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ABC. V I E R N E S 8 D E A G O S T O D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 7 tríales que viven en Málaga- -contesta mi acompañante. -E s verdad; las autoridades, por caprichos de la política, se extinguen rápidamente antes de que dotes y virtudes, si las poseen, les acrediten de buenas. Siempre es el pueblo el que define y el único a quien no se oye. -Sentémonos a refrescar en la Cosmopolita. L a huelga se deshace como el humo -indicó Puncel. N o habíamos dado dos sorbos a una naranjada cuando llegó a media rienda un pc? otón de Caballería, cuyo jefe, un sargento, nos dijo: -L o s tranviarios han abandonado el servicio y se resisten, a tiros, en la estación. ¿Q u é hacemos? ¡Venga el coche! -exclamé- Vamos allá, mi teniente: coronel; vamos a ver si evitamos que se derrame sangre. Esta vez la carroza oficial iba escoltada por un buen golpe de caballos: veinticinco, ¡casi un regimiento! la jornada se ponía seria. Debo confesar que el trote de la Caballería hizo que algunos vecinos se asomasen, a las puertas. E n un santiamén llegamos a la estación de los t r a n v í a s no era cierto lo de los t i ros; hubo conato de resistencia, pero el buen sentido del capitán que mandaba la tropa hizo que los revoltosos depusieran las armas. Convinimos en que se limarían púas y resaltes aquella misma noche en el Gobierno civil. Patronos y obreros acudieron a la cita y se avinieron en el instante; mas como el paro era general, tardamos algunos días en concertar los distintos oficios entristecidos o, por lo menos, amostazados. Alguien, asustadizo o temeroso, me i n dicó -Pablo Iglesias, que está en Granada, viene a Málaga, llamado por los huelguistas. -N o importa- -contesté- dejemos que la fortuna ¿nos envíe al apóstol de la dignidad de los menesterosos; su presencia en M á l a g a servirá para concluir la huelga. Lía sufrido demasiado Pablo Iglesias en esta vida para que no sea bueno; su claro talento, inspirado por el dolor, busca siempre la paz. Pablo Iglesias no vino, y en verdad que lo eché de menos en diversos accidentes y apreturas terminales. Todo se arregló al fin; m á s que por mis consejos y órdenes, por bondades y generosidad de los ejércitos en lucha. Sólo me quedaban por enhebrar y zurcir los ferroviarios; pero tenía esperanzas y deseos de conseguirlo. Para ello pedí a los dos bandos que me nombrasen arbitro. U n incidente cómico por poco da al traste con mis propósitos. Málaga ardía en fiestas; la huelga no fué bastante para impedir los regocijos populares; verbenas, ferias, veladas, teatros, músicas, bailes; todo el programa festivo se iba cumpliendo sin dilaciones; faltaba por. disparar una traca monumental, tendida de farol a farol; venía de la Alameda; atravesaba, de largo a largo, la calle de Larios; subía a la torre de la iglesia parroquial v retornaba a los adoquines para dar ocasión a que el pirotécnico disparase los últimos troníos en la plazuela misma. E l trueno gordo, del t a m a ñ o de un melón, se hallaba guindando en lo alto de la cuerda, a la altura de los faroles de gas; un picaruelo gracioso, cuya juventud dorada no tuvo ocasión de sufrir amarguras, por bromear pegó fuego al melón. Sonó un estallido inmenso, que conmovió a la ciudad entera; pero, pasado el natural atolondramiento, la aventura se comentó con chanzas y burlas. I M e trajeron preso al gracioso, travieso 1 y yo acudimos presurosos a socorrerla; estaba desmayada; la incorporamos con ayuda de algunos curiosos y la ponemos delicadamente sobre el banco. -Padece una insolación- -afirma un m é dico, después de pulsar y reconocer a la doliente. Una mendiga harapienta, astrosa, verdadero pingajo humano, se acerca al grupo y, sin solicitud de nadie, lanza al viento esta singular receta: -Que la den a jueler una rosa recién corta y volverá en sigo mesma. U n espectador diligente se salta a la torera el seto de mirtos que bordea el cuartel de flores y corta una rosa de aterciopelados, rojos p é t a l o s otro médico espontáneo, m á s práctico o mejor clínico, le acerca a los labios una copita de vino que es ambrosía. L a vieja vuelve en sí. ¿Q u é medicina fué más eficaz? ¿L a mixtela o la flor? Como coincidieron en la aplicación, no puedo señalar dato alguno a la terapéutica universal. Maldigo el apresuramiento curativo, porque vale la pena de conocer y medir la eficacia y virtud de ambas drogas. E n esto, por la Cortina del muelle desembocan, ensordecen y atruenan grandes rumores de carros, caballos, relinchos y cascabeles; son los señoritos de Málaga, ios elegantes, los que se visten de frac todas las noches, los poliglotas, que, dando un gran ejemplo de ciudadanía, despreciando peligros y amenazas, vienen guiando los vehículos de sus casas comerciales. V a n en pie sobre las tablas en perfecto equilibrio, con las riendas y el látigo entre las manos. Se escucharon algunos silbidos en la retaguardia obrera, casi vergonzantes; pero el pueblo trabajador siempre es noble y generoso y da a cada uno lo suyo; el acto de valor conmueve todos los corazones, las manos se juntan para aplaudir y los