele por lo efímero -de m i producción- ¡qué malos van a parecerme mis libros cuando se publiquen- pero exigiré la promesa de que no se imprima nada después de mi muerte. Seguro, de que no he escrito para lá posteridad, no me halaga la esperanza de una actualidad postuma y momentánea entre cuervos y hienas. ¡A h n o! un balandro. ¡Está bien! ¡U n balandro! T a l voy de agitado sobre las agitadas olas. ¿Sin dirección? A h o r a evoco la figura de mi padre, y lo veo, como si fuese Eolo, hinchados los carrillos, a guisa de bocina; las manos en torno a ía boca, redonda la o admirativa de los labios, soplando sobre la popa de la nave en que navega el hijo que tanto amó, y ya leo tranquilo otras cartas, muchas, ninguna afectuosa. D e niño soñaba con ser amado; de hombre tuve la esperanza de ser odiado; me acerco a la vejez y advierto que, poco a poco, se va realizando mi segunda ilusión. Menos mal. Ahora, para oírme- -yo he de tener la conciencia de que estoy conmigo, parecido a mí mismo- -leo los siete cuadros de mi nueva comedia. N o tacho nada, no atajo nada. S i algunos cómicos quieren hacerla habrán. de hablarlo todo, todo, absolutamente todo, porque yo he querido escribir una comedia muy hablada. Y si nadie la quiere, me la leeré yo a mí mismo, otra vez, muchas veces, por el gusto de hallar en ella- ¡al fin! -una cantidad de vida que no encuentro en mi propia vida, i Y este dolor de hombre pudiera ser un consuelo de artista! FELIPE SASSONE ABC EN AUSTRIA L a subasta de la colección F i g d o t MI C R O L I T E R A T U R A Letradurías y parletas U n a lanza de sol guarda la entrada de mi despacho. Pero a mí no me hiere: se quiebra en mi pecho y, cuando abro la ventana, disuelve su oro en un trémolo de luz, donde vibran y se irisan los corpúsculos del aire. Vuelvo de la excursión teatral, de apurar como E l Tiempo, hasta las heces, la tenacidad del último invierno. L a habitación huele a polvo y papeles viejos; pero los pliegues de mis sarapes mejicanos, tendidos sobre el diván turco, me hacen una mueca acogedora y familiar. Desde un gran lienzo sonríe mi padre entre la serenidad de sus barbas de nieve, según me sonreía en su casa, cuando yo no tenía casa n i libertad, y era más libre y más propietario que ahora. Cerca, un Jacinto Benavente de la época de Los intereses creados, negra la perilloria y borgoñón el mostacho, con la juventud que le persiste en el. espíritu. Entre la niebla de un retrato antiguo, l a mirada tierna de m i madre- ¡mi espejo! -y, en el trazo sinuoso de la boca, el rictus de tristeza que le dejó ni i último beso, cuando partí de mi hogar. Quisiera gozarme, en este reposo- ¡sol y mcio! -una evocación de niñez; pero iso en la mentira del ajetreado descanso e me espera, y por hacer literatura de estas sensaciones me dispongo a escribir. E n la anaquelería, sobre el ejército de l i bros, unos ¡macos de mi lejano Perú ríen hieráticos en sus máscaras de barro. E l Sr. F i g d o r ha muerto a una edad avanzada. Desde su más tierna infancia se sintió coleccionista y se dejó llevar por. esta vocación; compraba cosas agradables e inútiles, a diferencia de otros coleccionistas que reúnen cosas inútiles y desagradables. Durante cincuenta años se ha dedicado a adquirir muebles viejos, tapices antiguos, cuadros y joyas. Tenía un método y muchos millones; sin esta segunda condición es muy posible que su método hubiera fracasado. Esta reflexión, que l i a surgido casi i n Más cartas: rencor oculto; insultos anóvoluntariamente de la pluma, me sumerge nimos. Pero no es envidia contra mí. ¡A y en profundas meditaciones. S i el señor ni eso! E s rabia contra un escritor joven y Figdor no hubiera dispuesto de una canun torero niño, a quien elogié en mis últimos tidad suficiente de marcos oro, no hubiese artículos. V a y a ahora dos epístolas firmadas, podido deslumhrarnos con su talento de coque me ponen como no digan dueñas. Pues, leccionista; hubiera sido un genio ignoran o- ¡e a! yo no les doy el gusto dé escrido, porque los señores chamarileros no senbir sus nombres. U n a es de un intelectual tirían ablandarse su corazón ante las razoque acaba de. saltar del huevo: ¡lindo pones orales que surgieran de la boca del sel l i t o! E s uno de esos que llama Benavente ñor Figdor. sabios de las gafas redondas, que perdieron Se ablandaron ante las razones que surprematuramente la vista de n o l e e r ligeros, porque no tienen, lastre literario, creen nue- gían de su talonario de cheques; por eso vos todos sus tropos, que, en verdad, se caen creo que el talento humano no reside en el cerebro, como suponen, equivocadamente, de viejos; creen que se les acaban de ocurrir algunos fisiólogos, sino en el talonario de a ellos, y no hacen sino coincidir conlos antiguos, a quienes ignoran y desprecian. cheques. S i el Sr. Figdor, en vez de dejarse llevar por su fervorosa vocación de Este pollito es blanco, blanco. candido, i m coleccionista, hubiera deseado ser poeta cépoluto, sin la más leve mancha de sabiduría. E n cambio la otra carta- qué b r a v a! -lebre, pintor glorioso o sencillamente presidente de un par de Consejos de minisestá llena de un odio noble por su sinceritros, lo hubiera conseguido con la misma dad incontenible. A nosotros nos parece que facilidad, gracias a sus numerosos talentos. la justicia del crítico es envidia, y nos equivocamos; pero es que la envidia también se N o pretendo hacer humorismo a costa disfraza muchas veces de justicia. Esto no, de un señor tan respetable, que ha dejaesto es odio. ¡Odio literario! E l más incon- do una herencia sólo en baratijas, de más tenible, el más feroz. Sólo el que los ha sende cuatro millones de libras esterlinas. Y o tido- -yo padezco algunos que me impiden conozco bien el miramiento. que se debe a razonar- -sabe la bajeza, la mezquindad, la estas personas y no ofreceré ocasión para cobardía, el desamor de su arte y de sí mis- que nadie pretenda darme una lección de mo que hacen falta para ocultar estos odios. cortesía. A l sentar las anteriores afirmaA h o r a pienso en que Sainte Beuve dimitió ciones lo hacía con absoluta sinceridad y en París su empico de miembro de la Comí- buena fe, pero no pretendo adjudicarme el sión del Diccionario de la Academia, mil descubrimiento. L o s griegos, entre los cuadoscientos francos, sólo para poder escribir les se contaban los siete célebres sabios, llaun artículo metiéndose con Littré. ¡Cuánto maban talento a su moneda más preciada. desinterés y qué noble pasión en ese odio Aparte de esto creo que aún no he dado de crítico! Sainte Beuve era un caballero, una explicación clara del método empleado no me cabe duda. por el Sr. Figdor para reunir sus colecciones. Este respetable caballero adquiría un cuadro en el que, por ejemplo, se veía una Esta es la carta del escritor joven que dama adornada con joyas deslumbrantes; me agradece m i elogio; dice que mi artícuel fondo era, por acaso, un tapiz... Pues lo es a la vez ligero, inquieto y grave como
 // Cambio Nodo4-Sevilla