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MADRID- SEVILLA 9 D E AGOSTO D E 1930. NUMERO S U E L T O 10 CTS. REDACCIÓN: PRADO D E S A NSEBASTIAN. SUSCRIPCIONES CERCANA A TETUAN, ABC Y SEVILLA DIARIO ILUSTRADO. A Ñ O VIGES IM OS EX TO N. 8.618 MUÑOZ OLIVE, ANUNCIOS: PROFESORES ESPAÑOLES E N A M E R I C A T o d a v í a no amainan los comentarios, de las modulaciones m á s diversas, sobre el ensayo argentino, de Ortega y Gasset, en el tomo- V i l del Espectador. H a corrido bastante tinta, y el ensayista, que, entre otros sports, gusta también éste de desagradar voluntariamente, después de haber agradado mucho, debe. estar contento de aquel zarandeo; la algarada es un puro homenaje, una celebración en dominó blanco- negro. L a m a y o r í a de nuestra gente tiene un concepto que yo no sé llamar si feudal o ingenuo- -de déspota o de niño- -sobre el conferencista o sobre el simple viajero que les llega a la casa. L o s derechos del viajero no andan todavía en artículos numerados, pero forman parte del derecho natural, y, mientras no los fije una institución acuciosa, los establece el sentido común, el m á s llano sentido común. E l viajero intelectual, como el financista, pueden encontrarnos deficientes las capitales mejores y pésimas las medianitas; ellos pueden, si son hombres corteses, callar su desacuerdo mientras permanecen en el país, y darse el contentamiento- -tan vivo y tan sabroso- -de decirlo todo cuando vuelven a su tierra. E n el caso presente la simple calidad de profesor del viajero, que se llama nada menos que Ortega y Gasset, debería señalarle un p e r í m e t r o desatado de independencia. Profesor es. en esta circunstancia, un observador, m á s que un contador; es un recortador de l a silueta nacional, m á s un publicista de su estampa; es un hombre con profesión de juicio, y convidado a juzgar por los mismos dueños de casa. Lleva en su carpeta de papeles ciertos apuntes de los cursos pedidos, pero lleva también, y esto sin remedio, unos ojos prontos, unos ojos sin escama voluntaria ni involuntaria para ver cuanto le dejen ver. L a institución convidadora corre sus riesgos cuando el invitado se llama Ortega y Gasset, o sea un crítico sabido de todos como inventariador riguroso de valores, mondador de apariencias y cobrador de promesas. Conducirlo hacia nosotros significa exponer la piel común a una agujita que no tiene nada de roma, y que de la piel se corre al músculo, por el tacto de lo m ó r bido, y de éste al hueso, por el tacto de lo seco. L a desesperación ibérica, la acedía española, entran con porción infinitesimal, si es que entran, en nuestro ensayista; él es un Ortega y Gasset está exento de ese interhombre de buenos humores, que le cuida el nacionalismo oblicuo, que suele ser un golf, testigo entusiasmado de cualquier es- amar a todos, porque no importa mucho pectáculo de vitalidad, y deseoso de excitar ninguno L e conocemos, en vez de eso, un cuanto en nuestra raza está vivo de hosti- cuidado ceñido, que a trechos toma su pogar lo que ve lisiado y de golpear en las quito de trémolo, por el- clestino de la raza cascaras muertas. L a Argentina debía gus- española. tarle en una buena parte, y le gustó. Podemos decir, siempre que no exagereY o me acuerdo de los elogios que le oí mos demasiado, que l a vida americana, la en una conversación conmigo sobre esa institución americana, el campeonato A m é r i c a europea ya casi organizada y en americano, le importan de veras y le retiearreos de hacer lo que le falta con métodos nen el ojo bastante tiempo E l que le i m también europeos F. l elogio, aunque me ¡portamos se prueba con este voltear lo vistocara a mí, por Chile, en un tercio, me i to, con este organizar sus sensaciones ar 1 clavó una espinita de preocupación por saber si l a otra A m é r i c a menos blanca y más bien prieta, le inspiraba desconfianza o al menos desabrimiento. N o se lo pregunté en derechura, yo, que suelo ser bastante confianzuda, porque Ortega y Gasset es hombre que para en seco cualquier impertinencia y reduce al oyente, sin mover un dedo, al marco de lo debido, de lo que él le consiente. M e he acordado de este elogio de la A r gentina, dicho en ausencia de a u d i t o r r í o platense, leyendo algún comentario colérico sobre su trabajo. M e acordaba también de lo que me decía otro español sobre nuestro apetito desaforado de alabanza: N o se contentan ustedes con la onza; hay que darles l a arroba, y l a arroba es fea de ver y molesta de cargar. ¿N o es cierto? Ortega y Gasset no es persona de asustarse con este