labios gritan: ¡Vivan los señoritos valientes! Me acerco a! grupo voceador y propongo un armisticio con estas condiciones: P r i mera. Vuelta inmediata al trabajo. Segunda. Que cinco obreros y otros tantos patronos se reúnan conmigo en el Gobierno civil para d i rimir diferencias y acabar la huelga. Se acepta la proposición, y en el acto los carreros de verdad, los jornaleros de siempre, los que comen gotas de sudor y sangre, reciben las riendas de manos de sus patronos, y el pueblo, que presencia el recambio solemne y fraternal, rompe en vítores v aplausos. M i teniente coronel- -digo al jefe de la Guardia civil- esto va a las m i l maravillas -Son buenos; oro puro- -contesta el veterano militar, retorciéndose el bigote, todavía juvenil, aunque salpicado de algunas canas vergonzantes que la edad pintó traicionera. Recorramos algunas calles: la Alameda, la de Larios, veinte m á s todo está quieto y pacífico; las campanas de las igle- sias llaman a los creyentes, las cancelas se abren y las aceras se pueblan; niñas como claveles, señoras de edad madura, con el libro de rezos en las manos y el rosario de nácar arrollado a la muñeca, van tranquilas camino del templo; los vendedores ambulantes vocean sus mercancías; algunas chicuelas ofrecen a los transeúntes biznagas rebosantes de blancos jazmines; los jalbególes dejan en el suelo sus cestos de mimbre, que parecen platillos de balanza y disparan al aire este armónico, prometedor grito- ¡D e ahora, vitorianos! ¡Del rincón de la V i t o r i a! ¡Boquerones! -Pero, ¡Señor! -exclamo- ¿D ó n d e está la huelga? ¿E n quién confían esas ñiflas y ancianas que van tan tranquilas a cumplir sus deberes religiosos? j- -Confían en la bondad, del pueblo y en el ánimo generoso de los opulentos indus- mozalbete; pero yo no lo metí en el calabozo, sino que lo envié a su señora madre para que le tirase de las orejas. Después de todo, declaro que al pasar por la calle de Larios siempre tuve tentaciones de pegar fuego a la traca. ¡Estaba colurp piándose tan a la mano el trueno gordo! RAFAEL COMENGE DEL PANORAMA HUMANO El español fuera de España A lo largo de mi vida andariega he tropezado con muchos ejemplos como éste. Pe- dro Rosselló, hijo de labradores catalanes, inspector de Primera enseñanza en E s p a ñ a vino a Ginebra atraído por la luz de Un faro en el océano de las teorías pedagógicas, el Instituto Rousseau del que era torrero celoso el profesor Claparédé. Rosselló trabajó callada e intensamente- ansioso de saber y de ser útil al niño. Seguía una vocación, y aunque la vida le forzó- a desviaciones y virajes que le obligaron a dejar momentáneamente su camino, nunca perdió de vista su meta. Funcionario de la C á m a r a de Comercio de E s p a ñ a y periodista han sido actividades de nuestro amigo mientras seguía marchando con su rumbo. Rosselló había asistido como ayudante a la siembra de una idea: la creación de la Oficina Internacional de Educación. Desde un principio se dedicó a cuidarla amorosamente, secundando los trabajos de dos hombres de la m á s alta autoridad en el arte de iniciar al niño y al adolescente en la cultur a el profesor F e r r i é r e y el profesor P i a get. L a idea fecundó en silencio, y hoy. es árbol lleno de promesas. Diez Estados, entre ellos España, gracias a la gestión i n cansable de Rosselló, se han adherido a esta nueva organización internacional, fundada en Ginebra al lado de otras muchas instituciones que preparan el futuro de la H u manidad. Pedro Rosselló fué nombrado subdirector como pleno reconocimiento de su talento y de la fe que puso en el ideal. Place pocos días que la Oficina Internacional de Educación ha hecho su primer acto de presencia oficial. N o sentían impaciencias sus iniciadores querían llenarla de autoridad antes de pedir el puesto que ha de tener entre las demás organizaciones internacionales. E n él ministerio de Instrucción pública de la República de Ginebra se reunió por. primera vez el Consejo de O- I. E con asistencia de los representantes de todos los Estados adheridos. L a sesión fué inaugurada por el consejero de Estado, Sr. iMalche, quien, en nombre del Gobierno- J ginebrino, dio la bienvenida a los señores delegados. A propuesta ele madame S o k a l (P o l o n i a) quedó elegido presidente del Consejo otro español, D Julio Casares, personalidad i n telectual reconocida entre las figuras de m á s relieve en el panorama del mundo. Vicepresidentes son el cónsul de E l Ecuador en G i nebra, D- Alejandro Gastelú; el Sr. H e t l mann (Polonia) v Asal bey (Egipto) L a discusión de l a Memoria del director del B. I. E profesor Piaget, demostró vitalidad. Quedaron adoptadas varias resoluciones una de ellas, de iniciativa del Sr. C a sares, sobre colaboración de la O I. E y la Comisión de Cooperación intelectual de la Sociedad de Naciones para difundir entre las juventudes de todos los pueblos el objetivo y la misión de la L i g a Otra proposición de madnme Sokal relativa a l a colaboración con la Oficina Internacional del Trabajo para mejorar los métodos de formación cultural de los futuros obreros, obtuvo también el voto unánime del Consejo 1