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los tres oyentes, que estarían comentando con e! gesto su azoramjento. L a verdad es que pronto comenzaba a- pensar cosas distintas de las que leía. A! a cuarta cuartilla, en que ya notaba por primera vez, y con sudores, que todavía no había pasado nada en el drama, chirrió la puerta suavemente, disimuladamente, que es más llamativo, y apareció un tercer actor, que también estaba citado por el empresario para la lectura. Había amplio sitio para que se sentara en el lado opuesto, pero mendigó al otro actor que se corriera, y se sentó cerca de la puerta, en un pedacito de diván. Todo lo cual fué una escena que todos advirtieron atentamente, mientras la lectura seguía como por dentro de un túnel. E l nuevo personaje tenía las orejas gachas del subordinado que llega tarde. Por eso hubo miradas de rencor y de temor entre el empresario y él. Todos lo advirtieron también. ¿Suspendía el novel la lectura para saludarle, y que así se normalizara la colocación? Titubeó, intranquilo, y también ésto se notó en el ambiente; pero el empresario no recogió el titubeo; tenía prisa; ¡nada de presentaciones ya! ¡Arre, arre! No lo diría así, no lo pensaría así seguramente, pero así le pareció al novel oírselo pensar. Y hasta tal punto se había desazonado la lectura con estas cosas, que se perdió... y tardó el novel en encontrar el cabo suelto, porque le brincaban los ojos por toda la cuartilla como una pulga boba, sin darse cuenta de dónde se posaban rri qué buscaban. A l fin dio con ello, y siguió, siguió, siguió... y cada etec -WTeaffaT que eí hasta l o y había considerado lucido, hoy se le pasaba por debajo de la lectura sin gracia, sin emoción, como una niña tonta que no dice el verso que sabe; y así creía que opinaban también aquellas cuatro sombras de la penumbra, cuyos gestos, desfigurados por la pantalla, les ponían una careta de ironía, de burla o de aburrimiento, según el estado de ánimo del quejas interpretaba así, tal vez sin fundamento... Interpretaciones que dejaban una cola de tropiezos en la lectura, que ven an enredados, como se dice de las cerezas, unos con otros. De pronto el empresario recordó que tenía que hacer unas gacetillas, y para no olvidarse sacó un cuaderno y apuntó una palabra ligera. Y el novel se quedó con la idea de que ya estaba el empresario pensando en cosas ajenas y de que ya sobraba, pues, todo cuanto leyera. ¡Y era aún la mitad del primer acto... E l bostezo de un actor. Otro bostezo... Unas palabras muy bajas de un actor a otro. U n muelle que salta en el interior del diván y del silencio, y unas sonrisa; de los actores y la actriz en consecuencia, florecidas bien al margen del camino, ya largo, del drama... Y la lectura seguía, seguía, seguía, monta- da ahora sobre la noria de la paciencia, con triste soniquete... ¡Cómo se le obscurecía de pesimismo la conciencia, hasta apagársele en los ojos una luz del alma, y seguía encendida, pero muj poco también, la de la lámpara de mesa... Ya no pensaba jamás en lo que leía, sino en lo que le faltaba que leer. Un sudor frío le traía la paz de la oficina, y otro sudor, frío también, le traía el remordimiento de haber pensado alguna vez en ser dramaturgo, tan lleno de tremendas inquietudes... ¡Cuántos sudores fríos, distintos, cada uno con una idea distinta, y todas destructoras de sus ilusiones... Pero la lectura seguía, seguía, seguía cada vez mejor colocada a horcajadas sobre el viejo burro de la noria de la paciencia y con el triste soniquete de lo irremediable... Y hubo nuevos bostezos de león perezoso, que se imitaban unos a otros, y más cambios de postura y más quitarse motitas de la mano, con la máxima atención de la mirada y más palabras bajitas, patinadas, mal discretas, ya con una discreción descocada, pudiéramos decir. Por fin, sacando palabra por palabra del pozo de aquel drama largo, y rollándolas en cadena al carrete de la paciencia inquieta, iban cerca del final del primer acto. Y esto, ¿no era terriblemente peor... Pero ya resolvió de pronto lo que le venía preocupando: pasaría del segundo al tercero sin parar, sin levantar la mirada; de grisa, de prisa... y se evitaría, de momento, las manifestaciones de rencor de sus cuatro enemigos. Sí, sí; ya le faltaban tres o cuatro cuartillas. Si paraba, caerían sobre él las palabras de ironía de los actores, apoyadas cobardemente en la camaradería burlona. Y las palabras secas, implacables, de! empresario que tenía prisa en la vida, también le meterían todo el alfiler... Estaba seguro- -así se lo decía su ánimo deshecho al menos- -de que no le dejarían leer más actos... ¡Oh, pobre obra querida, que desgarrarían d e s p u é s- -p e n s a b a él- -aquellas hienas e n g r e í d a s y malditas... ¡Y es el caso que ya no fallaba más que una cuartilla! Ellos lo adivinaban, naturalmente; hasta se- había puesto uno en pie, con los pulgares enganchados a los tirantes... Ciego por una ola de angustia, el ncvél no pudo contenerse; fué una idea que vino veloz y se le clavó como una flecha fijaj y seguía, seguí a leyendo su final de acto; saco ggjfidel bolsillo de atrás una pis 3 PP tola, la escondió debajo de la mesa, y entonces terminó j ¡tranquilo la lectura, que dejjf cía así: íf Juan a Laura, señalando a Claudina y sonriendo con ironía ¿Esa mujer es tuya? Llévatela. E l tiempo es mío... Telón: Alguno o todos fueron a comentar como fuese; pero el arma había brincado ya sobre la mesa, y el novel, en pie, gritaba, apuntando: ¡Q u i e t o s! ¡Nadie se mueva... ¡Silencio... ¡Al que me dé su opinión le pego un tiro... ¡Silencio he dicho... Todos quedaron aterrados. Pero él arregló las cuartillas con la mano izquierda, y, andando para atrás, siempre apuntando, fué saliendo de la habitación. E l empresario y los actores quedaban con las manos en alto, por la costumbre del cine y del teatro. Y el novel cruzó ligero la penumbra del escenario, salió al buen sol y entonces respiró y se dijo como un loco de monomanía persecutoria: -Con que iban a respirar ellos a gusto, ¿eh? Aquí no respira a. gusto nadie mis que yo, ea! ANTÓN IORROBLE. S (Dibujos de iía, r oloKzi)