chubasco de resentimiento, y tampoco con un diluvio en regla. Pero no está de m á s decir algo sobre ló que ha ocurrido y que sirva algo de prevención para los otros países en que todavía no desembarca este hombre de: verdades. E l i r á a Chile, y seguirá por el- Pacífico hasta Colombia, atendiendo convites- numerosos, y no poco efusivos, que le siguen llegando. E l ha trinchado la A m é r i c a nuestra por el pedazo que es el m á s firme, según el decir corriente; se puede pensar que cuando mastique el resto sienta menos complacencia todavía y corrija m á s fuerte y m á s tupido. H a y que dejarlo decir, no sólo con cortesía, sino con un buen poco de agradecimiento. Entre las cosas que faltan en nuestros trigos está la buena crítica y la saludable oposición. L o cual no quiere decir que allá vivamos nadando en la melaza de nuestra caña y cambiando de la mano a la mano un lindo polibrí por un lindo colibrí. Nos golpeamos, pero con rabia, muy congestionados- o muy biliosos, muy colorados o muy amarillos, y eso no vale y no convence de ninguna cosa. Tenernos crítica literaria dentro de esa misma modalidad fisiológica. Nos falta la crítica de las costumbres, que es la que ha hecho Ortega y Gasset, y una cr tica más panorámica que detallista. Nos faltan ojos topográficos, una mirada sin i n terés de e n g a ñ a r n o s y con cierto deseo, de ingeniero pariente, de que nuestra topografía- -suelo y paisaje- -sea firme hoy y pulida mañana. Esta mirada no puede ser otra que la española. Las razones son perogrullescas los españoles no son tan nuestros que tartamudeen para confesar nuestra llaguita o nuestro simple rengueo; ni son tan e x t r a ñ o s que, al tocarnos el tejido y el tendón, deje de dolerles lo magullado que vean y lo fofo que hurguen. gentinas, con este revisar lo pensado de prisa. y también con este reincidir en el viaje. Aceptemos este crítico, a riesgo de no aceptar ninguno, si este juicio suyo, tan probo y tan refrenado, tan familiar de tono y tan poco cesáreo, nos saca de quicio. N i por casualidad ni por malignidad O r tega y Gasset ha apuntado su primera flecha hacia nuestra vanidad. Profesores franceses, de regreso de A m é r i c a confían al suramericano de P a r í s el mismo reparo, el mismo disgusto, cuando éste es uno capaz de escuchar lo desagradable, de dejarse correr la hiél por la oreja: Demasiado envalentonados por su holgura, demasiado vanidosos por el é x i t o de la Naturaleza; demasiado orondos por una civilización pintona aún, y que camina hacia una cultura; pero que no puede llegar todavía por leyes humanas y d i v i nas... Corriendo el t e r m ó m e t r o de Méjico a C h i le esta fiebre de la vanidad- -porque es una calentura- -entrega, grados mas grados menos, pero en n i n g ú n paralelo baja a cero, en ninguna frontera se deja esta malaria, y en el siguiente recibe al viajero con su cara conocida y sigue con él hasta Estados Unidos, donde desaparece cortada como por cuchillo, puede decirse, degollada. E l Sagitario apuntó bien a nuestro defecto m á s corpulento. A l cabo, l a vanidad es un achaque de pueblo n i ñ o o de pueblo senil, y ha de c u r á r s e n o s en la edad v i r i l Peores son las avaricias y los belicismos nacionales y p ú t r i d o s de l a Europa llamada europea (i) E l flechero puede i r sacando las d e m á s flechas; para mí que ellas van a herir menos que la primera, aun cuando señalen defectos m á s feos. Resulta que, al revés del buen teólogo, a nosotros nos a v e r g ü e n z a mucho m á s el defecto que el vicio, y nos duele el doble, por ejemplo, el que nos llamen vanidosos que el que nos llamen crueles, el que nos apunten el pavo real armado que el que nos descubran el jagiiarcito también evidente y listo para el salto. GABRIELA MISTRAL Santa Margherita L i g u r i julio. 1930. ESPAÑA Alduidcs L a biografía de Salamanca que prepara el conde de Romanones será seguramente vía libro de i n t e r é s pero hay alguna diferencia entre ser un libro curioso, ameno, entretenido, y serlo de valor político y doctrinal. Y para que el libro que nuestro buen amigo el conde de Romanones tiene en el telar sea esto último, preciso será que se aborde en sus páginas, con franqueza, con claridad, el problema de los ferrocarriles, que en E s paña, a mediados del siglo x i x ha sido un problema esencialmente político, a m á s de serlo ético y técnico. Digamos antes de entrar en materia que la gloria de Marcelino Calero y Portocarrero, como primer proyectador de un ferrocarril en E s p a ñ a debe ser (1) La Europa sin España y sin Rusia,