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Santiago d e Compostela, o e l bautismo d e Europa. LA C O N C H A Y LA ESTRELLA Q U Í y ahora, desde la altura del P i c ó Sacro, y en este atardecer, C o m p o s tela es una ciudad y es una m e á fora. Lejana de brumas, extraviado entre l a llovizna el sol, a l que e n vano- -errantes rez oca- -llaman los bronces catedralicios, 3 la luz de u n día que se nos muere prematuro y pálido como u n novicio, Compostela, color de nácar y de madreperla, se presenta confundida c o n su símbolo y es una concha cosida a la capa del peregrinante paisaje, gallego. Jamás urbe alguna llegó a identificarse tanto con su mentido y su intención. D i j é rase que en otro prodigio apostólico las conchas jacobeas se hubieran desprendido ellas solas de las esclavinas y en u n vuelo de leyendas y de tropos- aconchas, pájaros, flores- -vinieran a posarse unánimes en el valle del S a r para unirse en una vieira única que fuese a l a par u n pueblo único. V i e i r a de piedra y lluvia traída a estas tierras últimas por u n oleaje de fe del mar sin o r i llas de l a cristiandad. A II E n el aire marino que envuelve l a vieira conipostelana, el orbállo paciente del N o r o e s te finge algas y silencios, sordinas vegetales donde naufraga toda voz. P e r o todavía entre los verdes silencios húmedos los oídos del crepúsculo pueden escuchar ecos de preces y de milenios, u n susurro católico de rezos y de años guardados e n l a concha l i túrgica en u n como rumor de santidad. N o s parece que la vieira jacobea le cuenta al viento su historia y n a r r a algo que los hombres de otras edades sintieron como axioma, aun cuando suene a paradoja y escándalo para el sentir actual, y a pronto m actual. C o n c h a de Compostela, y o he creído e n tender tu confidenc a cuando se me antojó oír que el secre: o de tu vida- me es todo el secreto de la civilización- -ha consistido en transformar Ja historia natural en historia sagrada, con designio Opuesto al de esa torpe sociología del ochocientos, que hundía l a civilización en sus peores lodos al tratar la historia sagrada como historia natural. v r LAS GO, TORRES E L A CASI VEGETALES- DEL DE O B R A D G I R O OBRA JACOBEA LA ARQUITECTURA MAESTRA COMO D E L BARROCO GALLE- ÉPOCA E N QUE LA CONCHA APARECE ELEMENTO DECORATIVO III Un joven poeta francés acaba de escrib i r E s esencial al milagro su brevedad. U n mi agro que dura, ya no es t a l P e r o este milagro compostelano n o se cuenta por segundos, sino por milenios. Y sólo el S e ñor sabe si todavía no ha de durar. E n el año 45 después de Jesús una barca salió de Sopé con siete marineros y u n sarcófago. Apenas si los hombres movían los remos; pero el pulmón de LVos inflaba el triángulo de la vela y l a barca pasó las costas del A s i a M e n o r y de las penínstfas del Mediterráneo para franquear las c o l u m n a s de (Hércules y detenerse cerca del Finis Terrae, aquí, donde las aguas del U l l a h a r tas de noviazgos de montañas, se casan con el Sar. Cuando el primer marinero saltó a la ribera, ttna concha del mar le colgaba de un hombro. Allá se adentraron por la tierra firme los marineros con sus v eiras, buscando lugar para las cenizas de Santiago, h i j o del Z e bedeo, uno de los doce a quienes cupo una parte de la llama de las doce lenguas. C u a n do el Apóstol quedó enterrado, todos los pinares célticos fueron un incendio. P e r o este incendio no fué devastación, para ser- -c o n más belleza- -fuente de claridades. Más tarde vinieron las devastaciones. iVientos góticos bajaron del Norte, vientos arábigos subieron, tronchándolo todo, del Sur. Cenizas heréticas anonadaron las h o gueras encendidas en las cumbres de G a l i cia sobre las mismas aras antes célticas. H a s t a que un ermitaño- -813- -ve en el cielo una estrella fija en éxtasis ante un bosque. E l sepulcro apostólico sé descubre y S a n tiago aparece en el sarcófago. Y con él u n bordón y una concha. IV L a Crónica de Turpín narra u n a leyenda maravillosa. E l E m p e r a d o r de Occidente era ya viejo y antes qué la pelea codiciaba el reposo. U n a noche, hallándose acostado, elevó a la altura los entreabiertos ojos. L o s d e los Reyes M a g o s n o s e asombraron más que los de Carlos en la noche aquella. U n c a mino de luceros- -harina de arcangélicos molinos- -atravesaba el cielo entero desde él mar del N o r t e hasta el Atlántico. Entonces u n alto barón surge de i m p r o viso y habla así: -Y o soy el Apóstol Santiago, a quien el Señor escogió p a r a predicar su L e y Y he aquí que mi cuerpo está; en Galicia, aunque no se sepa exactamente el punto; y he aquí que los sarracenos oprimen el país. D i o s me envía a fin: de que tú vayas a la tierra- en donde está mi sepulcro. E s a vía de estrellaos que has visto significa que tu irás a Galicia al frente dé u n eiército. y que detrás todos los pueblos irán allí. E n u n abril inesperado, la barba, ya mustia, del imperante Carlos volvió a florecer. E l Emperador se hizo, ante l a poes a, cruzado y peregrino. U n ejército de fieles y de versos bajó a España. L a cultura se puso en marcbn hacia. Ió que los mapas alema;